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Cuando el Carnaval se hacía sentir en Mendoza

Hace más de cien años, los mendocinos celebraban tradicionalmente y con gran algarabía el Carnaval.

Hoy, en nuestra provincia, la tradicional fiesta pasa desapercibida en el grueso de la población y solamente los mayores añoran ritos como la chaya, el corso, las comparsas y los bailes en los clubes.

Vale la pena revisar cómo era aquella Mendoza que esperaba con ansias estas fechas.

Una fiesta de cinco mil años

La celebración del Carnaval tiene su origen probable en fiestas paganas, como las que se realizaban en honor de Baco –el dios del vino–, las saturnales y las lupercales romanas.

Para algunos historiadores, los orígenes de las fiestas de Carnaval se remonta a unos 5.000 años, y fueron los sumerios y egipcios quienes comenzaron con estas celebraciones que, con el correr del tiempo, fueron incorporadas al Imperio Romano y desde allí se difundió por toda Europa.

El cristianismo también las incorporó como una fiesta religiosa. Es por eso que el Carnaval se realiza tres días antes del Miércoles de Ceniza, el día en que comienza la Cuaresma en el calendario cristiano.

Se supone que el término carnaval proviene del latín carnelevarium, que significa "quitar la carne" y que se refería a la prohibición religiosa de consumo de carne durante los cuarenta días que dura la Cuaresma. Siglos después, los españoles y portugueses las trajeron a América, en tiempos de la colonización.

Cuando la vida era un Carnaval

A fines de 1880, la mayoría de los mendocinos se preparaba para festejar el Carnaval ya desde enero. Faltaba más de un mes, pero ya se formaban varias comisiones para la organización. En éstas participaban personas ligadas a la alta sociedad de local.

Además, algunos de sus miembros se reunían para recaudar fondos. También los organizadores recibieron el apoyo del gobierno provincial y especialmente de la policía.

Días previos a la fiesta, el municipio capitalino dictaba una ordenanza para el corso nocturno con varios artículos. Como primera medida se prohibía arrojar agua en la calles, huevos y otros objetos, a excepción de las bombitas, pomos, confetis o serpentinas y flores.

La tradicional banda que animó uno de los festejos de antaño.

La guerra de los sexos

El calor se hizo sentir en la siesta del 19 de febrero de 1882. Cientos de adultos y niños salieron a las calles con sus baldes llenos de agua, huevos de gallinas o de ñandú. Cualquier recipiente servía para chayar a las mujeres o viceversa. Así, muy pocos eran los que podían dormir la sagrada siesta mendocina.

En las calles se libraban verdaderas batallas campales entre los vecinos de sexos opuestos. Gritos y risas se podían oír en las calles, zaguanes o desde los techos. Muchos utilizaban el agua de las acequias para poder mojar a su “enemigo”. 

Algunos llevaban en sus manos un arma letal: los huevos con agua. Esta ingeniosa arma se confeccionaba con un huevo de ñandú, al que se le hacía un orificio en la parte superior y se vaciaba el interior, quedando solamente la cáscara. Luego, se lo dejaba secar y se lo llenaba con agua. Al lanzarlo, el huevo se rompía mojando a la persona.

A las seis de la tarde, mujeres y hombres hacían una tregua.

Apretando pomos

Por la noche, en la calle de San Nicolás –hoy San Martín– se erigían artísticos arcos de flores y los ciudadanos concurrían a ver el mágico espectáculo y participar de la fiesta. La lucha entre hombres y mujeres se reanudaba, pero con pomos de plomo que lanzaban agua perfumada y no manchaban la ropa, que se vendían en la histórica casa de Manuel Vidal.

Asistían a esta fiesta el gobernador y las autoridades, mientras que la banda de música de la Policía tocaba en medio de las serpentinas y flores que eran arrojadas por el público al paso de las carrozas con motivos alegóricos que en su interior transportaban a jóvenes mujeres disfrazadas.

Las comparsas acompañaban el paso de los carros, hasta la medianoche, hora del fin del corso.

Una familia desfila en el Carnaval de 1923.

Aquella aldea mendocina vivía los tres días con gran alegría, hasta la culminación del Carnaval, en la que se realizaba el entierro del Rey Momo. Entonces, lejos de entristercerse por el fin de fiesta, los mendocinos ya empezaban a pensar en el año próximo.

Sarmiento en el carnaval

En 1858 apareció la primera comparsa en la Argentina, y en 1869 se realizó el primer corso, con la participación de máscaras y comparsas. Un año después, se incorporaron los carruajes.

De nuestros próceres nacionales, uno de los más entusiastas y apasionados en el juego del agua era Domingo F. Sarmiento.

Tal fue su pasión por el Carnaval, que los integrantes de una comparsa llamada 'Los habitantes de Carapachay' le obsequiaron en una bulliciosa ceremonia una medalla de plomo, proclamándolo 'Emperador de las Máscaras'.

Otra anécdota cuenta que cuando fue cuando era presidente de la Nación, a pesar de su investidura participaba activamente en los carnavales, mojándose en la calle con los vecinos.