Argentina
Godoy Cruz, Mendoza, Argentina

|27/02/20 08:23 PM

La última bala

Estamos lejos de aseverar que el coronavirus esté relacionado con algún accidente vinculado con la guerra genética, pero no podemos descartarlo de plano. Por eso no nos vendría mal disponer de un sistema de vigilancia lo más temprano que se pueda

Desde que el Mundo es Mundo es cierto aquello de que “en la guerre comme en la guerre” los científicos han tratado de inventar el arma suprema que les garantizara a sus respectivas fuerzas militares una victoria sin mañana.

Todas eran meras especulaciones hasta aquella fatídica mañana del 6  agosto de 1945, en la que un artefacto atómico detonó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. 

A las armas nucleares pronto se sumaron –aunque en realidad siempre habían existido– las armas de destrucción masiva de los pobres.

Vale decir, las químicas y las biológicas, a las que ahora se agregan las genéticas: virus, bacterias, insectos u hongos modificados genéticamente, ya sea para mejorar su transmisibilidad o su letalidad, o ambas cosas. 

Valga lo dicho como introducción al tema que queremos tratar, cual es la pandemia del coronavirus. Estamos lejos de aseverar que este hecho esté relacionado con alguna forma o accidente vinculado con la guerra genética.

Pero tampoco podemos descartar esa hipótesis de plano. Y, por otro lado, no viene mal reflexionar sobre sus posibilidades y probabilidades.

Para empezar, hay que reconocer que desde la Antigüedad se viene practicando la guerra biológica, aunque bajo formas rudimentarias.

Por ejemplo, ya los hititas conocían y usaban  a las víctimas de la tularemia (una infección bacteriana transmitida por roedores salvajes) para infectar pueblos enemigos mediante la infiltración de personas portadoras de la enfermedad. 

Por su parte, los arqueros de todas las latitudes, han sabido siempre cómo infectar sus puntas de flecha para transmitir el tétanos, alguna ponzoña o toxina mortal; y no era inusual la práctica mongol de catapultar cadáveres de víctimas de la peste negra (peste bubónica) tras los muros de las ciudades sitiadas.

Para seguir, podemos afirmar que las armas biológicas, por su dificultad para ser detectadas, así como por su bajo costo y por su facilidad de uso, se han transformado en un arma de elección por parte de grupos terroristas de cierta sofisticación.

Se suman a estas ventajas la posibilidad de disponer de varios días para abandonar con seguridad el lugar del ataque. Tal como sucedió tras los ataques del 11S con ántrax en la ciudad de Washington DC, ya que nunca pudieron ser identificados los culpables. 

Pero, en realidad, se presume con certeza que son los Estados los que invierten medios y tiempo tanto en el desarrollo como en las contramedidas destinadas a la producción de armas biológicas y genéticas. Entre ellos, se destacan los EE.UU., Gran Bretaña, Rusia y China. 

Al respecto, el experto en la materia, el médico militar chino Cao Shiyang, nos dice lo siguiente: “Una vez que puestas en uso, es decir activas, las armas genéticas, marcarán una gran diferencia en las guerras futuras:

“1) El modo de guerra cambiará ostensiblemente. Las partes hostiles podrán disponer y usar armas genéticas antes de incoar acciones bélicas, destruyendo de manera mutua al personal y al ambiente de vida circundante, haciendo que una nación y un país pierdan la efectividad de combate y sean conquistados sin derramamiento de sangre.

“2) La estructura de establecimiento militar se modificará. Las tropas de combate disminuirán ostensiblemente, mientras que las fuerzas de apoyo de servicios de salud aumentarán significativamente.

“3) Se propenderá a un estadío de integración de armas estratégicas y armas tácticas. El campo de batalla en el futuro se convertirá en un campo de batalla invisible, lo que dificultará comprender y controlar la situación del campo de batalla, y traerá nuevos temas y desafíos y dilemas a los comandantes, a la defensa militar y a la investigación médica militar”.

Hoy sabemos, por ejemplo, que los genes de cualquier ser vivo pueden ser “editados”. Vale decir que una parte de su cadena de ADN puede ser sustituida para reemplazar o adicionar alguna nueva característica al organismo original del que se trate. Por ejemplo, es posible mediante esta técnica combinar la alta tasa de letalidad de ciertos virus como el de la poliomielitis con la facilidad de transmisión de la influenza. 

Los desarrollos no se han detenido en la modificación de virus y bacterias. También se sabe que se han hecho experimentos con insectos, lo que ha llevado al desarrollo de toda una nueva rama denominada guerra entomológica. Un concepto que, si bien como el biológico ha existido durante siglos, se lo ha perfeccionado con  la investigación y el desarrollo.

Por su parte, los agentes biológicos no se han restringido a atacar las poblaciones humanas, ya que existen variedades destinadas a atacar cultivos.

Por ejemplo, los EE.UU. desarrollaron durante la Guerra Fría el uso de potentes bioherbicidas o micoherbicidas con capacidad de atacar áreas cultivadas. Otros, más específicos, han sido desarrollados para atacar la pesca y el ganado. 

Como si estas breves descripciones no fueran lo suficientemente apocalípticas respecto de esta última bala, tampoco pueden descartarse los peligros derivados de sus accidentes. 

De hecho, el mayor número de muertes recientes por un arma biológica se produjo por uno de ellos. Se trató de un brote de ántrax en Sverdlovsk (URSS), el que en 1979, al liberarse accidentalmente, mató a más de cien residentes que vivían a más a 200 kilómetros de la planta en la que se producía en secreto. 

Por suerte, el 10 de abril de 1972 se puso a consideración de todos los Estados que integran la ONU la Convención Sobre Armas Biológicas para prohibir su producción y su uso militar, que entró en vigencia el 26 de marzo de 1975.

Actualmente, comprende a 180 Estados y prohíbe el desarrollo, la producción y el almacenamiento de armas biológicas y toxinas. Sin embargo, al no existir ningún proceso de verificación formal para observar el cumplimiento, se aprecia que su efectividad es muy limitada.

En otras palabras, nadie puede estar seguro de que no existan Estados que hayan seguido con el desarrollo de estas armas o que, simplemente, no hayan dado cumplimiento al mandato de destruirlas.

Sea como sea, aun siendo un país periférico como es el nuestro –y que como erróneamente sostienen algunos especialistas “no tiene hipótesis de conflicto”–, no nos vendría mal disponer de un sistema de vigilancia robusto que involucre tanto a medios militares como civiles para identificar un ataque con armas biológicas/genéticas lo más temprano que se pueda. 

A la par, disponer de una organización y de medios destinados a la mitigación de un evento de esta naturaleza, ya que su carencia se ha puesto de manifiesto en ocasión de la pandemia de coronavirus y de otras potencialmente graves, como los brotes de dengue y sarampión.  

Ergo, sería bueno disponer de:

- Equipos para la detección de amenazas biológicas de carácter móvil y que puedan desplazarse, a requerimiento, a los puntos de entrada sospechosos.

- Un sistema de hospitales reubicables que puedan ser trasladados hacia las zonas afectadas para someter a los pacientes a una eventual cuarentena y tratamiento médico. 

- Un sistema de transporte aéreo estratégico propio, con capacidad para evacuar connacionales desde lugares infectados lejanos. 

- Personal, tanto militar como civil (médicos, veterinarios, ingenieros agrónomos, etcétera), adiestrados y equipados para el cumplimiento de estas tareas.

- Protocolos y un planeamiento preventivo a coordinar por el Ministerio de Defensa con los de Seguridad y Salud Pública.  

Un sistema que, dicho sea de paso, podrá ser utilizado en ocasión de simples accidentes o de epidemias/pandemias solo impulsadas por la naturaleza. 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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