Las cosas por su nombre
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Las cosas por su nombre

Un principio básico del Realismo es nombrar a las cosas por su nombre. Un mafia es una cosa y un clan familiar es otra. Y un asesinato político otra muy distinta a las dos anteriores.

La aclaración viene a cuento a caballo de las desafortunadas declaraciones de nuestra clase política. Empezando por nuestra ministra de Seguridad al confundir el origen de los atacantes a tiros contra un diputado nacional y su asesor, que resultaron muertos. La que no distingue porque conoce y no conoce porque no se instruye ni se educa.

Para la ministra se trató de un crimen mafioso. Para otros más audaces era el retorno de la violencia política a la Argentina. La realidad: un crimen pasional perpetrado por los miembros de una familia.

Para empezar, la mafia es una sociedad secreta que nace en la Italia del siglo XIX como una forma de organizarse socialmente para luchar contra el Estado o para suplir su ineptitud. La más famosa de ellas es la “Cosa Nostra”, nacida en la ciudad siciliana de Palermo para proteger a las plantaciones de limones de los grandes terratenientes.

Sostienen los expertos en la historia del crimen que en la Argentina, pese a los evidentes lazos de muchos inmigrantes de origen italiano con sus comunidades de origen, nunca les fue fácil a las distintas casas matrices de las distintas variantes de la mafia italiana establecer franquicias aquí. No por una previsora acción de nuestro Estado, sino por la preexistencia de “mafias” corporativas locales muy eficientes en nuestro territorio.

Por el contrario, los gitanos, zíngaros o ciganos, son un antiguo pueblo originario de la India, con características peculiares como el nomadismo y un acendrado cuidado de sus ritos, costumbres y tradiciones familiares.

Se calcula a la población gitana en Argentina en, aproximadamente, unas 300.000 almas, lo que la convierte en la segunda ssudamericana, después de la de Brasil. Se dividen ellos en dos grupos principales: el "Rom" (que se comunican en romaní, su lengua originaria) y el "Ludár" (que lo hacen en rumano).

Para completar el cuadro, no voy a explicar qué es un crimen político porque cualquier argentino sabe de qué se trata. Lo vivimos en carne propia, especialmente, en la década de los 70.

Sí vamos a explicar qué es lo que debería hacerse para evitar que esto nos sucede. Para ello, el Estado necesita de sus servicios de inteligencia. No de uno, sino de dos.

Uno, de carácter estratégico que apunte hacia afuera, vale decir a las amenazas que nos llegan desde el exterior, ya sea de otros Estados, como la ocupación británica en nuestras Islas Malvinas o de actores no-estatales trasnacionales, como el terrorismo y el narcotráfico.

Y otro de carácter criminal que apunte hacia adentro y que tenga como foco el estudio de las pequeñas y no tan pequeñas organizaciones criminales que operan en el interior de nuestro país.

También debería haber una tercera inteligencia. La denominada contrainteligencia, la que, en realidad, es una dedicada a cuidarnos a nosotros de los esfuerzos de inteligencia de nuestros enemigos y oponentes, la que podrá ser un cuerpo aparte o un división de las dos ramas principales ya enunciadas.

Sea como sea, en todas las organizaciones mencionadas deberá confiarse la tarea a un grupo de profesionales honestos.

Decimos profesionales, ya que uno dedicado a estos campos no se forma de la noche a la mañana y hacen falta muchos años para formarlo en las distintas especialidades posibles. Y decimos honestos por la razón obvia de la peligrosidad de la herramienta que manejan y que el Estado de confia.

Lamentablemente, hace varios años que carecemos de servicios de inteligencia. No porque no existan organismos específicos dedicados a la tarea, sino porque las sucesivas administraciones gubernamentales han preferido utilizarlos para el espionaje político interno.

Con ello, nos causan un doble perjuicio, ya que por un lado violan la Ley de Inteligencia que prohíbe estas actividades, y por el otro nos hacen caminar a ciegas en un mundo cada vez más complicado.

Pues, como sostiene el filósofo chino de la guerra, Sun Tzu: “Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla”.

 

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