A 90 años del asesinato de Carlos Washington Lencinas
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A 90 años del asesinato de Carlos Washington Lencinas

Este confuso hecho tuvo también versiones distintas en torno a los motivos que provocaron la muerte de Lencinas, conocido como El Gauchito.

El 10 de noviembre de 1929, todo el país, y especialmente los mendocinos, quedaron conmovidos por uno de los sucesos más trágicos que tuvo la historia de nuestra provincia: el asesinato del exgobernador y senador nacional electo Carlos Washington Lencinas.

Este confuso hecho tuvo también versiones distintas en torno a los motivos que provocaron la muerte del político. Algunos opinaron que fue un tal Cáceres quien le disparó al caudillo por una disputa entre ambos, mientras que otros acusaron al entonces presidente Hipólito Yrigoyen de enviar a una persona para matarlo.

Lo cierto es que el crimen ocurrió en un contexto político y económico muy complicado, con intervenciones federales a diferentes provincias, una crisis financiera y económica que perjudicaba a los bolsillos de casi todos los ciudadanos argentinos y una inestabilidad que presagiaba la inminente caída de Yrigoyen, que apenas llevaba un año de su presidencia.

Tiempo después del asesinato de Lencinas, el primer mandatario sufrió un atentado que casi le costó la vida, y el 6 de setiembre de 1930 fue derrocado tras un golpe militar por el general José E. Uriburu.

Crónica de una muerte anunciada

En setiembre de 1929, Carlos W. Lencinas viajó a la Ciudad de Buenos Aires para reclamar su diploma de senador nacional, ganado legítimamente en las elecciones de 1928.

Pero el Gobierno nacional lo había desaprobado por vincularlo con varios hechos de corrupción ocurridos en su gestión gubernativa.

Se cree que existía una rivalidad  entre algunos caudillos, como el caso de Lencinas y el entonces presidente Hipólito Yrigoyen. La relación entre ambos no era buena y algunos de los más allegados al mandatario nacional opinaban que había que “eliminarlo”.

Lencinas y sus días contados

El 9 de noviembre, Lencinas se preparaba para regresar a Mendoza y unas horas antes de tomar el tren, fue avisado por un policía de que un tirador experto lo esperaría en su provincia para asesinarlo.

El caudillo mendocino desestimó esa advertencia y siguió adelante con su pequeña comitiva, trasladándose en automóvil hacia la estación de ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, en Retiro.

En el andén, Lencinas y sus amigos esperaban al tren El Internacional con destino a nuestra provincia. El Gauchito –como le decían- estaba tranquilo y el convoy partió como estaba estipulado.

Tendría unas cuantas horas de viaje para llegar a su destino final. Y aunque parecía que el viaje sería tranquilo, que nada ocurriría a pesar de la información que había recibido de su presunto asesinato, algo no estaba bien para los amigos que viajaban junto a Lencinas en el tren. Se percibía una sensación confusa por los rumores que habían oído.

Cuando el tren llegó a la estación de San Luis, le volvieron a advertir de su asesinato y se le dijo que había un avión esperándolo para que no prosiguiera el viaje en tren, pero Lencinas se negó a tomarlo.

El orador más esperado

En el mediodía del 10 de noviembre, se anunció que Lencinas estaría en Mendoza por la tarde. Cientos de correligionarios de su partido se congregaron en la estación para esperar al líder político local.

El tren llegó puntualmente a las 16.45 y una multitud lo esperaba en el andén y lugares aledaños. Lencinas bajó acompañado de Antonio García Pintos, y desde allí marcharon hacia la plaza San Martín por la calle España, en la que se encontraba el edificio del Círculo de Armas.

Allí se había informado que se esperaban varios discursos de los referentes más importantes, finalizando el acto con la palabra de El Gauchito.

Una considerable cantidad de personas se aglomeró para escuchar a los oradores y Lencinas ocupó uno de los balcones del edificio junto a destacados correligionarios.

Sangre en la plaza San Martín

En aquella calurosa tarde, inició el mitin García Pintos, quien realizó declaraciones en contra del Gobierno nacional, mientras la multitud reunida en la plaza se expresaba con silbidos y exclamaciones hostiles contra Yrigoyen.

Ante el alboroto producido por la arenga de García Pintos, Lencinas trató de apaciguar al gentío con ademanes.

En ese instante se escuchó grito de “¡Viva Yrigoyen!” y partió el primer disparo desde un grupo de personas ubicado entre la puerta central del edificio del Círculo y el balcón cercano al teatro Municipal, sobre la calle España.

A poca distancia se encontraba José Cáceres, sospechado en un principio de haber sido el agresor.

Luego de la detonación, se oyeron otras cuatro, generalizándose el tiroteo. Varios de los reaccionarios lencinistas le dispararon a Cáceres, quien resultó herido de gravedad.

Pero además se pudo observar que otro individuo –muy bien vestido, con pantalón con finas rayas y saco oscuro– que se encontraba trepado a un árbol, distante cuatro metros hacia el sur de la puerta de entrada del Círculo, fue quien le disparó al doctor Lencinas. 

Al escucharse las detonaciones, el presunto asesino aprovechó la confusión para desaparecer entre el público reunido que se dispersó rápidamente debido al tiroteo.

Muchos se volcaron hacia diferentes puntos de la plaza y otros se refugiaron en el basamento de la estatua ecuestre del General San Martín.

“¡Le dispararon a Lencinas!”

Mientras tanto, en el balcón del Círculo de Armas se notaron extraños movimientos en el zaguán y el salón que daba a la calle. Nadie entendía lo que estaba ocurriendo.

Las puertas y ventanas se cerraron y quienes estaban cerca de Lencinas, cuando se dieron cuenta que tras los disparos su cuerpo se había desplomado, intentaron protegerlo y sin perder tiempo lo llevaron a la sala de billares.

Lencinas, tambaleante, arrojaba sangre por la boca y uno de sus hermanos manifestó dolorosamente: “¡Carlos se muere, muchachos, lo han asesinado!". Inmediatamente fue puesto sobre una mesa de billar, pero la hemorragia era cada vez más intensa.

Mientras tanto, fuera del local, la gente afectada por el pánico se dispersó por los alrededores gritando.

Varias ambulancias llegaron de inmediato al lugar asistiendo a Lencinas y a los otros heridos que estaban en la calle.

El caudillo fue trasladado al Hospital Provincial pero nada se pudo hacer y así uno de los más populares políticos de Mendoza sucumbía trágicamente minutos después.

Una autopsia no muy clara

Caída la tarde, el cuerpo sin vida de Carlos W. Lencinas fue llevado a la morgue, donde el juez Fuentes Pondal dio la orden para realizar la autopsia. Intervinieron en la práctica el doctor Pedro Escudé y el director del hospital, José de la Zerda. 

Hubo momentos de mucha tensión porque no se encontraba la bala, aunque minutos después Virgilio Sguazzini la halló en el suelo, al que había caído al desvestir el cuerpo del extinto.

Sguazzini le mostró el proyectil al juez, quien tomó la munición y la depositó en un sobre. Pero cuando aquél quiso firmar el sobre, el magistrado se lo impidió y lo amenazó para que se retirara del lugar.

Realizada la autopsia, el cuerpo del doctor Lencinas fue embalsamado y sus restos fueron velados en la casa paterna –ubicada en 25 de Mayo 750, de la Ciudad– y fue enterrado en el panteón familiar en el Cementerio de la Capital.

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A 90 años del asesinato de Carlos Washington Lencinas

Este confuso hecho tuvo también versiones distintas en torno a los motivos que provocaron la muerte de Lencinas, conocido como El Gauchito.

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