El tropezón de Chacabuco
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El tropezón de Chacabuco

Muy probablemente pocos  compartan mi parecer y mi opinión sobre lo que los libros de historia llaman la victoria de la Cuesta de Chacabuco; ya que yo me atrevo a llamarla tropezón. Bueno, eso fue –precisamente– lo que fue. Un tropezón.

Porque si bien el resultado de las armas fue ampliamente favorable, no lo fue en la medida en que debió haberlo sido, pues, en principio, no alcanzó para darles un golpe decisivo a los godos como era la intención del comandante general,lo que terminó complicando varios asuntos.

Pero lo más grave fueron las discusiones y los disensos que ella trajo. Diferencias que con el tiempo serían mortales para la cohesión del Ejército y para la empresa emprendida por San Martín.

Como ya se ha explicado, el plan original para derrotar al poder español en América implicaba conquistar Lima, centro neurálgico de ese dominio colonial. Para ello el camino del Alto Perú, que era el más directo, se había mostrado inconducente en varias oportunidades.

La única alternativa era intentar una aproximación indirecta contra Lima desde el mar, lo que nos llevaba, lógicamente, a la liberación de Chile del yugo virreinal a los efectos de disponer de un puerto sobre el Océano Pacífico desde el cual se pudiera embarcar la fuerza expedicionaria para librar esa campaña.

Obviamente, en el medio estaba la cordillera de los Andes, que se interponía. Como ya se ha explicado, el cruce se hizo en varias columnas con la finalidad de engañar a los realistas sobre por dónde iba el centro de gravedad.

Haberlo hecho en una sola gran columna hubiera sido facilitarles demasiado las cosas. Pero estaban los problemas que se deducían de esta estratagema. Que eran, a saber: cuándo, dónde y cómo reunir a esas columnas dispersas para librar la necesaria batalla decisiva.

Una batalla decisiva es precisamente eso. Algo definitivo. Un golpe mortal que anulara el poder militar español en Chile a los efectos de disponer del puerto y de los recursos necesarios para la campaña del Perú.

De las columnas principales y los tres destacamentos que cruzaron los Andes en forma independiente, en realidad sólo las principales eran esenciales para este cometido. Las otras tres satisfacían la necesidad de desorientar al enemigo, por lo que su reunión con el grueso no estaba prevista. Al menos en forma inmediata. 

La primera de ellas cruzó por el Camino Real de Uspallata y lo hizo a las órdenes del coronel Gregorio de Las Heras. Marcharon en ella las formaciones más pesadas de la artillería de campaña y los abastecimientos. La segunda, al mando del coronel Estanislao Soler, lo hizo por el difícil camino de Los Patos. Cruzó en ella la masa de los elementos de maniobra, vale decir la infantería y la caballería. Además del cuartel general, con el propio San Martín a cargo de todo.

Estaba previsto que ellas convergieran en la localidad chilena de San Felipe, que era su desemboque natural a unas pocas leguas de la hacienda de Chacabuco. En teoría todo sonaba bien, perfecto, casi genial. Pero como verán ustedes, el Diablo está en los detalles.

Tras la reunión de sus fuerzas, San Martín resolvió atacar en la madrugada del 12 de febrero. Para tal fin, concibió una maniobra envolvente que implicaba un aferramiento frontal y un movimiento contra la retaguardia realista.

Al efecto, dividió a sus fuerzas en dos agrupaciones independientes que debían actuar coordinadamente, ya que el aferramiento frontal era condición necesaria para el éxito del envolvimiento. Pero, a su vez, una demora en este último podría tener consecuencias catastróficas.

A la Primera División (batallones de Infantería 1, 7, 8  y 11, el cuarto escuadrón de Granaderos y una batería de artillería a 7 piezas de 4") la colocó bajo el mando del militar porteño Miguel Estanislao Soler, quien debía avanzar por el camino de la Cuesta Nueva, más suave pero mucho más largo. A él le asignó la misión principal de atacar el flanco realista.

A la Segunda División (compañías de Fusileros de los batallones de Infantería 7 y 8, tres escuadrones del Regimiento de Granaderos y 2 piezas de artillería –que no llegarían a la batalla por desbarrancarse durante la marcha–) la dejó bajo el mando del militar y político chileno Bernardo O'Higgins, quien debía moverse por el camino de la Cuesta Vieja, más corto pero más peligroso que el anterior. Le ordenó la misión secundaria de aferrar por el frente a los realistas.

Por su parte, el núcleo de las fuerzas realistas estaba compuesto por el renombrado Regimiento de los Talaveras de la Reina, reforzado con fuerzas auxiliares provenientes de Chiloé y Valdivia.

Estaban conducidas por el experimentado general español Rafael Maroto Yserns, quien consciente de la debilidad de sus fuerzas, decidió adoptar una actitud defensiva sobre un grupo de alturas conocidas como cerros Quemado y Guanaco, y que se alineaban hacia el Este de la hacienda de Chacabuco, vale decir al frente del avance patriota.

El primer asalto frontal a cargo de la Segunda División había sido rechazado. En consecuencia, San Martín le había ordenado a O´Higgins que esperara a la columna de Soler, quien, según lo coordinado, ya debería estar amenazando el flanco enemigo, pero que, por el momento, no se tenía noticias de ella.

Pero el brioso jefe chileno, impaciente ante esta demora, no estaba dispuesto a esperar más. Por eso ordenó realizar un segundo asalto a la bayoneta, una decisión que casi produce un desastre, y que les permitía a los realistas batir con facilidad a la Infantería patriota que los atacaba de frente y cuesta arriba.

Ante esta situación, que ya se tornaba en desesperada. San Martín, le ordenó a Las Heras que con sus infantes girara a la izquierda a los efectos de atacar a las posiciones españolas por el flanco.

Por su parte, a Necochea, con sus granaderos, le encomendó dirigirse, directamente, en dirección a la hacienda. La idea era que los godos al verse sobrepasados entraran en desesperación y abandonaran su posición de defensa.

Todos estos movimientos sucesivos, como era previsible, produjeron un desorden descomunal, por lo que era muy difícil anticipar un resultado cierto para la batalla ya que una densa humareda blanca, producto de las descargas de los fusiles, se elevaba como una nube de tormenta sobre las posiciones de la infantería.

Con dificultad, se distinguían en el centro a los uniformes blancos de los españoles recostados sobre los faldeos de los cerros que ocupaban. Mientras tanto, los rodeaban los patriotas por el frente y, ahora, por el flanco norte y por la retaguardia.

Finalmente, fue el propio San Martín quien le puso fin a la incertidumbre y decidió la batalla. Al efecto, se colocó al frente de un escuadrón de Granaderos, el del capitán Medina, al que había retenido como su reserva, y atacó el centro del dispositivo realista, donde se encontraban sus posiciones de artillería. (1)

La carga tuvo un efecto instantáneo pues les permitió los libertos (2) de los batallones 7 y 8 dejar de sufrir las inclemencias del certero fuego de los Talaveras.

Por su parte, el movimiento a retaguardia de Necochea cumplió su cometido, ya que los godos, al verlo, y al saberse sobrepasados, comenzaron a abandonar sus posiciones para volver a parapetarse en los olivares que rodeaban la hacienda de Chacabuco.

No hubo una rendición formal. (3) Progresivamente los focos de resistencia realista fueron vencidos o, simplemente, dejaron de luchar por el mero cansancio. Tuvieron muchos muertos: más de quinientos.

Tras los combates, las fuerzas patriotas se fueron concentrando sobre la hacienda. San Martín con su Estado Mayor y sus ayudantes ocuparon su casco y sus dependencias, en las que se instaló el hospital de campaña para atender a los heridos.

Con la paulatina calma llegaron las reflexiones y las recriminaciones. Concretamente, Soler le reprochaba a O'Higgins el no haberlo esperado. San Martín, por su parte, se dolía por las muertes de sus queridos negros del 7 y del 8. Pero en su rol de comandante en jefe, buscó calmar a todos con sus intervenciones. Al ver que no lo lograba y que debía preservar, por sobre todo, la unidad de su ejército, decidió relevar a Soler de su cargo y enviarlo a Buenos Aires. (4)

Al rato salió San Martín. Mandó llamar a uno de sus ayudantes para dictarle su famoso y lacónico parte de guerra:

“En veinticuatro días hemos hecho la campaña, pasamos las cordilleras más elevadas del globo, concluimos con los tiranos y dimos la libertad a Chile”, le hizo escribir.

Hecho esto ordenó que saliera el chasqui hacia Buenos Aires. Acto seguido pidió no ser molestado, al menos por un par de horas. Hacía más de 20 que no había pegado un ojo y más de dos días en que su único alimento eran los mates de café cebados por sus baqueanos. Mientras, su úlcera se reavivaba y le recordaba que era humano.

Notas:

(1) La estatua ecuestre de San Martín se repite en numerosas ciudades argentinas y extranjeras. El original de 1860 fue del escultor francés Luis Daumas para la ciudad de Santiago de Chile. Buenos Aires encargó una réplica al mismo escultor, que se inauguró en 1862 frente a la estación Retiro. Se lo muestra a San Martín espoleando el caballo, en el momento decisivo de la batalla mientras que con su dedo señala la Cuesta y le ordena a un chasqui: "Vaya y dígale al general Soler que ataque de inmediato".

(2) Los denominados libertos, vale decir esclavos negros liberados, conformaban la masa de los regimientos de Infantería 7 y 8. San Martín los había reclutado en Mendoza y les había prometido la libertad a cambio de unirse al Ejército. Muy pocos de ellos pudieron sobrevivir a las largas campañas y regresar a la Patria.

(3) Una bandera del regimiento Talavera fue capturada durante la batalla y se conserva en la sala histórica del Regimiento de Infantería de Montaña 22, en Marquesado, provincia de San Juan.

(4) Soler, tras su regreso a Buenos Aires, se mantuvo sin mando de tropas hasta que, en 1819, el Director José Rondeau le dio nuevamente el mando del Ejército de campaña, con sede en la villa de Luján, para hacer frente a la anarquía del año 20.

Final:

Hemos compartido con los lectores de El Ciudadano varias notas sobre la primera etapa de las luchas libradas por San Martín por la libertad americana. Lecturas alegres de verano.

Dejamos para más adelante las del descontento del invierno.

 

 

 




 

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