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¡Sic transit gloria mundi!

Las grandes potencias cuentan con una férrea dirigencia guerrera para defenderse. En el caso de nuestro país, para impulsar sus intereses como Malvinas, debería ponerse en práctica la frase de Benjamín Disraeli, escritor y aristócrata británico, quien decía que para negociar algo difícil no había que rechazar sino contradecir

“Así pasa la gloria del mundo” es una frase que se utiliza durante la ceremonia de coronación de los nuevos papas, cuando un monje interrumpe el acto con unas ramas de lino ardiendo y pronuncia las fatídicas palabras. Las que bien podrían aplicarse a toda potestad humana, incluida la de los imperios. 

Una que resuena en toda la conocida obra de Paul Kennedy, un historiador británico especializado en Relaciones Internacionales y en Gran Estrategia, que ha escrito libros sobre la historia de las potencias y su decadencia. 

En Auge y caída de las grandes potencias, publicado por primera vez en 1987, argumenta que la fuerza de una gran potencia puede medirse adecuadamente, sólo en relación con otras potencias. Y agrega que su supremacía en el  largo plazo, se correlaciona fuertemente con los recursos disponibles y con la prosperidad económica. 

Por otro lado, su contracara es su sobreextensión militar, la que va produciendo una disminución relativa de recursos para enfrentar las amenazas crecientes y constantes. Textualmente afirma que “el conflicto militar siempre se examina en el contexto del cambio económico. El triunfo de cualquier gran potencia o el colapso de otra ha sido, por lo general, consecuencia de la larga lucha de sus fuerzas armadas; pero también han sido las consecuencias de la utilización más o menos eficiente de los recursos económicos productivos del estado en tiempos de guerra y, además, en segundo plano, de la forma en que la economía de ese estado estuvo subiendo o bajando en relación con las otras naciones líderes, en las décadas anteriores al conflicto real. Por esa razón, como la posición de una gran potencia cambia constantemente en tiempos de paz, esto es tan importante para este estudio como la forma en que lucha en tiempo de guerra".

La larga cita se justifica y explica a la perfección la situación actual, por ejemplo, de Gran Bretaña.

La vemos a la otrora “Reina de los Mares”, incapaz de asegurar hoy la libre navegabilidad de sus propios superpetroleros que deben transitar las agitadas aguas del Golfo Pérsico frente a las costas de la potencial regional de la zona que es Irán. Pensar que en otras épocas hubiera bastado con el despacho de un par de fragatas desde El Cairo o un simple telegrama del Foreign Office al gobernante de turno en los términos adecuados.

Para colmo de males, las cosas no están para nada tranquilas en casa. La city londinense viene siendo sacudida por una larga serie de imprevistos, los que van desde atentados terroristas perpetrados por lobos solitarios hasta las desavenencias verbales con su principal aliado, los EE.UU. 

Todo esto en el marco de un complejo panorama político que está echando por tierra una elaborada unión con el continente europeo, que ya llevaba más de 50 años. Pero como dicen ellos mismos, “no vamos a haber ganado la Segunda Guerra Mundial para que nos mande una alemana”, en referencia a la canciller Angela Merkel.

Más allá del exabrupto, hay algo de verdad y algo que no lo es. Lo primero que deberían reconocer los británicos es que ellos no ganaron la Segunda Guerra Mundial. Lejos de hacerlo y aunque estuvieran entre los vencedores, fue a partir de ese momento que iniciaron un lento pero indefectible declive. 

Paradójicamente, cuando este estaba tocando fondo fuimos nosotros, los argentinos, con nuestra gloriosa e infortunada recuperación de nuestras Islas Malvinas, los que pospusimos el cierre definitivo del Imperio británico. 

Pero ese fin está llegando… Sic transit gloria mundi!

En este tiempo los estrategas británicos hubieran hecho bien en leer, además de a su conciudadano Paul Kennedy, al norteamericano Nicholas Spykman, un geopolítico que teorizó sobre la supremacía mundial de los EE.UU. tras su triunfo en la Segunda Guerra Mundial.

Fiel discípulo de Harold Mackinder, el fundador de la Geopolítica, ratificó la necesidad de los EE.UU. de controlar a Eurasia como condición para ejercer el dominio mundial. Pero ya que ellos no forman parte de este espacio geográfico debían hacerlo desde su periferia. ¿Cómo? Veamos: 

EE.UU., como tal, es el primer imperio de la historia con esta excepcionalidad geopolítica. Habita una isla-continente, rodeada por dos grandes océanos, por lo qu, debe pugnar por dividir tanto a Europa Occidental como al Asia Oriental desde su periferia. 

Para ello, cuentan los EE.UU. con dos proxies clave. Por un lado, a la Gran Bretaña para dividir a Europa y, por el otro, al Japón para hacerlo con Asia. Ambos excepcionalismos, el inglés y el japonés, ambos imperios insulares carentes de recursos naturales pero conducidos por una férrea dirigencia guerrera, le vienen como anillo al dedo. 

La piedra de toque que permite certificar esta teoría son las armas atómicas. Por su parte, las que disponen los submarinos de misiles balísticos de la Royal Navy pertenecen a los EE.UU. y nadie, que no sean sus altos dirigentes, sabe en qué términos pueden ser usados. Y por la otra, todo primer ministro nipón sabe que en caso de ponerse las cosas realmente serias con Corea del Norte, su país contará con armas nucleares norteamericanas para su defensa. 

Así como están las cosas hoy y dejando de lado la geopolítica de las grandes potencias, nos toca cerrar con la nuestra. Vale decir, con una estrategia posible que pudiera llevar adelante nuestro país para impulsar sus intereses vitales.

Estos giran en torno a varios ejes. Malvinas es uno de ellos, sin duda. Por lo que toda debilidad de la Gran Bretaña como su potencia ocupante debería ser aprovechada para negociar no solo nuestra soberanía. Y de paso, cuestiones “menores”, pero importantes, como la pesca, la explotación petrolera y el acceso a la Antártida.

Para terminar, tal vez convenga recordar la frase de Benjamín Disraeli, escritor y aristócrata británico, quien fuera primer ministro del Reino Unido durante la poderosa Época Victoriana. Decía cuando había que negociar algo difícil:  "Yo no rechazo jamás. Yo contradigo". 

Nos preguntamos si no habrá llegado el momento de contradecir a su Majestad británica.

 

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Las grandes potencias cuentan con una férrea dirigencia guerrera para defenderse. En el caso de nuestro país, para impulsar sus intereses como Malvinas, debería ponerse en práctica la frase de Benjamín Disraeli, escritor y aristócrata británico, quien decía que para negociar algo difícil no había que rechazar sino contradecir

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