Argentina, ¿país continental o naval?
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Argentina, ¿país continental o naval?

Por Emilio Luis Magnaghi Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana.

Sabemos que hay países con tradición continentalista, como España, Rusia y Francia, y otros con tradición marinera como Atenas, los EE.UU. y Gran Bretaña.

Los primeros desarrollan grandes fuerzas terrestres, los segundos grandes armadas. Agregan los politólogos que, también, los continentalistas incuban cierto gusto por regímenes más autoritarios, mientras que los hombres de mar son más abiertos a actividades globales como el comercio.

Nosotros, la Argentina, ¿en cuál de estos dos grupos nos alineamos? Por historia, no cabe duda, que somos un país continentalista, pese a que nuestro extenso litoral marítimo no debería aconsejar otra cosa.

Antes de seguir y de contestar al interrogante que titula este artículo, vale recordar que nuestro héroe máximo, el General don José de San Martín, un continentalista nato de cuño napoleónico, supo –también– entre sus muchas capacidades, valorar y comprender el valor del mar. 

Participó, por ejemplo, con su regimiento como infante embarcado en los combates navales que libró España contra Inglaterra en el Mar Mediterráneo. Y como si esto fuera poco, eligió el modo naval para trasladar a su ejército desde Chile hasta las costas del Perú. 

Capacidad naval reducida

Dejemos las anécdotas históricas de lado, las que solo han tenido por finalidad resaltar que pese a nuestra innegable continentalidad tenemos que retomar el tema de la defensa nuestros intereses nacionales en relación a nuestra presencia en el mar y en otras aguas interiores que se encuentran amenazadas.

En ese sentido nos han llamado la atención varias noticias relacionadas con la defensa de dichos intereses que se vienen produciendo en los últimos días. Desde pesqueros extranjeros –primero uno español y luego uno chino– que son capturados en actividades de pesca ilegal, hasta la compra de lanchas rápidas de patrulla por parte de nuestra Prefectura Naval.

Todo esto dicho en el contexto de la pérdida de nuestra capacidades navales, materializadas, brutalmente, con la desaparición del submarino ARA San Juan.

Qué necesita nuestro país

Luego de un rápido análisis de los grandes espacios de agua que tenemos que proteger y de las amenazas que se ciernen sobre ellos, vemos lo siguiente:

1º) La necesidad de proteger nuestro extenso litoral marítimo, especialmente, de la pesca ilegal.

2º) La exigencia de controlar nuestras vías de navegación interior, hoy intensamente usadas por el narcotráfico y el contrabando.

3º) La posibilidad de encarecer, de alguna forma, la presencia de la potencia extranjera ocupante de nuestras Islas Malvinas y demás dependencias del Atlántico Sur.

4º) Conectado con lo anterior, la necesidad de mantener nuestra presencia en un amplísimo espacio marítimo que incluya a nuestro Sector Antártico y que nos permita cumplir con las responsabilidades internacionales de búsqueda y rescate.

De la lectura de esta lista –seguramente incompleta–, resaltan su complejidad y su variedad, pues no es lo mismo controlar la pesca ilegal que disuadir a una potencia extranjera con los medios y la historia de la Gran Bretaña de seguir ocupando impunemente un territorio que consideramos como propio.

Ante esta situación se impone pensar con seriedad qué tipo de Armada y de Prefectura Naval necesitamos. También, de paso, qué instalaciones portuarias, astilleros, pueden servir mejor a nuestros intereses nacionales.

Para bien o para mal, nos encontramos con una Armada y con una Prefectura Naval obsoletas que demandan una urgente modernización. Algo que, bien considerado, puede ser una ventaja a la hora de tener que diseñar algo nuevo.

La pregunta es por dónde o, mejor dicho, hacia dónde seguir. Pues, si en un plato de la balanza ponemos las amenazas que señalábamos más arriba y en el otro nuestras posibilidades financieras para afrontarlas, veremos que el fiel se inclinará pronto a la idea del concepto de economía de fuerzas, en otras palabras, a hacer mucho con poco.

Para esto se impone aquello de colocar lo máximo posible en donde se encuentren nuestros intereses más importantes y lo mínimo necesario en donde se encuentren aquellos de valor secundario.

Tras un objetivo lógico

Hoy por hoy no nos puede quedar alguna duda de que nuestros enemigos principales no usan uniforme ni banda ni vienen marchando. No son otros Estados. Son entes no estatales, como el narcotráfico, o en su defecto, empresarios corsarios como los pesqueros de altura extranjera que bien pueden tener una nacionalidad, pero que no son un Estado.

Ello nos lleva a concentrar la masa de nuestros medios navales –tanto de la Armada como de nuestra Prefectura Naval– en las denominadas aguas marrones y verdes. Vale decir, en nuestra zona económica exclusiva de las 200 millas náuticas y en nuestras grandes hidrovías interiores.

Por su parte, el poner a punto una pequeña flota de submarinos convencionales, sumado a la disposición de un buque de asalto anfibio será suficiente ‘amenaza’ para que el ocupante inglés de nuestras Malvinas tenga que dormir con un ojo abierto.

Llegado a este punto, seguramente habrá quienes no recuerden que supimos tener una Armada de aguas azules dedicada a ejercer la supremacía de los mares del Atlántico Sur, complementada por una Prefectura que era nuestra ‘policía en el mar’.

A ellos les digo que la primera condición de una estrategia realista es la de definir un objetivo lógico y alcanzable con los medios disponibles.

Una similar, salvando las distancias, a la que tuvo que diseñar el Almirante Brown cuando el país nacía y carecía de casi todo, menos de su vocación de ser independiente y respetado.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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Argentina, ¿país continental o naval?

Sabemos que hay países con tradición continentalista, como España, Rusia y Francia, y otros con tradición marinera como Atenas, los EE.UU. y Gran Bretaña.

Los primeros desarrollan grandes fuerzas terrestres, los segundos grandes armadas. Agregan los politólogos que, también, los continentalistas incuban cierto gusto por regímenes más autoritarios, mientras que los hombres de mar son más abiertos a actividades globales como el comercio.

Nosotros, la Argentina, ¿en cuál de estos dos grupos nos alineamos? Por historia, no cabe duda, que somos un país continentalista, pese a que nuestro extenso litoral marítimo no debería aconsejar otra cosa.

Antes de seguir y de contestar al interrogante que titula este artículo, vale recordar que nuestro héroe máximo, el General don José de San Martín, un continentalista nato de cuño napoleónico, supo –también– entre sus muchas capacidades, valorar y comprender el valor del mar. 

Participó, por ejemplo, con su regimiento como infante embarcado en los combates navales que libró España contra Inglaterra en el Mar Mediterráneo. Y como si esto fuera poco, eligió el modo naval para trasladar a su ejército desde Chile hasta las costas del Perú. 

Capacidad naval reducida

Dejemos las anécdotas históricas de lado, las que solo han tenido por finalidad resaltar que pese a nuestra innegable continentalidad tenemos que retomar el tema de la defensa nuestros intereses nacionales en relación a nuestra presencia en el mar y en otras aguas interiores que se encuentran amenazadas.

En ese sentido nos han llamado la atención varias noticias relacionadas con la defensa de dichos intereses que se vienen produciendo en los últimos días. Desde pesqueros extranjeros –primero uno español y luego uno chino– que son capturados en actividades de pesca ilegal, hasta la compra de lanchas rápidas de patrulla por parte de nuestra Prefectura Naval.

Todo esto dicho en el contexto de la pérdida de nuestra capacidades navales, materializadas, brutalmente, con la desaparición del submarino ARA San Juan.

Qué necesita nuestro país

Luego de un rápido análisis de los grandes espacios de agua que tenemos que proteger y de las amenazas que se ciernen sobre ellos, vemos lo siguiente:

1º) La necesidad de proteger nuestro extenso litoral marítimo, especialmente, de la pesca ilegal.

2º) La exigencia de controlar nuestras vías de navegación interior, hoy intensamente usadas por el narcotráfico y el contrabando.

3º) La posibilidad de encarecer, de alguna forma, la presencia de la potencia extranjera ocupante de nuestras Islas Malvinas y demás dependencias del Atlántico Sur.

4º) Conectado con lo anterior, la necesidad de mantener nuestra presencia en un amplísimo espacio marítimo que incluya a nuestro Sector Antártico y que nos permita cumplir con las responsabilidades internacionales de búsqueda y rescate.

De la lectura de esta lista –seguramente incompleta–, resaltan su complejidad y su variedad, pues no es lo mismo controlar la pesca ilegal que disuadir a una potencia extranjera con los medios y la historia de la Gran Bretaña de seguir ocupando impunemente un territorio que consideramos como propio.

Ante esta situación se impone pensar con seriedad qué tipo de Armada y de Prefectura Naval necesitamos. También, de paso, qué instalaciones portuarias, astilleros, pueden servir mejor a nuestros intereses nacionales.

Para bien o para mal, nos encontramos con una Armada y con una Prefectura Naval obsoletas que demandan una urgente modernización. Algo que, bien considerado, puede ser una ventaja a la hora de tener que diseñar algo nuevo.

La pregunta es por dónde o, mejor dicho, hacia dónde seguir. Pues, si en un plato de la balanza ponemos las amenazas que señalábamos más arriba y en el otro nuestras posibilidades financieras para afrontarlas, veremos que el fiel se inclinará pronto a la idea del concepto de economía de fuerzas, en otras palabras, a hacer mucho con poco.

Para esto se impone aquello de colocar lo máximo posible en donde se encuentren nuestros intereses más importantes y lo mínimo necesario en donde se encuentren aquellos de valor secundario.

Tras un objetivo lógico

Hoy por hoy no nos puede quedar alguna duda de que nuestros enemigos principales no usan uniforme ni banda ni vienen marchando. No son otros Estados. Son entes no estatales, como el narcotráfico, o en su defecto, empresarios corsarios como los pesqueros de altura extranjera que bien pueden tener una nacionalidad, pero que no son un Estado.

Ello nos lleva a concentrar la masa de nuestros medios navales –tanto de la Armada como de nuestra Prefectura Naval– en las denominadas aguas marrones y verdes. Vale decir, en nuestra zona económica exclusiva de las 200 millas náuticas y en nuestras grandes hidrovías interiores.

Por su parte, el poner a punto una pequeña flota de submarinos convencionales, sumado a la disposición de un buque de asalto anfibio será suficiente ‘amenaza’ para que el ocupante inglés de nuestras Malvinas tenga que dormir con un ojo abierto.

Llegado a este punto, seguramente habrá quienes no recuerden que supimos tener una Armada de aguas azules dedicada a ejercer la supremacía de los mares del Atlántico Sur, complementada por una Prefectura que era nuestra ‘policía en el mar’.

A ellos les digo que la primera condición de una estrategia realista es la de definir un objetivo lógico y alcanzable con los medios disponibles.

Una similar, salvando las distancias, a la que tuvo que diseñar el Almirante Brown cuando el país nacía y carecía de casi todo, menos de su vocación de ser independiente y respetado.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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