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De ajustes y ajustadores

La palabra ajuste es temida y a la vez adorada en la política. Desde la oposición, siempre, y sea quien sea el representante, “acusará” de ajustador a su adversario. Éste, a su vez, devolverá la gentileza hablando de los ajustes evitados y necesarios, y así ad infinitum.

Pero si nos detenemos y quitamos la palabra y su concepto del griterío habitual, podemos advertir ciertas cosas que, en esencia, nos colocan a todos como ajustadores.

Es que el ajuste es el estado normal de la economía de las personas: todos ajustamos nuestro nivel de vida de acuerdo a nuestros ingresos: vivimos en una casa que podemos pagar o mantener, manejamos el auto que podemos tener, porque nuestros ingresos nos permiten eso. Vacacionamos en lugares a nuestro alcance, salimos a lugares que podemos solventar. Es decir, vivimos ajustados, es lo natural.

Sería fantástico que, por ejemplo, todos tuviéramos el vehículo que más nos gusta. Pero no solo sería imposible, sino que además quebraría la industria, piénselo un poquito.

Sólo a un imbécil se le ocurriría otra cosa. Lo vemos claramente con el hijo del ex futbolista Caniggia, Alexander, que emitió un video donde quiere ser presidente, para que todos los “barats” dejen de andar en colectivo y viajen en limousina, y dejen los barrios pobres y vivan en mansiones. Claro, el joven es tan estúpido que se postula para el 2020, año en que no hay elecciones. Es un caso extremo, pero lo preocupante es que muchos dirigentes, en lugar de acercarse hacia la sensatez, toman la dirección opuesta, casi pareciéndose al joven en cuestión.

Si vamos al diccionario también algunas dudas se despejan. La palabra se forma con el prefijo “ad”, que es equivalente a “hacia” y el adjetivo “iustus”, que es sinónimo de “justo”.

Es así, mal que les pese a los vendedores de fantasías. El estado normal de la economía es estar ajustada, tanto en lo individual como en lo colectivo. Ahora bien, si repasamos los grandes ajustes en la Argentina encontramos algunas coincidencias llamativas. El rodrigazo, por ejemplo, cuando el ministro de Economía Celestino Rodrigo asumió en el final del ciclo de Isabel Perón.

La básica Wikipedia lo cuenta así: “El ministro quería eliminar la distorsión de los precios relativos con una fuerte devaluación del 160% para el cambio comercial y el 100% para el cambio financiero. La tasa de inflación llegó hasta el 777% anual y los precios nominales subieron un 183% al finalizar el ciclo 1975. Se produjo desabastecimiento de gran cantidad de productos esenciales, entre ellos alimentos, combustibles y otros insumos para transporte”.

En los 90 se produjo un ajuste enorme, monstruoso sobre el Estado. El desguace de las empresas públicas fue un ajuste desmesurado. Ferrocarriles Argentinos, con 94 mil empleados, se desmembró y se perdieron casi 90 mil de esos trabajos, por ejemplo. Gobernaba Carlos Menem, actual senador por el PJ.

Más acá en el tiempo, en 2002, Jorge Remes Lenicov hizo un tremendo ajuste, con una devaluación que elevó la pobreza al 58%. Gobernaba entonces Eduardo Duhalde, principal impulsor de Roberto Lavagna, y de hecho el ajuste de Remes fue el “trabajo sucio” que le abrió las puertas al candidato para ocupar el ministerio de Economía, heredando los superávits gemelos.

¿Cuál es el dato? Los tres pavorosos ajustes fueron llevados adelante por gobiernos peronistas. ¿La razón? Solo los gobiernos peronistas manejan los mecanismos de control social que hacen posible que la gente se banque esos ajustes. Sindicatos, movimientos sociales, sistema de punteros y poder territorial, intendentes eternos, son los mecanismos que permiten que no se prenda fuego el país cuando el peronismo ajusta.

Cualquier otro signo político debe ir con pie de plomo, con el ineficaz “gradualismo”, sobrellevando el mote de ajustador que le cargan los ajustadores.

La Argentina está en un momento desajustado: el déficit es galopante y no van quedando demasiadas fuentes de financiamiento. Las próximas elecciones definen entonces quién va a ajustar. Ferozmente los “buenos” o más contenidamente los “malos”. Porque, recuerden, nuestra historia es circular.

 

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