¿Por qué está fracasando la promocionada globalización?
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¿Por qué está fracasando la promocionada globalización?

Las fragmentaciones en el gran tablero mundial parecen haberle ganado la partida a la utopía de un universo gobernado por una tecnología que resolvería la masa de nuestros problemas y estaría disponible para todos y en todos lados

Ya es un lugar común sostener que la famosa frase de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia estaba equivocada. Tampoco importa que su propio autor lo dijera: se siguen acumulando las evidencias y cada día son más lo que opinan, precisamente, lo contrario.

Nos preguntamos qué fue lo que pasó para que un mundo esperanzado en que todo iría mejor con aquello de la globalización, hoy no solo desconfíe de ella, sino también que la acuse de ser la responsable de varios de nuestros males.

Cuando escribimos nuestro libro El ABC de la Defensa Nacional, hace ya varios años, anticipamos en su primer capítulo que había una puja entre la globalización y las fragmentaciones que se le oponían. Hoy creemos que las segundas son las que están ganando la pulseada. 

Vayamos por parte, porque el tema es complejo y lo merece.

Para empezar, bien vale recordar lo que nos prometía, hace unos 20 años, la mentada globalización. Ella nos decía que la democracia occidental, sumada a la teoría del libre mercado, nos traería un mundo de paz y de prosperidad. Le agregaba a esta utopía un universo gobernado por una tecnología que no sólo resolvería la masa de nuestros problemas cotidianos, sino también que estaría disponible para todos y en todos lados. 

Las primeras señales de alarma provinieron del campo político cuando se hizo evidente que la zanahoria de la democracia no era una planta tan fácil de trasplantar, especialmente a la agresiva vecindad del Medio Oriente. 

Las sucesivas guerras fracasadas de los EE.UU., en Afganistán primero, y por dos veces en Irak, no solo demostraron este aserto. Lo más grave fue que despertaron al monstruo semidormido del terrorismo islámico.

A la crisis política le siguió una económica. Extrañamente, la expansión de los mercados que impulsan los globalizadores desde los países centrales, lejos de beneficiarlos, comenzó a perjudicarlos en los términos del intercambio. Empezaba la revolución de los commodities que daría surgimiento a los pujantes BRICS.

Finalmente, a los globalizadores aún le quedaban dos caballos ganadores: el de las finanzas y el de las nuevas tecnologías. 

Pero, para colmo de males, ambos parecen querer correr en direcciones distintas a las previstas inicialmente. Sucede que, tanto una como la otra, se han ido nacionalizando al son de los tambores identitarios que redoblan tanto en Occidente como en el Oriente.

La disputa por las redes de 5G puso de manifiesto, sin mucho margen para la duda, que las tecnologías no solo tienen dueño, porque tienen países que las producen, las patrocinan, las venden y, llegado el caso, van a la guerra por ellas.

 

Por su parte, la cuestión financiera, si bien ha seguido un rumbo similar al recorrido por la tecnología, no está, todavía, clara cuál o cómo va a ser su evolución. Casi todos los expertos están de acuerdo en que, en algún momento cercano, va a ser necesario cambiar el patrón del dólar norteamericano. 

Pero a partir de este punto las opiniones se dividen. Por un lado, están los que favorecen un giro hacia lo tecnológico y creen que el futuro de las monedas son las de tipo virtual, como el Bitcoin. Y por el otro, están los que apuestan al viejo y conocido patrón oro como el lógico sucesor del dólar.

Nuevo orden político

Todo lo relatado nos lleva a un nuevo interrogante: si ha fracasado la globalización, ¿qué es lo que se viene? ¿Con qué será reemplazada?

Para ello, para tener una idea no hay más que recordar el mundo que describía el historiador griego Tucídides, cuando explicaba las Guerras del Peloponeso, del siglo V a.C., que tenían por protagonistas a una potencia terrestre como Esparta contra otra marítima como Atenas.

Al parecer, el gran conquistador europeo que fue Napoleón tampoco pudo escapar a esta ecuación ‘continentalismo versus poder naval’ cuando debió enfrentar sucesivos bloqueos marítimos dirigidos por su archienemiga, la Gran Bretaña.

Pese a los encasillamientos señalados, sin embargo, parecen no haber sido pocas las potencias que supieron adaptarse y prevalecer en ambos mundos. Como por ejemplo, fue el caso de Grecia atacada por los persas durante las Guerras Médicas, o el de la mítica Roma en su lucha contra Cartago. Ambas eran potencias terrestres que debieron crear grandes flotas para enfrentarse con oponentes que venían del mar.

Más recientemente, durante mediados del siglo XIX, Rusia, al buscar su salida hacia los denominados mares calientes, chocó con la Gran Bretaña y con Turquía, principalmente en el Asia Central, en lo que se conoció como el Gran Juego.

Ya en nuestros tiempos, con una globalización fallida y con el surgimiento de nuevos actores en el tablero de ajedrez internacional, ha dado lugar a un nuevo orden geopolítico. Uno que tiene principalmente como protagonistas a dos poderes terrestres como lo son Rusia y China, y uno marítimo como lo son los EE.UU.

Todos ellos parecen estar al acecho para sacar las mayores ventajas de los reacomodamientos que se vienen. 

Por su parte, nuestro país, pese a su carácter periférico, se encuentra –extrañamente– geopolíticamente bien ubicado, ya que si bien dispone de amplias costas sobre el Océano Atlántico, también de una amplia zona continental, a la par de una relativamente fácil vinculación con el océano Pacífico.

Por lo tanto, bien podría aprovechar esta oportunidad para diseñar una política exterior independiente que aprovechara lo que les ofrecen tanto los unos como los otros.

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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