Argentina
Godoy Cruz, Mendoza, Argentina

|26/07/20 01:15 PM

El rostro descarnado de los dueños

Gran parte de la Argentina -sobre todo aquellos que no conocen el conurbano bonaerense, que no tienen claras las reglas de ese, por momentos, submundo desparramado sobre una geografía de carencias y peligros- asistió impávida a la muestra de patoterismo, complicidad y manejo patronal en el cuerpo y en la voz de uno de sus caciques históricos.

Por estas horas, Mario Ishii trata de bajarle el tono a sus dichos, tras la viralización del video, y salen en su auxilio aliados políticos con el conocido artilugio de “lo sacaron de contexto”.

Este intendente, como tantos otros de esa geografía, que define elecciones, candidaturas, que entroniza presidentes y gobernadores, y que es capaz de incendiar el país y derribar las instituciones, si es necesario, vuelve a poner los candiles sobre algo de lo que ya no se habla: el aparato.

Siempre se dijo que los dueños de la Argentina son un grupo de empresarios todopoderosos, que deciden sobre vidas y bienes, incluso se han escrito libros sobre ellos desmenuzando sus negocios, fortunas e influencias.

Debajo de ellos, como un río de lava subterránea, hay otros dueños: los poderosos barones del conurbano que, de veras, tienen poder de fuego como para hacer temblar todo. No hay quien no se rinda ante ellos.

En la crisis de 2001 quedó muy claro su papel. Hay algunos que sobreviven, otros no. La naturaleza ha decidido reemplazos, pero no cambiaron las prácticas, los modos de construcción de poder.

Un insospechado de gorila como José Pablo Feinmann, en su libro La historia desbocada hace un análisis terminante: “El Aparato es la antítesis de la política. La antítesis de la libertad. La libertad es acción, es praxis, siempre se lanza en busca de algo que todavía no es, que hay que crear, edificar. O de algo que hay que quebrar (…)

"Si la política es la búsqueda de una decisión que pueda abrir una hendija en el bloque monolítico del poder, el Aparato es lo ya-decidido. El Aparato es el poder real de la sociedad aparente. El Aparato es el poder que sostiene la sociedad. No es el gobierno. Ni es el Estado. El Aparato es la transformación del territorio en cosa mafiosa.

"La palabra mafia debe entenderse aquí (lejos de la significación “familiar”, es decir, de clanes de familias que le dio Coppola) como un entramado de intereses en el que lo único que une es el dinero. El Aparato es una enorme máquina de hacer dinero.

"El Aparato, quién no lo sabe, se transforma en poder y luego, desde el poder, sirve para sostener el poder. El Aparato es la Argentina. La Argentina es la provincia de Buenos Aires. Ahí, si no me equivoco, hay casi (casi) quince millones de votos. O sea, la política del país se dirime en la provincia de Buenos Aires.

"El Aparato es el PJ. Todo es el PJ. La llamada “oposición al PJ” es, cuanto menos, patética. Existe escasamente. La lucha se da dentro del Aparato y ahí están todos porque no hay política (aparatista) posible FUERA del Aparato.

"No hay política (aparatista) posible fuera del PJ. Hay matices y acaso importen mucho”. Y agrega: “Todo lo demás que el Aparato es me lo han dicho. No sé si es cierto. Por ahí son versiones de gente malintencionada. Pero me han dicho que el Aparato es el juego clandestino, la prostitución, la droga, los comisarios, los intendentes, los operadores, el clientelismo.

"El Aparato no tiene ideología. El Aparato es un Aparato de negocios oscuros y es un poder en las sombras, un país “aparte”. Pero, por desgracia, el verdadero país”.

Esta descarnada descripción tiene casi dos décadas, pero poco ha cambiado. O si lo hizo fue para peor: esos territorios son ya más violentos, más marginados, más pauperizados, y en consecuencia más manejables para el aparato.

Saliendo de la filosofía, disciplina de Feinmann, también es muy certero el panorama que pintó desde el periodismo Ernesto Tenenbaum: “Los caudillos bonaerenses son los recolectores de votos más eficientes de la Argentina. Nadie arrastra tanta gente como ellos.

"De allí su fuerza. Herminio Iglesias, Juan Carlos Rousselot, Mario Ishi, Manuel Quindimil, Alberto Pierri, Hugo Curto, Alejandro Granados. Raúl Othacehé, Luis Patti, Aldo Rico, entre tantos otros, son o han sido fuertes en las zonas más pobres, pobladas y violentas del país”, escribió hace mucho en una columna que tituló “Feos, sucios y malos”.

En ella resalta que “no es fácil ser un líder en esos conglomerados sociales. Según quién lo cuente, se trata de conducir, de controlar, de ser la expresión de una compleja red donde se entremezclan dueños de empresas clandestinas, pasadores de juego, comisarios pesados que muerden su parte de la torta, punteros de la droga, todo tipo de vivillos y, últimamente, también líderes piqueteros.

"Las reglas de juego que orientan, ahí abajo, la lucha por el poder, son infinitamente menos sutiles que en la así llamada 'alta política'".

Cerraba por entonces con una conclusión desoladora, que por desgracia no ha perdido vigencia: “En ningún lugar hay tantos pobres, tantos marginales, tantos desahuciados. En ninguna otra parte se necesita tanta salud, tanta educación, tanta vivienda, tanta infraestructura.

"La dirigencia local, en general, representa a esa estructura social y no pretende cambiarla, porque es el agua donde sabe nadar. Y los referentes de la alta política tienen responsabilidad en que todo siga así. Uno de los argumentos más cansadores del kirchnerismo sostiene que todos esos intendentes son votados por la gente, algo que es cierto, ya que -entre otras cosas- son los dueños del aparato del Estado, pueden repartir favores y castigar opositores.

"Cada vez que, como ahora, desde el poder nacional se los respalda, la oposición -la posibilidad de formar nuevos dirigentes- languidece y tiende a morir”.

Estas síntesis, que ya tienen años, resumen las razones de la permanencia de una Argentina imposible, inviable, condenada a rumiar sobre sus miserias a tiempo completo.

La construcción política se ha encargado de perpetuar estos modelos –repetidos a escala en otros territorios no tan poderosos ni determinantes como el conurbano bonaerense, pero también en gobernadores que son la eterna réplica de esas prácticas-, y parece imposible de cambiar.

Que migrar sea el triste deseo de millones de argentinos se explica en esos males. Hablar de democracia es una entelequia autoindulgente cuando sabemos que esas prácticas determinan el poder real.

Discutir solo aspectos del problema –la seguridad, la conformación de la Justicia- es como cuidar una ramita de un árbol que está podrido.

La Argentina languidece, y lo único que crece y se multiplica son los aparatos.