Pacto de rendición
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Pacto de rendición

Cristina no viene a jugar dentro de las reglas, como corresponde a una democracia. Viene a romperlas, a hacer otras a su medida, caiga quien caiga.

Para los ilusos, para los adolescentes eternos, para los perversos con cara de buenitos, para los ingenuos, para los fundamentalistas que aún creen que el fin justifica los medios, y para otros más en cuyas definiciones no conviene ahondar, sonó a música, tal vez remedando aquello de la más maravillosa música.

Cristina fue a la Feria del Libro (que sepultó su prestigio de un plumazo) y muy suelta de cuerpo tiró la idea: cambiar el pacto social. No viene a jugar dentro de las reglas, como corresponde a una democracia. Viene a romperlas, a hacer otras a su medida, caiga quien caiga.

Aun me cuesta entender cómo nadie reaccionó dándole a esos términos la magnitud que tienen.

El pacto social no es ninguna idea nueva. Desde que Hobbes lo postuló, se han escrito ríos de tinta. Para Hobbes, allá por el 1600, y desde el punto de vista de su naturaleza, todos los seres humanos son iguales, pero lo más básico y más fundamental de la naturaleza humana, aquello a lo que esta queda reducida, en último término, si se eliminan todas las convenciones, es decir, si se reduce al hombre a su mero estado de naturaleza, es el instinto de conservación.

La naturaleza humana es un instinto de conservación que cada uno tiene derecho a conservar; pero la consecuencia de ese derecho es un enfrentamiento entre los hombres, es decir, la guerra. Por tanto, ya que no hay norma que regule la convivencia entre los hombres, es necesario crear un orden artificial.

Ese orden tomó durante los siglos diferentes formas, pero contemporáneamente, la mayor parte del planeta ha coincidido que el mejor que hemos encontrado se llama democracia. Instituciones, división de poderes, sistema de partidos políticos con elecciones ciudadanas. Aquello en que, pese a que nos vaya bastante mal, los argentinos también hemos coincidido hace casi cuatro décadas.

Con el iluminismo conocimos una nueva interpretación del pacto social, que es la de Rousseau. Para él, semejante forma de contrato, impuesto por la coacción y sin libertad, niega la libertad «natural» del hombre y no institucionaliza ni permite una adecuada libertad civil y política.

El verdadero contrato social, para Rousseau, ha de ser, pues, un contrato de libertad. Los hombres no se someten sino a la ley que ellos mismos se han dado. El sometimiento a la ley lo es a ellos mismos, que libre y racionalmente se han impuesto la ley.

Con ello, los hombres han pasado de un «estado natural» y de necesidad, a un estado basado en la razón y fruto de la libertad, estando semejante comunidad social muy por encima del «estado de naturaleza».

Hoy, Cristina y el kirchnerismo vienen a proponer un nuevo pacto social. Pero es un pacto de parte: lo proponen ellos, y no un gran acuerdo político. Es inconsulto, es arbitrario, es no consensuado. Es que esa parte se cree el todo: somos la patria, somos la clase trabajadora, somos los que queremos el bien y la felicidad.

Vamos por todo, han dicho, y de todo, de esa concepción, nace el totalitarismo: nosotros ponemos las reglas en las que deben vivir, y conocemos las consecuencias.

Pero la idea no es nueva, ni su esbozo tampoco: se ha venido deslizando en medias palabras a lo largo de estos años.

En boca de integrantes de La Cámpora se explicaba que fueron “tibios” al no ir a fondo en ciertas cosas, como no desmantelar directamente cualquier atisbo de crítica u oposición.

En boca de Cristina, en el acto contracumbre del G20 en Ferro Carril Oeste, la Constitución –de la que fue parte en la Convención del 94- es obsoleta.

Otros voceros del sector, como los integrantes del Manifiesto Argentino, directamente la Constitución no se modifica: debe ser abolida. Y también debe serlo el Poder Judicial (la gran pesadilla de todos ellos a partir de los innumerables juicios por corrupción y la gran cantidad de presos que exhiben sus propias filas), al que proponen reemplazar por un “servicio de justicia”.

Más atroz se vuelve el panorama cuando sentencian que hay que “regular” a los movimientos sociales, con un encuadramiento que recuerda y remite sin escalas al fascismo puro y duro. Y en cuanto al otro desvelo de siempre, la prensa, postulan una legislación similar a la ley de Radiodifusión de la dictadura, nada menos. Encuentran útil la reglamentación que dictó el proceso más autoritario de la historia. Por algo será.

Así, mientras los sectores más democráticos buscan acuerdos, con los 10 puntos del gobierno, la contrapartida de Lavagna o los otros puntos que dio a conocer el massismo, hay un sector que propone no acordar nada, instalar llanamente su propio pacto.

Salvo que hayan descubierto un modo mucho más avanzado de formas políticas, superador de la democracia tradicional, e iluminados por ese secreto vengan a proponerlo sin decir mucho, suena a una brutal regresión política que ya dábamos por sepultada.

Cristina viene con un nuevo pacto. Para la democracia, suena a pacto de rendición.

 

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Pacto de rendición

Cristina no viene a jugar dentro de las reglas, como corresponde a una democracia. Viene a romperlas, a hacer otras a su medida, caiga quien caiga.

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