La otra espada
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La otra espada

Para lidiar con sus enemigos y acordar con sus amigos, el Estado dispone de sus Fuerzas Armadas y de su cuerpo diplomático.

Ambos deben actuar en forma coordinada bajo la conducción suprema del Estado, algo que hace años no ocurre en el país

La acción exterior de los Estados se concreta en su capacidad como sujetos del derecho internacional para relacionarse con sus pares de la escena internacional. Esta acción exterior se materializa con dos “burocracias”. Una dura, la de sus Fuerzas Armadas, y una blanda, la de su servicio exterior.

Sobre la primera de las nombradas, hemos hablado y escrito en numerosos oportunidades. Por lo tanto, dedicaremos este artículo a la segunda de ellas, vale decir, a nuestro servicio diplomático.

Antes de avanzar, es necesario que entendamos que todo Estado, por el simple hecho de existir e, incluso más allá o más acá de su buena voluntad, va a tener amigos y enemigos.

Esto lo manifiesta magistralmente el politólogo alemán Carl Schmitt en su obra El concepto de la política, en la que explica que la más importante distinción política es la que se puede establecer entre quienes son nuestros amigos y nuestros enemigos. Aclara que en el caso del Estado, no se trata de los enemigos individuales, sí de grupos de carácter público, entre los que existe una mutua enemistad y la posibilidad cierta de que haya violencia física entre ellos.

Más adelante, aclara que esta enemistad puede tener diversos orígenes. Desde motivos morales hasta étnicos, culturales, lingüísticos, entre otros. Para desmayo de los pacifistas continúa su explicación, sosteniendo que cualquiera de estas diferencias puede potencialmente engendrar el más terrible de los conflictos, aún independientemente de la categoría de bueno o de malo que un grupo en particular les asigne, ya que se basa en la capacidad de ese mismo grupo en identificarse por cualquiera de ellas, en contraposición con otros grupos de constituyen su entorno.

Es más, el famoso autor desprende de esta idea central el concepto de defensa propia colectiva, ya que la decisión de que cierto comportamiento constituye una amenaza a nuestra forma de vida. Ante una situación específica en la que sea necesario el uso de la fuerza para eliminar esta amenaza, aún en forma preventiva, no puede ser delegada a nadie ajeno a esa comunidad.

Las consecuencias de una conducción negligente

Ya lo dijimos: para lidiar con sus enemigos y para concordar con sus amigos, el Estado dispone de sus FF.AA. y de su cuerpo diplomático, los que deben actuar en forma coordinada bajo la conducción suprema del Estado.

Pero, ¿qué pasa cuando esta conducción es negligente y no reconoce la trascendencia de sus misiones? En el caso de las FF.AA., el elemento duro, las consecuencias son la indefensión, y en el caso de la diplomacia –el elemento blando–, es la pérdida de oportunidades para la Nación de la cual se trate.

Ya sabemos qué es lo que ocurre  con nuestras FF.AA. y el estado lamentable de sus capacidades. Pero, ¿cómo está nuestro servicio diplomático?

Al respecto, nos hemos enterado de que nuestro embajador en China, Diego Guelar, en un cable cifrado que enviara a nuestra Cancillería, se queja de lo que considera como “una decisión equivocada” del Ministerio de Relaciones Exteriores de “dejar de ser el Ministerio de Comercio Exterior, en un país en el que la Cancillería debería absorber en plenitud las responsabilidades de comercio exterior”.

Agrega, al respecto, que “hasta la fecha solo seguimos una metodología de casuística anecdótica que demuestra su insuficiencia para superar los cuellos de botella de una oferta exportadora muy limitada” de la Argentina.

Para Guelar, la Argentina “...necesita un mando único en el proceso exportador” y la Cancillería perdió poder interno para manejar la política comercial exterior del país, según deslizó en el cable emitido desde China.

Por otro lado, también sabemos que otros embajadores contestaron en términos similares a los planteados por Guelar. Se cita, por ejemplo,  a Daniel Chuburu, nuestro embajador en la India, quien dijo que “para el modelo que está llevando adelante, el país resulta fundamental una activa participación del servicio exterior en la promoción de las exportaciones e inversiones, así como todo el accionar que favorezca a una mejora de los argentinos se requiere un accionar conjunto y coordinado por el Estado nacional”.

Desatinos de nuestra diplomacia

Llegados a este punto, nos preguntamos por qué nos suceden estas cosas. Al respecto, el experto en Relaciones Internacionales Marcelo Gullo no tiene empacho en sostener que “la élite argentina no tiene ninguna conciencia. Hace ya muchísimos años, no es un atributo de este gobierno, es del anterior gobierno, del anterior, y por eso la Argentina desde el año 1976 no para su proceso de degradación.

“Una degradación moral, económica, social, una degradación del pensamiento, y eso entre otras cosas es porque la Argentina no tiene ni idea de cómo funciona el mundo.

“El último que comprendió eso fue Juan Domingo Perón, acompañado en ese momento de otro político que lo había empezado a entender, que fue Arturo Frondizi. Fueron los últimos”.

Algún distraído podría pensar que tal ignorancia no tiene mayores consecuencias prácticas. Pero, lamentablemente, esto no es así. En diplomacia los errores se pagan, y caro.

Al respecto, valga citar dos ejemplos: uno pasado y otro actual. El pasado hace referencia al error político garrafal del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner de intentar firmar un memorando de entendimiento con el Estado paria de Irán, con las graves consecuencias que ya conocemos. Entre varias que podrían citarse, es una causa penal abierta contra la expresidente por el delito de traición.

Pero los desatinos de nuestra diplomacia no paran ahí, ya que el actual Gobierno ha decidido estrechar relaciones con otro gobierno paria. En este caso el de Qatar, uno de nuestros principales proveedores de GNC, pero acusado de promover el terrorismo a través de su red de noticias al Jazeera.

Como vemos, tanto con Irán –a quien le vendemos nuestros granos– como con Qatar –a quien le compramos GNC– hacemos buenos negocios. El problema no está allí, sino cuando queremos hacerlos nuestros “amigos”, violando la condición básica establecida por Schmitt, ya que casi con toda certeza, le estaremos afectando los intereses a otros Estados.

En ambos casos, los intereses en cuestión, no son otros que los de los EE.UU. Lo que no sería un gran problema, si es que –simultáneamente– no le solicitamos a ese país su apoyo para nuestras dramáticas negociaciones con el FMI.

Como vemos, lamentablemente, el embajador Guelar tiene toda la razón.

El doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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