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¡Orden en la sala y en la plaza!

Por Emilio Luis Magnaghi Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana.

Un viejo profesor de Ciencias Políticas solía repetir en sus clases que el orden es algo muy importante y para ejemplificarlo, exageraba diciendo que éste es tan necesario como un cura en una parroquia o como una regenta en una casa de citas.

Bromas al margen, sabemos que todo orden se basa en un principio ordenador y en una causa eficiente que vele por él. Sabemos que en el mundo físico reina la entropía y que el orden se impone, no sin cierto esfuerzo, de fuerzas a veces desconocidas. Pero a medida que subimos en la escala de la complejidad vemos que la necesidad de orden se va haciendo cada vez más patente. Por ejemplo, lo vemos en una jauría de lobos o hasta en una colmena, en la que hay obreras, zánganos y una reina.

Si esto es cierto en las congregaciones simples del mundo animal, mucho más lo es para las sociedades humanas, especialmente para las políticas, destinadas a regir el destino de los pueblos y las naciones.

El carácter casi unipersonal del Ejecutivo hace que esta necesidad de organización sea bastante más sencilla que en los cuerpos legislativos. En estos últimos, no siempre impera el consenso, sino su opuesto: el disenso. Para su buen funcionamiento es necesario respetar una serie de normas. Veamos cómo surgieron éstas.

La monarquía inglesa y la española fueron de las primeras en reconocer los derechos y los fueros de ciertos ciudadanos, los que por su alcurnia y responsabilidad exigían un respeto especial por parte del rey. Con el tiempo, los más destacados entre ellos integraron sus consejos, los que eventualmente se transformaron, con el paso del tiempo, en sus parlamentos.

De esta forma, mutatis mutandi, estas monarquías parlamentarias dieron paso a diversas formas de democracia. En forma no casual, su versión jacobina surgió, no extrañamente en Francia, un lugar en la que estos derechos no existían. 

Por ello, durante la revolución llamada Francesa, el Tercer Estado dejó claro que no era nada, pero que lo pretendía todo, la cabeza del rey incluida.

Ya en nuestros días, la existencia de los parlamentos se modeló a la luz de las enseñanzas de división de poderes del barón de Montesquieu, enunciadas en el Espíritu de las Leyes. Algo que como vimos, estuvo ausente el jueves pasado en nuestra Cámara baja durante las discusiones por la Ley de Reforma Previsional.

Si esto ha sucedido así, no ha sido por falta de tradiciones y de normas que regulen su ejercicio.

Al respecto, nos dice el Reglamento de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, en su artículo 218: “Queda prohibida toda demostración o señal bulliciosa de aprobación o desaprobación”. Por su parte, el presidente de la Cámara tiene potestad para desalojar a los revoltosos: “Si fuese indispensable continuar la sesión y se resistiese la barra a desalojar, el presidente empleará todos los medios que considere necesarios, hasta el de la fuerza pública, para conseguirlo”.

Vemos que en la segunda sesión de diputados la cosa funcionó mucho mejor que durante la primera. Merced de que quien la presidía ejerció su autoridad con mesura, pero con firmeza.

Por el contrario, fue un exceso normativo lo que paralizó, inicialmente, la labor de la Policía de la Ciudad en el segundo día de protestas cuando una jueza del Fuero Contencioso Administrativo y Tributario pretendió y logró darle instrucciones al Gobierno de la Ciudad.

No es casual que la jueza, la que hasta donde sabemos, simpatice con las ideas de lo ‘políticamente correcto’, lo que nos lleva a reflexionar sobre ello y sobre lo que conforma una autoridad.

Lo que se conoce como lo ‘políticamente correcto’ es en realidad una ideología desarrollada por la Escuela de Frankfurt a mediados del siglo XX y parte de reconocer que la toma violenta del poder por parte del Marxismo revolucionario ha fracasado.

En lugar de ello, propone a través de autores como Antonio Gramsci, en Italia, y Georg Lukacs, en Hungría, la necesidad de denigrar las estructuras básicas de la sociedad occidental. A saber: la familia, la Iglesia, las Fuerzas Armadas y los sindicatos, o cualquier otro que tenga autoridad y que se oponga a la revolución.

Los avatares de la Segunda Guerra Mundial hicieron que los integrantes de esta escuela se trasladaran a California, en los EE.UU., y que desde allí montaron un poderoso lobby intelectual con gran influencia sobre la industria de los medios de comunicación.

Instalados en Hollywood, difundieron muchas de las ideas que consumimos hoy, como por ejemplo, que toda represión es mala, ya que limita los derechos individuales, especialmente los de las minorías. Cuando en realidad lo que se proponen es imponer un marxismo cultural edulcorado con una cubierta de tolerancia.

No es casual que la jueza de referencia haya recibido un premio por parte de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT), por haber contribuido al trabajo por la igualdad y la diversidad. 

Sus objetivos fueron establecidos por Lukacs y Gramsci en 1919: destruir la cultura occidental y el sentido común. Y ya han dado grandes pasos en pos de ese objetivo. Pero si el hombre y la mujer de a pie descubren que lo ‘políticamente correcto’ no es más que una forma de marxismo, muy pronto quedaremos libres de su hechizo y podremos volver a llamar a las cosas por su nombre.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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