Rambo sin el cuchillo y con la pluma
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Rambo sin el cuchillo y con la pluma

Es sabido que para darle fin a la agresión de movimientos rebeldes o insurgentes que mantienen en “jaque” la estabilidad de un país se los debe incluir en el “nuevo orden político” y en la estructura de Poder de ese Estado.

Cualquier acuerdo que busque la estabilización de Afganistán debe contemplar, no solamente a los talibanes y al Gobierno de turno, sino también los intereses de las potencias regionales

Si tenés más de 27 años y sos amante del cine de acción pochoclero estoy casi seguro que viste esa “memorable” cinta estrenada en 1988 e interpretada por un anabolizado Sylvester Stallone. Encarnando a un tal John Rambo en su tercera aparición debe abandonar la paz y luto del templo budista en el que pasa sus días para apersonarse en un desconocido, pobre e indefenso país ocupado por una tiránica Unión Soviética (irónicamente a tres años de estirar la pata). Esa misión también incluye rescatar a su amigo y mentor, el Coronel Trautman, proteger a una sufrida tribu de talibanes y “darle hasta por debajo de los dientes” al despiadado Coronel Zaysen y a su inhumano batallón de fuerzas especiales.

Corriendo el último minuto del film, el héroe, después de una épica batalla, se despide del valiente pueblo al cual logró salvar de un trágico desenlace; acaricia el tierno rostro de Khamid, el niño que lo perseguía incansablemente reclamándole el enorme cuchillo que caracterizó a Rambo, y se alejó rumbo al sol poniente en compañía de su amigo hacia, al fin, su amado Estados Unidos (EE.UU.), recuperado de los demonios de la guerra y al son de: He Ain't Heavy, He's My Brother de Bill Medley (la cual, ya que estamos… recomiendo que escuches si te gustan los lentos ochentosos).

Es así como nuestro hipertrofiado amigo llega a la “tierra de las posibilidades”, se enamora de una buena compatriota, busca formar familia (pero bueno… el uso de esteroides trae en detrimento lo que justamente te estás imaginando), se dedica a revivir el rancho de la familia y a pasar el resto de sus días en paz y armonía. Pero el llamado del Tío Sam no sabe de finales felices y a tan sólo un poco más de una década el guerrero de la libertad es informado que ese inocente pueblo se ha volcado a la maldad y ahora expande el horror y la muerte por todo el territorio afgano, incluso implicado en el “volteo de las gemelitas acaecido el 11/09/01”. La ira inunda el corazón de John, se le crispa y chanflea el ribete del labio después de mucho tiempo, calza vincha negra y enfunda su cuchillo pensando en quien ahora es un joven hombre de nombre Khamid que no atendió a su prédica y que finalmente recibirá el cuchillo que tanto ansiaba pero, como sabemos decir por estos lares, va a ser “por la nuca”.

Es así como el emisario del omnipotente país del norte retornó a ese “desagradecido” rincón del mundo con la bendición del Clan Bush, con una estrategia rápida, fulminante y a cuchillo eréctil. Pero tras 17 años de “encrucijada afgana” lo eréctil se convirtió en eyectable y llegamos hasta nuestros días donde “Donald”, en su usual ambivalencia discursiva, hizo campaña como un líder que quería sacar a EE.UU. de Oriente Medio. Pero también se definió como un tipo duro, y sus primeras decisiones en el salón oval estuvieron orientadas a mostrar fortaleza y dureza: más tropas, reglas de actuación más agresivas, mayor cantidad de incursiones aéreas y bombas más destructivas en las zonas de conflicto donde EE.UU. está presente.

“Estos asesinos deben saber que no tienen dónde esconderse”, dijo Trump al anunciar un refuerzo de tropas en Afganistán.

Ahora “es un secreto guardado a gritos” que la Administración Trump está buscando un acuerdo negociado con las facciones del Talibán. Si bien creo que el camino correcto es el de la negociación, no cabe duda que es una senda muy difícil de recorrer. La guerra en Afganistán, que comenzó en 2001, es la operación militar más larga de la historia moderna de EE.UU. El despliegue militar de Washington allí no puede compararse con su presencia militar en Alemania, Japón o Corea del Sur. Las bases permanentes en esos países fueron diseñadas para detener agresiones externas (por parte de Corea del Norte, por ejemplo). En Afganistán, los EE.UU. se han enrollado con un esfuerzo militar y político para asegurar que el gobierno de Kabul no sea derrocado por la insurgencia talibán. Algo más comparable a una fuerza neocolonial que ayuda a un gobierno local amigo.

Tanto la Administración de Obama como, previamente, la de Bush diseñaron un plan de salida de Afganistán. Encontraron que era muy difícil abandonar el compromiso y declarar la misión como cumplida.

 

Las Constantes

La primer constante de este entramado era el inexorable avance de los insurgentes tras los intentos de retirada de tropas estadounidenses, quienes pusieron al gobierno elegido democráticamente (sí, sí, no se rían…) ante un peligro creciente de ser derrocado.

Segunda constante: A medida que EEUU daba un paso atrás, quedó claro que potencias regionales como Pakistán, China, Irán y Rusia buscarían llenar el vacío de influencia en la región.

Y, finalmente, la tercera constante: Pese a todas las facciones en pugna, no había un solo talibán dispuesto a sentarse a negociar.

Demás no está decir que se ha creado una inevitable dependencia por parte del frágil gobierno afgano hacía la ayuda financiera y militar de EE.UU. Washington ha gastado 45.000 millones al año en ayuda económica y en seguridad en Afganistán, una cifra que es más del doble del PBI del país asiático. Con este panorama cualquier acuerdo político que busque estabilizar a largo plazo el país será extremadamente difícil de conseguir. Este cuadro endeble del Estado afgano puede evidenciarse en el mapa a continuación donde vemos como hasta principios del corriente año no se muestra una evolución en el control del territorio del país por parte de Kabul; mostrando las zonas controladas por el Gobierno (Government), las disputadas (Contested), las que se encuentran bajo dominio Talibán y las que están bajo reclamo Talibán sin confirmar (Unconfirmed Taliban claim).

Sin embargo, será objetivamente imposible lograr cualquier avance si no se negocia tanto con los Talibanes como con las potencias regionales. La Hoja de Ruta debería ajustarse a que Washington alcance pactos en los que tendrá que permitir a los insurgentes un papel más formal en un claro esquema de poder compartido.

 

Dos ejes para la Hoja de Ruta

Históricamente la clave para acabar con guerras civiles extensas y con la desestabilización imperante ha sido, habitualmente, incluir a las diferentes partes implicadas en el nuevo orden político. Ejemplo claro de lo antedicho son: “Los Acuerdos de Viernes Santo” firmados por el IRA (Ejército Republicano Irlandés) y que ponen fin a la lucha armada en Irlanda del Norte y lleva a muchos de sus integrantes a sumarse a la arena política manifestada en el partido “Sinn Féin”; o más recientemente el denominado “Proceso de Paz de Colombia” firmado entre el gobierno colombiano y el comandante de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) que llevó a los últimos a deponer las armas e integrarse al entramado partidario-electoral de la nación sudamericana.

Es importante resaltar que, si bien, un proceso de negociación liderado por un mediador civil no garantiza el éxito queda en evidencia que su formación orientada a la búsqueda de consensos le permite manejar más herramientas que los militares, los cuales, llamativamente, han tenido la potestad de llevar adelante las conversaciones. La realidad es que un militar, por más prudente que sea, se lo forma para cumplir una orden específica; y si no lo consigue a través de la disuasión lo hará a través del “golpe de martllo”. Sustento argumentativo para este razonamiento es que el Jefe de Estado Mayor de las fuerzas estadounidenses en Afganistán, el general John W. Nicholson, advirtió textualmente que los insurgentes deben: “Reconciliarse o morir”.

Humildemente considero que esta aseveración no es la forma de empezar un diálogo con una cultura cuyas expresiones están, en gran medida, organizadas en torno al honor personal o colectivo; lo que, por cierto, transforma este aspecto en un factor a considerar y con casi el mismo peso específico que el denominado extremismo islámico. Es obvio que si se insiste en solucionar este conflicto a través de una acción militar solo se redundará en el fracaso. Si esto no fuera así, evidentemente la guerra no estaría vivenciando su 17º año.

Otro aspecto de vital importancia es el terreno de la diplomacia hacia las potencias regionales y, tristemente, es uno en el que EE.UU. ha perdido gran capacidad de maniobra debido al desvío de fondos de los organismos dependientes de la secretaria de Estado, tales como el cuerpo de cónsules y embajadores, hacía las áreas de Defensa. La Casa Blanca no puede manejar Afganistán como su “patio de ensayo privativo” y debe reconocer que otros países tienen interés en Afganistán; verlo como una variable que puede tornarse facilitadora e iniciar conversaciones con ellos. Una salida con éxito depende completamente de que se involucren India, Pakistán, China, Rusia e Irán. Si se logra aunar una colaboración fluida con estos países se podría, inclusive, designar un funcionario de Naciones Unidas para que lleve adelante las conversaciones.  

Mientras tanto, Washington fantasea con derrocar al régimen de Irán al tiempo espera un acuerdo mágico en Afganistán.  Irán y, sobre todo, Pakistán, por los lazos étnicos y religiosos,  tienen las herramientas para asegurar que Afganistán sea inestable hasta el fin de los tiempos. “Esto es como cuando un primo conflictivo le pide a otro del mismo talante, pero que viven en barrios diferentes, que no deje de tirar piedras porque le cae mal un vecino de ese barrio. ¿Qué pensás que hace el segundo? Así, en ese orden, es la relación entre Pakistán y Afganistán”. A tal efecto, una cuestión por demás importante para Washington es decidir inmiscuir a India, pero no para ver cómo influye en territorio afgano, sino porque la Casa Blanca tiene relaciones amistosas con el gobierno de Nueva Delhi y los pakistaníes están muy inquietos con el crecimiento exponencial de India; una serie de concesiones menores por parte del país que vió nacer a Ghandi hacía Islamabad haría que éste pudiera influenciar a los talibanes. Obviamente esto lo esbozo en el marco de lo ideal, después los obstáculos prácticos nunca están del todo calculados.

Para finalizar, si realmente Trump quiere sacar a EE.UU. de esta guerra eterna tendrá que cambiarle el look a su emisario John; no más anabólicos, ni vincha, ni musculosa, ni ametralladora M-60, ni cuchillo eréctil; deberá sacarse el chanfle de labio, cambiar por el cursillo de “coaching”, vestirse a la usanza de la región y tomar la pluma prudente de las decisiones consensuadas ya que la mal llamada “ diplomacia del garrote” sólo le seguirá trayendo infinitos dolores de cabeza o, tal vez, algo mucho más inquietante.

 

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Es sabido que para darle fin a la agresión de movimientos rebeldes o insurgentes que mantienen en “jaque” la estabilidad de un país se los debe incluir en el “nuevo orden político” y en la estructura de Poder de ese Estado.

Cualquier acuerdo que busque la estabilización de Afganistán debe contemplar, no solamente a los talibanes y al Gobierno de turno, sino también los intereses de las potencias regionales

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