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El cambio climático, un factor geopolítico

No hay dudas de que los humanos están cambiando cada vez más el clima, por lo que se debería crear políticas de Estado para prever posibles desastres naturales de gravísimas consecuencias

Varias veces es la historia la que nos anticipa el futuro. Otras tantas, la buena literatura, pero también no pocas la ciencia ficción.

The day after tomorrow, por ejemplo, fue una película dirigida por Roland Emmerich y protagonizada por Jake Gyllenhaal y Dennis Quaid. Se estrenó en el 2004 con un póster que mostraba una imagen de Nueva York congelada. 

¿Ciencia ficción? Seguro, pero ¿qué fue lo que dijeron los expertos en 2004 después de ver la película? 

Por ejemplo, Stefan Rahmstorf, del Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, dijo en Berlín: “Claramente, esta es una película de desastre y no un documental científico, los cineastas se han tomado muchas licencias artísticas. Pero la película presenta una oportunidad para explicar que algunos de los antecedentes básicos son correctos: los humanos están cambiando cada vez más el clima y este es un experimento bastante peligroso, que incluye cierto riesgo de cambios abruptos e imprevistos”.

Y continuó afirmando que “...afortunadamente es extremadamente improbable que veamos cambios importantes en la circulación oceánica en las próximas dos décadas. Y las consecuencias no serían tan dramáticas como la ‘supertormenta’ representada en la película. Sin embargo, un cambio importante en la circulación oceánica es un riesgo con consecuencias serias y en parte impredecibles, que debemos evitar. E incluso sin eventos como los cambios en la circulación oceánica, el cambio climático es lo suficientemente serio como para exigir una acción decisiva”.

Pero sucede que, por estos días, hemos visto imágenes muy similares a las que plantea la película de referencia. No de la Isla de Manhattan, sino de Chicago, una ciudad prácticamente ubicada en la misma latitud que ésta y donde se registraron temperaturas de 51° C bajo cero la semana pasada. Vale decir, inferiores a las de la propia Antártida para la misma fecha.

También recordemos que durante el pasado verano boreal, asistimos a una inusual seguidilla de tormentas tropicales. En el Atlántico Norte se registraron 15 tormentas, ocho huracanes y dos grandes huracanes. Por su parte, el Océano Pacífico sufrió 29 tormentas, 14 tifones y siete supertifones. Y en el Océano Índico, se recibieron cinco tormentas y tres ciclones muy fuertes.

Huracán, tifón o ciclón son los nombres propios con los que las distintas culturas designan a las diferentes formas de grandes tormentas que los azotan. En pocas palabras, se puede afirmar que el cambio climático las viene produciendo en forma más frecuente y en presentaciones cada vez más potentes.

Por su parte, en nuestro país fuimos asolados por una de las peores sequías del siglo y, por si esto fuera poco, parece ser que en este año tendremos la contrapartida de graves inundaciones.

Más allá de estas consecuencias más visibles del cambio climático hay otras que marchan silenciosas. Entre ellas, hay una que nos interesa especialmente, cual es la merma en la cantidad de agua disponible, ya sea para el consumo humano o para la agricultura.

Respecto de la disponibilidad de agua potable, sabemos, por ejemplo, que las ciudades del Sur del continente africano están perdiendo sus fuentes naturales de agua. Como ha sido el caso de Ciudad del Cabo, ubicada en una latitud similar a las principales argentinas. Mendoza, nuestra ciudad, ya lleva más de una década en ‘emergencia hídrica’.

Por su parte, la pérdida de agua disponible para la agricultura puede disparar varios procesos simultáneos. A saber, al más evidente, que es la pérdida de superficies cultivables, le sigue la migración obligatoria de cultivos a zonas más propicias y, finalmente, las migraciones humanas que se moverán como consecuencia de esos cambios.

Tampoco puede ni debe descartarse que tales cambios produzcan o incentiven conflictos ya existentes, como ya ha sucedido en el pasado con trastornos del clima similares.

Por ejemplo, el calentamiento del clima durante la Baja Edad Media trajo la irrupción de los vikingos, un pueblo de navegantes que se extendió por toda Europa y que penetró en el Mediterráneo, entre otras razones, por mejores condiciones meteorológicas.

Igualmente, pudieron asentarse en Groenlandia debido a un clima más templado que les permitía tanto recoger sus cosechas para alimentarse ellos y a sus animales como mantener las líneas de navegación con Escandinavia.

También se atribuye a la mayor benignidad del clima la extensión de la peste negra (1347-1351). Se sabe que su portadora, la pulga de la rata negra doméstica, vive entre los 15º y 20º de temperatura ambiental y con una humedad relativa del 90%. El elevamiento de las temperaturas promedio medias y de mayores lluvias permitió que el roedor migrara de las llanuras asiáticas a la fría Europa.

Nada de lo relatado nos debería extrañar, simplemente porque ya está sucediendo, y siendo como somos un país agroexportador, nos debería importar desde un punto vista geopolítico las consecuencias del cambio climático sobre nuestras diversas actividades agropecuarias.

Por ejemplo, ya se está hablando de la migración de los cultivos de vid desde nuestra provincia hacia La Pampa. También son bien conocidas la expansión de plagas endémicas, como el dengue, la fiebre amarilla, el virus de zika y chikungunya, transmitidos por un mosquito (el Aedes aegypti) que vive en climas subtropicales, pero que el progresivo calentamiento viene expandiendo hacia el Sur.

Sea como sea, la lógica del cambio climático nos debería llevar a prever políticas de Estado que se traduzcan en estrategias sectoriales –agropecuarias, de salud, de emergencias y de mitigación de desastres naturales– que nos permitieran ir adaptando nuestros sistemas productivos al impacto de sus consecuencias.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.