La violencia ganó nuestras calles, ¿es definitivo?
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La violencia ganó nuestras calles, ¿es definitivo?

La imagen de una cámara de seguridad callejera se repitió una y otra, y otra vez. El morbo popular se regodeaba al ver en vivo cómo un policía motorizado mataba a un hombre con solo una patada de borcego en el pecho.

O aquellas otras imágenes en barrios populares del departamento Guaymallén, cuando en medio de una protesta de vecinos por el Mendotran, la Infantería de la Policía interrumpía con inusitada violencia. Una a que no reparó para nada que había niños,  mujeres y ancianos.

Patéticas imágenes  de las tantas que pululan entre la vida de los argentinos en general y de los mendocinos en particular.

Conductores que se matan en plena vía pública por solo rozar sus vehículos. Alumnos que se destrozan en las puertas de esos lugares donde no aprendieron a cultivar sus consciencias con educación.

Barrios enteros que cuidan a sus delincuentes recibiendo a piedrazos a la Policía. Gente que va de un lado a otro atropellando a quien se pone a su paso. Delincuentes que torturan y matan ancianos. Policías que proceden incorrectamente y con impunidad en cualquier sitio, esto último bajo la consigna: ¡disparar antes de averiguar!

Todo es motivo para justificar y hasta imponer comprensión sobre ese halo de violencia que nos envuelve cada vez más.

Y entonces calles, rutas, ciudades y pueblos enteros son el impune terreno de los que siente la vida (¿?) de ese forma.

Y así se manejan en hogares explosivos que hacen estallar con violencia de género, hijos golpeados e instruidos con el vocabulario y proceder más bajo y a fin a ese objetivo, la violencia.

Esa otra porción coherente de ciudadanos que puja por un país limpio, coherente y con señales de madurez social, está acorralado. Un sector que debe andar zigzagueando para no impactar con ese creciente muro oscuro que lo quiere someter sin miramiento alguno.

Hace poco, en Mendoza, un juez dio señales absolutamente negativas y alejadas de una fuerte justicia que pare a quienes comulgan con la mortal violencia. Impidió que se dictara sentencia de prisión perpetua hacia un grupo de sujetos que cometieron atroz crimen.

Para el magistrado, esa sentencia era inconstitucional. Interpretaba que impedía que los hombres que habían golpeado a la víctima, luego colocado inconsciente en una valija y finalmente prendido fuego, no tuvieran posibilidad de recuperación y reinserción social.

Espantosa postura jurídica que paralizó a toda la provincia y fue comentario nacional e internacional. No se estaba hablando de una persona que, ahogada por diferentes circunstancias de su vida, cometió un delito. Son sujetos que provienen de ese pestilente riñón narco que no tienen miramiento alguno de matar e inclusive continuar con el sucio negocio desde el encierro. Como muchos los hacen.

La violencia con diferentes figuras, pero violencia al fin, perfora todos los sectores. Violencia laboral en lo público y lo privado. Violencia de género en cada esquina. Violencia verbal, desde una unidad del transporte público, pasando por comercios, establecimientos educacionales y cualquier sitio que pinte.

Porque para los violentos no existen límites, lugares ni destinatarios. Todo un muestrario que deja al descubierto la incapacidad de torcerla y sacarla de la agenda de vida de la gente.

La máxima exponencial de la violencia es la delictual. Permanentemente mostrando habilidades y modalidades, donde los asaltos deben concluir con una persona gravemente herida o asesinada.

Esa religiosa, oscura, ceremonia, tan infalible como letal. Por eso trabajar de noche o entrar al trabajo de madrugada, es poner a los trabajadores en el filo de ese tipo de violencia.

Algo similar a lo que ha comenzado a suceder en la creciente modalidad "motochorro". El esquema del violento delito se expandió, dejando claro que todo sitio del Gran Mendoza le pertenece.

Aspecto que hace que la gente viva en alerta máxima, guardando en su memoria ciudadana aquellas buenas costumbres de vecinos, veredas de charlas y saludos entre personas que cultivaban amistad, respeto y solidaridad por igual.

Las fuertes modificaciones al Código Procesal Penal, agilización de sentencias, introducción juicios por jurados y la importante puesta en marcha entre los mendocinos de un Código de Convivencia, no han bajado los estruendosos decibeles de violencia en Mendoza.

Es como si se fortalece esa sensación de instaurar a la violencia en las calles de este Estado cuyano. Por lo que solo falta responderse si esto será definitivo.

Una respuesta que muchos temen dar, ante la cercanía de la verdad absoluta.

 

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