Lo que no se contó del cruce de los Andes
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Lo que no se contó del cruce de los Andes

Hace 202 años, el General José de San Martín realizó una de las mayores epopeyas que puede contar la historia mundial: el cruce de los Andes. Aquel ejército de 3.000 hombres atravesó la cordillera para liberar el territorio chileno, entonces en manos de los realistas, por seis pasos cordilleranos.

Por muchos años se pensó que todo el Ejército de los Andes partió el 18  de enero de 1817 y que Las Heras y San Martín se dividieron en Canota. Pero la realidad fue otra.

Un plan hecho en Logia

Luego de la declaración de la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, se reunió con José de San Martín. Allí se discutieron varios proyectos, entre los que se encontraba uno de los más importantes, que fue la expedición a Chile.

En Buenos Aires, los patriotas se reunían secretamente en una casa ubicada en la calle de las Barrancas –hoy Balcarce- sede de la Gran Logia de Buenos Aires. Allí, esta sociedad masónica era presidida por Pueyrredón y contaba además con la presencia de Juan Florencio Terrada, Tomás Guido, Matías Patrón, Tomás Luca y Felipe Senillosa. En su mayoría, estos miembros ocupaban importantes cargos de gobierno.

En la primavera de 1816, los integrantes de la logia elaboraron un importante plan militar y político para la liberación de Chile y Perú y la consolidación de las Provincias Unidas.

El 21 de diciembre fueron concluidas las instrucciones de carácter reservado para la restauración de Chile, las que contaban con diferentes temas en lo militar, en lo político y en lo económico. Inmediatamente fueron despachadas al flamante Capitán General del Ejército de los Andes.

Después de varios días de súbita marcha, el correo llegó a Mendoza trayendo las instrucciones reservadas para el General San Martín. La documentación secreta constaba de 16 fojas y 59 artículos divididos en tres partes: guerra, política y gubernativo y hacienda.

La primera tenía 32 artículos; la segunda instrucción 15 y la última 12.

La mayoría de estos fueron estudiados por el Libertador para luego seguir al pie de la letra todas las órdenes del gobierno de las Provincias Unidas.

Desconocida epopeya

La partida de la campaña se inició el día 9 de enero con la primera columna, que salió desde el campo de instrucción hacia San Juan, al mando del teniente coronel Cabot. 

El 14 de enero se inició, desde el campamento, la marcha de la segunda columna, que caminó en dirección al Sur, al mando del teniente coronel Ramón Freire, quien con 80 infantes de los batallones 7, 8 y 11 y 25 granaderos, pasó por el fuerte de San Carlos y continuó por el paso del Planchón. La misión era posicionarse de Talca y Curicó.

Desde La Rioja marchó el comandante Francisco Zelada hacia el paso de Come Caballos, con 50 infantes, y en Guandacol se unieron a esta columna 80 milicianos de caballería al mando de Nicolás Dávila. Las instrucciones eran conquistar las villas de Huasco y Copiapó.

Las tropas de Lemos emprendieron el viaje desde el fuerte San Carlos para cruzar El Portillo e invadir San Gabriel con 25 blandengues y 30 milicianos. 

El día 18 partió la “primera división de vanguardia”, al mando de coronel Juan Gregorio de Las Heras. Estaba constituida por el batallón de Infantería Nº 11, con 622 hombres, 30 granaderos a caballo, 20 artilleros, dos cañones de pequeño calibre y el escuadrón de milicias de San Luis. El objetivo era marchar por el denominado "Camino Real" o de "La Cumbre", combinar la marcha de la otra división principal y caer en dirección al Valle de Aconcagua.

Las Heras, por su experiencia como comerciante, conocía muy bien la ruta Mendoza-Santiago de Chile y por eso alteró el itinerario de marcha. El plan original proponía una parada en la estancia El Jagüel para luego continuar por el camino de Villavicencio. El coronel optó por un recorrido mucho más corto y se dirigió a Uspallata por la senda de la quebrada de Santa Elena. Con aquella osada decisión, Las Heras acampó en la estancia de Canota y acortó tres jornadas.

Recién el 19 la columna que se dirigió hacia el camino de Los Patos con el objetivo de entrar por el valle de San Felipe y llegar a Santiago. Inició su marcha desde el campamento una primera división compuesta por el 4° escuadrón de Granaderos a Caballo y 4 compañías de volteadores y granaderos del batallón de infantería del N°7 y 8 con un total de 644 hombres a cargo de José Antonio Melián.

Ese mismo día salió el capitán Luis Beltrán con algunas piezas de artillería rumbo al camino de La Cumbre (Uspallata) marchando por Villavicencio.

Al día siguiente partió la segunda división de la columna con 714 hombres en dirección a Los Patos, a las órdenes del teniente coronel Rudecindo Alvarado.

El 21 salió la tercera división al comando del brigadier Bernardo O'Higgins con 435 soldados y al otro día emprendió la marcha la cuarta fracción, encabezada por Mariano Necochea con 520 efectivos.

El 23 de enero, salió la quinta división compuesta de 553 soldados y los hospitales de campaña bajo la conducción del coronel José Matías Zapiola. Un día después, se integró la artillería con 6 piezas, el parque y la maestranza con 31 obreros a las órdenes de Pedro Regalado de la Plaza.

Recién el 25 de enero partió el General San Martín con su Estado Mayor. Iba acompañado por un reducido grupo que se dirigió por el camino del Norte a su cuartel general, en la estancia Manantiales (provincia de San Juan). Desde allí dirigió los movimientos del Ejército de los Andes a partir del 29 de enero y hasta los primeros días de febrero.

Otro dato que poco se conoce es que en ningún momento las tropas del Ejército –que marcharon por el camino de Los Patos– se introdujeron en la zona de Barriales (San Juan) para seguir el camino, sino que pasaron por varias postas que tenía ese camino: El Jagüel, Las Higueras, Carrizal norte, Las Cuevas norte y Yalguaráz –todas en territorio mendocino-  para luego cruzar el río Los Patos, en San Juan, y establecerse en Los Manantiales.

Ejército multiracial

Aquella epopeya fue protagonizada por miles de soldados negros que provenían de países africanos, como Angola, Congo y Guinea, quienes llegaron a nuestro territorio a través del mercado de esclavos, a fines del siglo XVIII. En nuestra provincia, durante la preparación de la campaña a fines de 1816, fueron comprados a sus dueños mendocinos por el gobierno de las Provincias Unidas, en una suma de 125 pesos cada uno, para engrosar las filas de la infantería del ejército. Ellos fueron los primeros en ir al frente de batalla.

Muchos de los mestizos que formaban la caballería y la artillería eran de origen chileno (habían llegado en 1814 durante la pérdida del territorio trasandino, en manos de los realistas) y en menor cantidad, paraguayos y uruguayos. También participaron puntanos, catamarqueños, riojanos, porteños, cordobeses y santafesinos.

Los blancos, en su mayoría, ocupaban los cargos de jefes y oficiales de la tropa y provenían de nuestro país, pero también se encontraban franceses, británicos e irlandeses. Algunos de ellos habían combatido en las guerras napoleónicas.

Con este crisol de razas, aquel ejército marchó con la idea de liberar esta porción de territorio del yugo realista.

No iban contentos a pelear

En los primeros días de marcha hacia la cordillera, un buen número de soldados aprovechó la oportunidad de desertar en algunos de los parajes en donde acampaban. Muchos de ellos estaban disconformes porque habían sido incorporados por cinco años al Ejército y esto significaba que las posibilidades de morir eran muy grandes.

La mayoría eran analfabetos, pero no por ello menos capaces que el resto. Para reducir la deserción se empleaba una especie de policía llamada Partidas Volantes que se encargaba de atrapar a los insurrectos, reprenderlos con severos castigos y reincorporarlos al Ejército.

A pesar de estas medidas, la deserción fue constante y el General San Martín le dirigió en una carta al Director Supremo, en la que mencionaba que durante el cruce de los Andes tenía una pérdida de 400 hombres entre desertores y enfermos.

Marcha con previsión

El Libertador tomó todas las precauciones llevando, un tiempo antes de la marcha, ganado vacuno y caballada que distribuyó en las estancias de Mendoza y San Juan por las que pasarían las divisiones. A llegar al campamento, se carneaba una vaca para 83 soldados.

En los lugares más inhóspitos las tropas se alimentaban con una mezcla de harina de maíz, charque en rama a la que se le agregaba agua y otros condimentos. También llevaban fiambres que los utilizaron antes de cruzar de noche por los pasos más altos de la cordillera.

Vinos y aguardientes fueron ingeridos por la tropa para pasar las frías noches. También el ajo y la cebolla se utilizaron para evitar las enfermedades de altura y poder remontar los pasos que se encontraban aproximadamente a unos 3.800 metros sobre el nivel del mar.

La tropa no estaba debidamente uniformada como las europeas de aquel tiempo, pero sí estuvo debidamente abrigada, ya que los hombres de San Martín tuvieron que realizar marchas nocturnas.

Pero igual muchos soldados de raza negra murieron por las bajas temperaturas y otros enfermaron gravemente.

Generales peleados

No siempre fue armoniosa la relación entre los jefes de la gesta. A fines de enero y principios de febrero, varias divisiones del Ejército de los Andes marcharon al paso de las Llaretas –mal llamado paso de los Patos- al mando del general Miguel Soler.

El 1 de febrero, el brigadier Bernardo O'Higgins tenía a su cargo una de las divisiones de la reserva y ambos jefes protagonizaron un enfrentamiento verbal a raíz de una supuesta apropiación de unas cargas de provisiones, entre otras situaciones que encolerizaron al chileno. Estas diferencias fueron profundizándose con el tiempo.

La gran hazaña

El 2 de febrero, el grueso de la tropa había cruzado la cordillera y ya en Chile se sucedieron algunos combates con la victoria del Ejército Liberador. Como se había planificado de antemano, el 8 de febrero se concentraron para marchar a Santiago.

La gran hazaña fue coronada el 12 de febrero, en el valle de Chacabuco, cuando el Ejército Libertador venció a los realistas, un hito en la historia que sólo se pudo lograr gracias al sacrificio de aquellos soldados anónimos.

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