Manos callosas de obreros, tapadas por manos sucias gremiales
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Manos callosas de obreros, tapadas por manos sucias gremiales

En la dura realidad de la Argentina de hoy, que se empeña en mostrar a millones de argentinos totalmente desahuciados, se destacan las osamentas de los que más le ponen las espaldas al país, sus trabajadores.

Argentinos que reciben de lleno el impacto del desacertado andamiaje económico que muy lejos estuvo de contenerlos. Denota solamente haberlos diezmado hasta perforarlos con una gran desocupación y expulsarlos a engrosar la pobreza.

Quienes todavía soportan la tempestad reciben con burla las migajas de "estar en los libros" dicho común para calificarlos de estar en el trabajo formal.

Están aquellos otros que la informalidad de estar en negro los somete aún más por monedas. En los primeros está una histórica categoría que se instaló como el eslabón subterráneo de cualquier escala salarial del país, el obrero municipal.    

Los hombres que limpian la pestilente suciedad que deja la gente, muchas veces sin el más mínimo respeto urbano o consideración por quien la levanta, cobran lo que nadie aceptaría recibir.

Su tarea es dura, insalubre y extenuante por los kilos y kilos de residuos que deben levantar en solo horas y en muchas cuadras.

Solos y enfrentando con la mejor cara por ellos, sus familias, fundamentalmente sus hijos, trabajan y trabajan, sin producir queja alguna.

En las historia de los obreros municipales, como ocurre con tantos otros trabajadores, aparecen los que dicen representarlos y defenderlos, el dirigente gremial.

El mismo sujeto que maneja la obra social, al gremio que mantiene el trabajador de la calle y los fondos del estado que por convenios y otras yerbas, engordan las cajas de los sindicatos.

De ahí, muchos sindicalistas vieron la oportunidad de la gran vida. Es el caso del secretario General del Sindicato Único de Recolectores y Barrido de Córdoba, Mauricio Saillén y varios miembros de la comisión del gremio, hoy detenidos por lavado de dinero y administración fraudulenta.

El caso del gremio de la provincia mediterránea está en plena investigación judicial, pero ya hay en el medio armas de fuego, joyas, autos de alta gama, $8 millones encontrados en una de las tantas lujosas casa del sindicalista y US$ 400 mil en cajas de seguridad bancaria. No se descarta conexiones con el narcotráfico y otros ilícitos.

Esta es la espeluznante demostración de que los únicos que se salvan de la miseria de un trabajo mal pago y de cualquier situación difícil que viva el país es cierta dirigencia gremial con grandes dotes de delincuentes.

Lo de Córdoba es parte de una gran muestra de ese país corrupto que muchos niegan y ocultan. Esa Argentina de los Oscar Lezcano, Marcelo Balcedo, Oscar Caballo Suárez, Juan Pablo Pata Medina, José Pedraza y otros, hoy imputados, procesados y a la espera de sus juicios.

Todos ellos portan un común denominador: lujos, mansiones, aviones, yates y mucho dinero –argentino, en dólares y euros–.

Cero decencia, dignidad y renunciamiento ante esa triste imagen que muestran a mujeres y hombres inundados en desesperanzas, manoseos y abusos laborales.

Ahora con un cruel aditivo: la situación económica, financiera y social del país.

La historia del trabajo en la Argentina tuvo, alguna vez, un inicio; este presente y ese futuro que se avecina. De cabo a rabo con la misma imagen y sin alteración alguna.

Con millones de personas buscando el legítimo y digno crecimiento con los suyos, a través del trabajo.

Sueños de una casa, de los estudios de sus hijos, de un vehículo propio y de que su vida sea más digna.

Solo que en la mayoría de los casos son por caminos inmerecidamente sinuosos, mientras sus representantes gremiales viven el pestilente confort de los dineros mal habidos.

Algo que poco importa, mientras haya manos callosas de obreros que tapen sucias manos gremiales.

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