Un acuerdo histórico
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Un acuerdo histórico

Es hora de un Acuerdo histórico, denominémoslo como nos resulte mejor: Política de Estado, Diálogo, Acuerdo, Pacto. Ese Acuerdo hoy debe tener en la mira la restauración con la mayor prisa de la confianza pública y como meta prioritaria la baja de la inflación y del déficit fiscal.

Por Alberto Asseff Diputado Parlasur

Algo tan raro como paradójico nos pasa. Cotidianamente expresamos disconformidad sobre cómo va la educación, alarma por la rampante inseguridad, cuestionamiento a la marcha de la economía y su secuela de falta de trabajo, empleo precario, sueldos insuficientes, rechazo a que una parte mayoritaria de la población activa sobreviva con subsidios -desplome de la cultura laboriosa-, a la ineficiente Justicia, al colapso que sufre la salud pública, a la falta de infraestructura vial acorde con un país que aspira a desarrollarse, a la subsistencia de la llamada ‘industria del juicio laboral’ que tanto conspira y disuade la inversión creadora de empleo y actividad, a la continuidad de la mala política y del anacrónico sistema electoral, a las crecientes adicciones -sobre todo a las drogas que desquician y matan-, al incremento de la violencia social, a una expansión de la burocracia ‘autosatisfactiva’, es decir menos servicio público, más acomodo personal y/o de la mala política, por la ausencia de obras transformadoras como canales y prevención de inundaciones, protestamos por los piquetes diarios que agravan el de por sí caótico tránsito metropolitano -carente de la red de subterráneos que necesita ineludiblemente- y, por último, en esta enunciación no taxativa, expresamos nuestro espanto ante la fenomenal impunidad para con la monumental corrupción -tipo saqueo-que padecemos. No obstante, frente a cualquier intento -tibio o sustantivo- de reformas, las resistencias instantáneas son enormes. 

Somos ‘progresistas’ en nuestras exigencias y reclamos, pero ‘neoconservadores’ a la hora de producir cambios. Por supuesto que el cambio no es sólo declamación. Se requiere mucho más que planillas de Excel y de un puñado de tecnócratas. Lo gravoso para nuestro país es que la frustración parece ser el denominador común: fracasa -como saldo global- la ‘raza política’ -1983-2015- y ahora zozobra un esbozo de racionalidad propia de administradores experimentados. Quiere decir que hay que bucear más profundo, pues el problema argentino está mucho más enraizado. 

El asunto es cultural. De una mala cultura. Todo, creo, nace de eso de ‘país rico’. Como nuestro ADN viene con ‘riqueza genética’, acá todo es posible, hasta los desaguisados más desopilantes, los despilfarros más disparatados y las modalidades más insostenibles en el tiempo

¿A quién se le puede ocurrir que regalando juguetes o lavarropas se puede hacer justicia social? ¿A quién que disimulando el desempleo con el engrosamiento de dos millones de empleados públicos en una década se avanza hacia una economía sólida? ¿A quién que se puede financiar el desbalance de todas nuestras cuentas -la externa, la de pagos y la de cuenta corriente-tomando deuda externa? ¿A quién que se progresa apoyando soluciones facilistas y prebendarías y simultáneamente marginando al mérito y al esfuerzo? ¿A quién? Pues se nos ocurrió a nosotros y así nos va.

Las reformas que necesitamos son contraculturales: se terminaron las ‘facilidades’, el populismo, enemigo de lo popular; ahora a resolver las dificultades. Entre todos, con ejemplaridad desde arriba hacia el llano social.

No importa que el recorte de todos los sueldos políticos no alcance para equilibrar las cuentas. Alcanza y sobra para dar un paradigmático mensaje. Una señal contagiosa de que llegó en serio un momento de la Nación para operar con cirugía mayor. Y de explicar su necesidad imperiosa. Para eso se necesita volumen político, no tecnocrático.

Esta transformación contracultural implica que en vez de embellecer un parque hay que priorizar las cloacas, el agua corriente, el saneamiento ambiental, las salas primarias de atención de la salud, el empleo juvenil. Todo lo secundario debe ir al casillero de ‘pendientes’. Lo principal, al compartimento de ‘urgentes’.

Una Pyme nueva debe incubarse entre todos, en una sinergia de universidades, organismos estatales, bancos, Conicet, cámaras empresarias. Todos enlazados para generar trabajo genuino, producción y movilización de los recursos. Esas Pymes -como en Italia-deben consorciarse para exportar. Los embajadores y cónsules deberán aprender el triple de comercio exterior y tres veces menos de diplomacia tradicional. La mejor carta de presentación de la Argentina en el mundo no son sólo las buenas maneras, sino ese país serio, trabajador, productor, innovador, ordenado. Qué surgirá si cambiamos de verdad.

Los políticos nos hemos desacreditado a horcajadas de nuestros fracasos y de que las palabras que salen de nuestra boca son desproporcionadamente mejores que nuestras acciones. Los tecnócratas han probado otra vez su impericia para conmover y convencer al pueblo que, además de razones, tiene emociones.

Es imposible que un ‘administrador’ impacte emocionalmente, máxime si demuestra que hasta como administrador deja mucho que desear. Como el político genera desconfianza, lo que padece la Argentina es de vacancia de emociones. Ni políticos ni administradores llenan ese inmenso vacío. Sin ese hálito emotivo -con mucho de épica- es harto complejo movilizarnos como Nación hacia un objetivo nacional.

Es hora de un Acuerdo histórico, denominémoslo como nos resulte mejor: Política de Estado, Diálogo, Acuerdo, Pacto. Ese Acuerdo hoy debe tener en la mira la restauración con la mayor prisa de la confianza pública y como meta prioritaria la baja de la inflación y del déficit fiscal. Paralelamente, una estrategia de desendeudamiento para gastos corrientes. La base del Acuerdo es que quienes más tienen -empezando por los dirigentes políticos- ejemplarmente reduzcan sus beneficios.

Y para el mundo empresario, el Acuerdo contendrá un doble mensaje: el bueno, que el país bendice al capitalismo de riesgo, inversor auténtico, empleador, movilizador de recursos, productor de bienes y servicios; el ‘malo’, que deberá pagar ganancias como en el primer mundo, aunque todavía estemos lejos de serlo. Como contrapartida, disminuirán otras cargas tributarias y el malsano IVA. Finalmente, el Acuerdo será un compromiso solemne antiimpunidad y anticorrupción, con recuperación de lo timado. Extinción de dominio, arrepentido premiado y otras herramientas serán firmadas y plasmadas de inmediato.

Será el Acuerdo de San Nicolás modelo siglo XXI ¡Hay premura!

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Es hora de un Acuerdo histórico, denominémoslo como nos resulte mejor: Política de Estado, Diálogo, Acuerdo, Pacto. Ese Acuerdo hoy debe tener en la mira la restauración con la mayor prisa de la confianza pública y como meta prioritaria la baja de la inflación y del déficit fiscal.

Algo tan raro como paradójico nos pasa. Cotidianamente expresamos disconformidad sobre cómo va la educación, alarma por la rampante inseguridad, cuestionamiento a la marcha de la economía y su secuela de falta de trabajo, empleo precario, sueldos insuficientes, rechazo a que una parte mayoritaria de la población activa sobreviva con subsidios -desplome de la cultura laboriosa-, a la ineficiente Justicia, al colapso que sufre la salud pública, a la falta de infraestructura vial acorde con un país que aspira a desarrollarse, a la subsistencia de la llamada ‘industria del juicio laboral’ que tanto conspira y disuade la inversión creadora de empleo y actividad, a la continuidad de la mala política y del anacrónico sistema electoral, a las crecientes adicciones -sobre todo a las drogas que desquician y matan-, al incremento de la violencia social, a una expansión de la burocracia ‘autosatisfactiva’, es decir menos servicio público, más acomodo personal y/o de la mala política, por la ausencia de obras transformadoras como canales y prevención de inundaciones, protestamos por los piquetes diarios que agravan el de por sí caótico tránsito metropolitano -carente de la red de subterráneos que necesita ineludiblemente- y, por último, en esta enunciación no taxativa, expresamos nuestro espanto ante la fenomenal impunidad para con la monumental corrupción -tipo saqueo-que padecemos. No obstante, frente a cualquier intento -tibio o sustantivo- de reformas, las resistencias instantáneas son enormes. 

Somos ‘progresistas’ en nuestras exigencias y reclamos, pero ‘neoconservadores’ a la hora de producir cambios. Por supuesto que el cambio no es sólo declamación. Se requiere mucho más que planillas de Excel y de un puñado de tecnócratas. Lo gravoso para nuestro país es que la frustración parece ser el denominador común: fracasa -como saldo global- la ‘raza política’ -1983-2015- y ahora zozobra un esbozo de racionalidad propia de administradores experimentados. Quiere decir que hay que bucear más profundo, pues el problema argentino está mucho más enraizado. 

El asunto es cultural. De una mala cultura. Todo, creo, nace de eso de ‘país rico’. Como nuestro ADN viene con ‘riqueza genética’, acá todo es posible, hasta los desaguisados más desopilantes, los despilfarros más disparatados y las modalidades más insostenibles en el tiempo

¿A quién se le puede ocurrir que regalando juguetes o lavarropas se puede hacer justicia social? ¿A quién que disimulando el desempleo con el engrosamiento de dos millones de empleados públicos en una década se avanza hacia una economía sólida? ¿A quién que se puede financiar el desbalance de todas nuestras cuentas -la externa, la de pagos y la de cuenta corriente-tomando deuda externa? ¿A quién que se progresa apoyando soluciones facilistas y prebendarías y simultáneamente marginando al mérito y al esfuerzo? ¿A quién? Pues se nos ocurrió a nosotros y así nos va.

Las reformas que necesitamos son contraculturales: se terminaron las ‘facilidades’, el populismo, enemigo de lo popular; ahora a resolver las dificultades. Entre todos, con ejemplaridad desde arriba hacia el llano social.

No importa que el recorte de todos los sueldos políticos no alcance para equilibrar las cuentas. Alcanza y sobra para dar un paradigmático mensaje. Una señal contagiosa de que llegó en serio un momento de la Nación para operar con cirugía mayor. Y de explicar su necesidad imperiosa. Para eso se necesita volumen político, no tecnocrático.

Esta transformación contracultural implica que en vez de embellecer un parque hay que priorizar las cloacas, el agua corriente, el saneamiento ambiental, las salas primarias de atención de la salud, el empleo juvenil. Todo lo secundario debe ir al casillero de ‘pendientes’. Lo principal, al compartimento de ‘urgentes’.

Una Pyme nueva debe incubarse entre todos, en una sinergia de universidades, organismos estatales, bancos, Conicet, cámaras empresarias. Todos enlazados para generar trabajo genuino, producción y movilización de los recursos. Esas Pymes -como en Italia-deben consorciarse para exportar. Los embajadores y cónsules deberán aprender el triple de comercio exterior y tres veces menos de diplomacia tradicional. La mejor carta de presentación de la Argentina en el mundo no son sólo las buenas maneras, sino ese país serio, trabajador, productor, innovador, ordenado. Qué surgirá si cambiamos de verdad.

Los políticos nos hemos desacreditado a horcajadas de nuestros fracasos y de que las palabras que salen de nuestra boca son desproporcionadamente mejores que nuestras acciones. Los tecnócratas han probado otra vez su impericia para conmover y convencer al pueblo que, además de razones, tiene emociones.

Es imposible que un ‘administrador’ impacte emocionalmente, máxime si demuestra que hasta como administrador deja mucho que desear. Como el político genera desconfianza, lo que padece la Argentina es de vacancia de emociones. Ni políticos ni administradores llenan ese inmenso vacío. Sin ese hálito emotivo -con mucho de épica- es harto complejo movilizarnos como Nación hacia un objetivo nacional.

Es hora de un Acuerdo histórico, denominémoslo como nos resulte mejor: Política de Estado, Diálogo, Acuerdo, Pacto. Ese Acuerdo hoy debe tener en la mira la restauración con la mayor prisa de la confianza pública y como meta prioritaria la baja de la inflación y del déficit fiscal. Paralelamente, una estrategia de desendeudamiento para gastos corrientes. La base del Acuerdo es que quienes más tienen -empezando por los dirigentes políticos- ejemplarmente reduzcan sus beneficios.

Y para el mundo empresario, el Acuerdo contendrá un doble mensaje: el bueno, que el país bendice al capitalismo de riesgo, inversor auténtico, empleador, movilizador de recursos, productor de bienes y servicios; el ‘malo’, que deberá pagar ganancias como en el primer mundo, aunque todavía estemos lejos de serlo. Como contrapartida, disminuirán otras cargas tributarias y el malsano IVA. Finalmente, el Acuerdo será un compromiso solemne antiimpunidad y anticorrupción, con recuperación de lo timado. Extinción de dominio, arrepentido premiado y otras herramientas serán firmadas y plasmadas de inmediato.

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