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Hijxs de la anomia

Por Martín Gastañaga Periodista de El Ciudadano

Si bien la semana estuvo plagada de conflictos, debates y acalorados cruces, sin dudas las principales postales salieron de las marchas por el paro de mujeres del 8M. Pero si hay muchas miradas posibles sobre los reclamos en sí, más polémica aún fue la puesta en escena de esos reclamos. Las provocaciones, las corridas a algunos hombres al grito de “fuera machos” y la actitud de los grupos más radicalizados (¿deberíamos decir radicalizadxs?) deja polémicas que alimentarán la grieta por bastante tiempo.

Un punto interesante de señalar es que el 8M marcó cómo se reclama en Argentina. La virulencia, la agresión, la descalificación, la mezcla infame de consignas, las caras tapadas, todo convive en un caldo donde el acuerdo no tiene lugar. La irreductibilidad es el punto de contacto. La democracia, entonces, queda muy lejos.

El uso político, en cambio, se vuelve tragicómico. Por ejemplo, las banderas del Movimiento Evita. “El primer objetivo de un movimiento feminista que quiere hacer bien a la mujer... debe ser el hogar. Nacimos para construir hogares. No para la calle. Que el feminismo no se aparte de la naturaleza misma de la mujer. Y lo natural de la mujer es darse, entregarse por amor" señala el capítulo 48 de La razón de mi vida. "¿El mejor movimiento feminista no será tal vez entonces el que se entregue por amor a la causa y a la doctrina de un hombre?", concluye.

Los nuevos usos del lenguaje, que llaman inclusivo, no sexista o antipatriarcado, por otra parte, coparon las calles. “Cuerpa” podía leerse por doquier en las leyendas que pintaron algunas militantes sobre su propio cuerpo, mientras en la marcha por el centro mendocino una bandera lucía el nombre “audiovisualas Mendoza”, así como suena.

A esta altura, cualquiera podría decir que se está criticando la forma pero no el fondo, y es cierto. Pero en la forma se leen ciertos criterios que deben discutirse como fondo. Y es que en la Argentina anómica se exigen derechos como legado mágico. En el mundo jurídico se sostiene que los derechos nacen de las obligaciones, pero aquí no hay ninguna obligación, solo derechos, que se invocan y se reclaman a partir de que, en tiempos del populismo, la propaganda de la ampliación de derechos estaba a la orden del día. Claro, una manipulación tremenda pero muy fructífera. Los derechos eran una bendición que entregaba por su gracia su majestad la Dama del Calafate, con lo cuál más que derechos eran dádivas. El Estado te va a pagar por ser madre, por ser hijo, por estudiar, por no hacer nada, por existir; qué buena y generosa es Ella. El discurso oculto de esto es “si no está ella te lo pueden quitar”, y es lo que gritan en las calles las manifestaciones de hoy: nos están quitando nuestros derechos, aunque taxativamente no se ha cercenado ninguno de ellos.

Lo que están expresando también, lo más preocupante, es que están negando la política, y pese a que se proclaman como progresistas, revolucionarios y de izquierda muestran un rostro totalitario que impide cualquier contemplación. Se supone que están peleando por conquistas muy valiosas, y que ello implica acuerdos, debates, acercar posiciones: es decir, se supone que es un camino político, porque ni más ni menos que eso es la política, el lugar de encuentro para encontrar los consensos. Nada puede consensuarse con quienes no son capaces de aceptar que hay otras miradas.

Si alguien necesita más pruebas de que esto es así, basta con leer el documento final que leyó Liliana Daunes, donde dan la idea de que estamos viviendo en una infernal dictadura, al reclamar “la desmilitarización de las calles”, como si hubiera estado de sitio.

Para muchos, palos, capuchas e insultos es el modo de conquistar derechos. Lo preocupante es que desde la representación democrática se avalan estas prácticas, porque el fin justifica los medios. Poco importa que el que habilitó la discusión del aborto sea un hombre, o el impulso a leyes de paridad salarial también lo sea. La grieta encuentra excusas para ensancharse a cada paso, y la intolerancia se viste de ropajes de género, por lo menxs por estxs días.

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Hijxs de la anomia

Si bien la semana estuvo plagada de conflictos, debates y acalorados cruces, sin dudas las principales postales salieron de las marchas por el paro de mujeres del 8M. Pero si hay muchas miradas posibles sobre los reclamos en sí, más polémica aún fue la puesta en escena de esos reclamos. Las provocaciones, las corridas a algunos hombres al grito de “fuera machos” y la actitud de los grupos más radicalizados (¿deberíamos decir radicalizadxs?) deja polémicas que alimentarán la grieta por bastante tiempo.

Un punto interesante de señalar es que el 8M marcó cómo se reclama en Argentina. La virulencia, la agresión, la descalificación, la mezcla infame de consignas, las caras tapadas, todo convive en un caldo donde el acuerdo no tiene lugar. La irreductibilidad es el punto de contacto. La democracia, entonces, queda muy lejos.

El uso político, en cambio, se vuelve tragicómico. Por ejemplo, las banderas del Movimiento Evita. “El primer objetivo de un movimiento feminista que quiere hacer bien a la mujer... debe ser el hogar. Nacimos para construir hogares. No para la calle. Que el feminismo no se aparte de la naturaleza misma de la mujer. Y lo natural de la mujer es darse, entregarse por amor" señala el capítulo 48 de La razón de mi vida. "¿El mejor movimiento feminista no será tal vez entonces el que se entregue por amor a la causa y a la doctrina de un hombre?", concluye.

Los nuevos usos del lenguaje, que llaman inclusivo, no sexista o antipatriarcado, por otra parte, coparon las calles. “Cuerpa” podía leerse por doquier en las leyendas que pintaron algunas militantes sobre su propio cuerpo, mientras en la marcha por el centro mendocino una bandera lucía el nombre “audiovisualas Mendoza”, así como suena.

A esta altura, cualquiera podría decir que se está criticando la forma pero no el fondo, y es cierto. Pero en la forma se leen ciertos criterios que deben discutirse como fondo. Y es que en la Argentina anómica se exigen derechos como legado mágico. En el mundo jurídico se sostiene que los derechos nacen de las obligaciones, pero aquí no hay ninguna obligación, solo derechos, que se invocan y se reclaman a partir de que, en tiempos del populismo, la propaganda de la ampliación de derechos estaba a la orden del día. Claro, una manipulación tremenda pero muy fructífera. Los derechos eran una bendición que entregaba por su gracia su majestad la Dama del Calafate, con lo cuál más que derechos eran dádivas. El Estado te va a pagar por ser madre, por ser hijo, por estudiar, por no hacer nada, por existir; qué buena y generosa es Ella. El discurso oculto de esto es “si no está ella te lo pueden quitar”, y es lo que gritan en las calles las manifestaciones de hoy: nos están quitando nuestros derechos, aunque taxativamente no se ha cercenado ninguno de ellos.

Lo que están expresando también, lo más preocupante, es que están negando la política, y pese a que se proclaman como progresistas, revolucionarios y de izquierda muestran un rostro totalitario que impide cualquier contemplación. Se supone que están peleando por conquistas muy valiosas, y que ello implica acuerdos, debates, acercar posiciones: es decir, se supone que es un camino político, porque ni más ni menos que eso es la política, el lugar de encuentro para encontrar los consensos. Nada puede consensuarse con quienes no son capaces de aceptar que hay otras miradas.

Si alguien necesita más pruebas de que esto es así, basta con leer el documento final que leyó Liliana Daunes, donde dan la idea de que estamos viviendo en una infernal dictadura, al reclamar “la desmilitarización de las calles”, como si hubiera estado de sitio.

Para muchos, palos, capuchas e insultos es el modo de conquistar derechos. Lo preocupante es que desde la representación democrática se avalan estas prácticas, porque el fin justifica los medios. Poco importa que el que habilitó la discusión del aborto sea un hombre, o el impulso a leyes de paridad salarial también lo sea. La grieta encuentra excusas para ensancharse a cada paso, y la intolerancia se viste de ropajes de género, por lo menxs por estxs días.

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