El Imperio aconseja de nuevo
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El Imperio aconseja de nuevo

Lo venimos sosteniendo y lo repetimos: el Estado nación se encuentra bajo ataque. Desde dos direcciones. Desde abajo por los actores no estatales, como el narcotráfico, que le disputan el ejercicio del monopolio de la fuerza, y desde arriba, por elementos supranacionales que buscan restringir su soberanía.

El Mercosur, por ejemplo, empezó siendo una buena idea lanzada por la dupla presidencial Alfonsín-Sarney en la década de los 80. Pero nunca pasó de ser una unión aduanera imperfecta, ya que evolucionó en lo externo al conformar una muralla arancelaria que nos impidió el libre comercio con el resto del mundo.

Y en lo interno, materializó la desindustrialización de la Argentina, dado que sus empresas se mudaron al mundo laboral –menos sindicalizado– de Brasil.

Ahora, se nos pretende imponer una unión política en el marco renovado de la Doctrina Monroe impulsada por los EE.UU. para el continente americano.

Las expresiones del propio presidente del Brasil son claras y explícitas al respecto. Pretende no solo recomendarnos nuestra orientación política, sino también a las personas concretas encargadas de materializar en la práctica.

Tampoco nos pueden quedar dudas del carácter gerencial de estas recomendaciones, ya que queda bien claro que su origen son las viejas/nuevas ideas que gobiernan desde la Casa Blanca.

Llegado a este punto, solo le resta a la Argentina obedecer, que es lo que ellos pretenden. O como lo ha hecho casi siempre a lo largo de su rica historia, intentar su propia propuesta y su propio rumbo.

Para saber por dónde debería orientarse esa propuesta es necesario recordar nuestra historia, nuestras raíces.

Para empezar, hay que reconocer que si la independencia de los países sudamericanos fue un parto de luchas, grandezas y traiciones, la de Brasil, por el contrario, fue una cesárea con anestesia local.

Brasil nació casi naturalmente cuando Pedro II, que vivía en Rio de Janeiro, le dijo a su padre, que moraba en Lisboa, que el “Imperio del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve” se dividiría para ser solo el “Imperio del Brasil”.

Después vendrían, en forma sucesiva, un rápido proceso de independencia en 1822, seguido por los Estados Unidos de Brasil, los que durarían hasta 1968 y de ahí, la República Federativa del Brasil, que llega hasta nuestros días.

Para seguir, hay que admitir que nuestras relaciones con los sucesivos imperios lusitanos no fue buena. De hecho, libramos una guerra en 1827, una que supimos ganar en el campo de batalla (Ituzaingó fue el más famoso) y perderla en los escritorios de la diplomacia.

Para hacer breve una historia larga, baste sintetizar diciendo que la manzana de la discordia fue, casi siempre, la denominada Banda Oriental, hoy la República Oriental del Uruguay.

Sucedió que la Gran Bretaña nunca vio con buenos ojos que los argentinos controláramos ambas márgenes del Río de la Plata. Lo intentaron todo, desde invadirnos hasta promover conflictos con nuestros vecinos, pasando por declarar la “libre navegabilidad” de nuestros ríos interiores. Finalmente, lo lograron con el apoyo del Imperio de Brasil, que impulsó la independencia de la mencionada provincia del Virreinato del Río de la Plata.

Para terminar con un feliz, podemos afirmar que el Brasil de hoy es nuestro aliado. Y debe seguir siéndolo, ya que no solo hemos conformado la alicaída unión aduanera del Mercosur. Tenemos muchos intereses comunes, desde las operaciones de paz hasta el aprovechamiento pacífico de la energía nuclear.

Pero le decimos a su proactivo presidente, Jair Bolsonaro, que si quiere que sigamos progresando juntos, él puede bailar su samba pero nos debe deje a nosotros bailar el tango a nuestro estilo.

 

 

 

 

 

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