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Geopolítica para el oasis mendocino

El lector que sigue nuestras columnas de opinión sabe muy bien que lo nuestro son los grandes temas nacionales y, en ocasiones, los internacionales vinculados con nuestra defensa y con nuestra seguridad.

Pero la caridad bien entendida empieza por casa y pensar globalmente, también, nos puede ayudar a obrar localmente.

Concretamente, creo que la situación de nuestra provincia con el agua merece algunas líneas en nuestra columna.

Para empezar, podemos definir a la Geopolítica como la ciencia que estudia la influencia del denominado factor geográfico en las actividades humanas. Actualmente, la creciente influencia del cambio climático y de otros factores conectados al mismo, ha llevado a que varios expertos ya hablen de una Metageopolítica. Vale decir de una ciencia que ayude a los decisores a obrar con prudencia y en consonancia con un mundo que no solo debe ser próspero, sino, fundamentalmente, sustentable.

Un oasis en el desierto

Para seguir, hay que reconocer que el aprovechamiento del agua en Mendoza empieza en el período prehispánico. Pero alcanza su apogeo a fines del siglo XIX, cuando la provincia comienza a convertirse en un verdadero oasis en medio de un desierto. Como nos contaron nuestros abuelos, ante la necesidad de ganarse la vida, los pioneros mendocinos introdujeron y fomentaron el desarrollo de la actividad vitivinícola.

También comprendieron que el agua para riego era fundamental, ya que de su obtención y distribución dependía el desarrollo de todo lo demás. En otras palabras: estaban haciendo Geopolítica sin saberlo.

Organizados como eran, en 1884 sancionaron la Ley de Aguas y se creó el Departamento General de Irrigación como un organismo público autónomo encargado del manejo del agua. También, impulsaron la participación de los regantes en la gestión del agua, algo que perdura hasta nuestros días.

Por ejemplo, se concretó el dique Luján durante la gobernación de Tiburcio Benegas (1889). En forma paralela, los pioneros del sur mendocino de San Rafael y Colonia Alvear y los cercanos al río Tunuyán, en el Valle de Uco, y en nuestra zona Este, aprovecharon el agua con humildes pero efectivas hijuelas.

Grandes obras mirando al futuro

Con la llegada del siglo XX se inició el periodo de las grandes construcciones hídricas. Se puede decir, sin exagerar, que esos pioneros, contra viento marea, generaron la conciencia y las políticas de Estado que permitieron construir costosas obras que superaban, por largo, a las sucesivas administraciones.

Luego de la Crisis Financiera Mundial de los años ‘30 –la que repercutió negativamente en la provincia y en el país–, se retomó el camino de las grandes obras. Los sucesivos gobiernos conservadores (1932/1943) trataron de llevar adelante una conveniente diversificación de la matriz productiva local mediante la introducción de la fruticultura como actividad.

Para ello eran necesarias nuevas obras hidráulicas que ampliaran la superficie cultivable, por lo que se procedió a la realización de tareas de captación y canalización del tramo superior del río Tunuyán con el dique Valle de Uco (1939). Luego, se modernizaron los diques Medrano y Phillips, ya existentes, para ampliar las zonas de riego.

Llegado a este punto, resulta interesante relatar cómo fue la interacción de los planes provinciales con los nacionales en un momento en el que el presidente de los EE.UU. Franklin D. Roosevelt relanzaba la economía de su país, encargándole al Cuerpo de Ingenieros de su Ejército megaobras en los ríos Mississippi y Tennessee.

En ese marco, fruto de un plan concertado entre Nación y la Provincia, se inició en 1941 la construcción del dique El Nihuil. También se hicieron planes para los ríos Atuel, Diamante, Malargüe, Barrancas y Grande, pero no prosperaron.

Con la llegada del peronismo (1952/1955) se tomaron varias decisiones políticas destinadas a instaurar a la energía hidroeléctrica como la principal, la que –secundariamente– podría servir para abastecer de agua a los sistemas de riego.

El golpe de Estado de 1955 implicó la caída de ambiciosos proyectos, como la derivación de los cursos de agua Cobre y Tordillo; pero otros, como las centrales hidroeléctricas Los Nihuiles y Agua del Toro y el embalse El Carrizal, sobre el río Tunuyán, fueron concretados por los gobiernos de facto.

El cambio climático, un factor geopolítico

Recientemente, la Provincia lucha con su vecina La Pampa por el río Atuel. Esta última, en un conflicto que lleva varios años y varias vueltas, se sigue negando a que se concreten las obras de Portezuelo del Viento y del Complejo Los Blancos, sobre el río Tunuyán.

Es de esperar que con la intervención de la Nación estos conflictos sean definitivamente superados.

Como colofón, se puede expresar, sin exageración alguna, que la concreción de estas obras es vital, no solo para la economía de la provincia, sino, principalmente, para relanzar un proyecto de vida en común en un espacio hostil solo habitable por el permanente esfuerzo humano.

Pues, hoy, hay que agregar que a los problemas del pasado se les suma la presencia nueva del cambio climático. Un factor geopolítico que se encuentra más allá de nuestro control y que obliga a una necesaria anticipación política que conduzca a un planeamiento estratégico acorde.

Para poder proceder de esta manera va a ser necesario retomar el espíritu de esos pioneros que luego de bajar de los barcos lucharon y se pusieron a trabajar para concretar sus sueños. En el camino, habrá que dejar de lado las pequeñas rencillas políticas y ponerse de acuerdo en lo fundamental. Su memoria y la prudencia de un futuro posible para la nuevas generaciones son los imperativos que nos lo exigen.

Nota: nos ha resultado de gran utilidad para la escritura de este artículo la información producida por Laura L. Ortega, investigadora del Incihusa/Conicet, en su estudio ‘Infraestructura hídrica y desarrollo de los oasis productivos en Mendoza’.

Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.