El color de la violencia
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El color de la violencia

No todas las violencias son repudiadas, porque parece que hay gente que amerita recibirla y otros que no, y es una conducta por demás errónea.

La semana dejó un hecho lamentable en el fárrago de las campañas electorales mendocinas. La agresión a una candidata a concejal kirchnerista en Godoy Cruz a manos de un simpatizante radical, despertó indignación, repudio de todos los sectores y también un proceso judicial para el susodicho, que aparentemente no se la llevará de arriba.

A partir de la viralización del video donde se ve parte de la agresión, también se exacerbaron algunas posturas, indicando responsabilidad personal del gobernador y el intendente en la agresión, cosa que es por lo menos descabellada, aunque lleve aguas al molino de los candidatos opositores.

Pero más allá de la agresión en sí, también sirve como disparador para reflexionar sobre la violencia política. Porque no todas las violencias son repudiadas, porque parece que hay gente que amerita recibirla y otros que no, y es una conducta por demás errónea.

Ofende, entonces, ver a gente que nunca condenó violencias disparatadas, reaccionar como carmelitas descalzas ante las agresiones en campaña.

Hay que ser muy flojo de memoria para no recordar, por ejemplo, a Guillermo Moreno y sus patotas irrumpiendo en asambleas de empresas al grito de “aquí no se vota”, e imponer violentamente sus políticas, incluso según denunciaron algunos, hasta con exhibición de armas de fuego sobre su escritorio. No recuerdo unanimidad de repudios.

También hay que ser intencionalmente desmemoriado para no recordar las brutales agresiones a la prensa, algunas simbólicamente tan fuertes como poner fotos en la plaza para que las escupan, las insulten, ante la risa cómplice de altos funcionarios. Tampoco recuerdo los repudios.

Por el mismo camino iban los “juicios populares” que, con Hebe de Bonafini a la cabeza, se llevaban a cabo en la Plaza de Mayo, con una cohorte de adulones ejerciendo una violencia no física, pero tal vez más poderosa que cualquier agresión.

Hace menos, por lo que no se puede aducir olvido, que personas y periodistas fueron agredidos en plena Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, durante la presentación del libro Sinceramente, cuya autoría se adjudica a la ex presidente Cristina Fernández.

Se podría continuar una enumeración hasta el hartazgo, porque ejemplos sobran. Las patotas de Luis D’Elía copando o desalojando a trompadas la Plaza de Mayo, las golpizas a los inmigrantes venezolanos que protestaron contra Nicolás Maduro en la embajada de ese país, los grupos de choque sindicales…

Un último caso a citar es la permanente reivindicación de la violencia terrorista de los ´70.

Parece que la violencia es aceptable o detestable de acuerdo a quien la ejerza. Parece que algunos son receptores merecidos del escarmiento y otros solo víctimas,

Ojalá que este caso dispare, a futuro, la unanimidad del abandono de la violencia como forma de ejercicio político.

Porque la violencia no tiene color, es siempre blanco o negro. Y en ese caso solo vale la victoria, la aniquilación, nunca el consenso.

 

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No todas las violencias son repudiadas, porque parece que hay gente que amerita recibirla y otros que no, y es una conducta por demás errónea.

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