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Un rica historia futbolera, la del Nito de Rodeo de la Cruz

El mendocino Benito Emilio Valencia protagonizó hechos destacados en el fútbol argentino e incluso fue parte de anécdotas fílmicas. Desde Rosario, habló con El Ciudadano

Luz, cámara… ¡acción!...

Reunión de varios directivos del Deportivo Guaymallén con otros del Atlético Argentino, en la casa de un dirigente italiano. El tema a tratar es la transferencia de Benito Emilio Valencia, el goleador del Tricolor, nada menos que a su rival departamental. Hay humo blanco y la Academia paga una fortuna por el pase de Nito. 

De esa manera, Valencia deja el club de toda su vida, en el que debutó en la Primera y que quedaba enfrente de su casa de pared amarilla, la de Rodeo de La Cruz y empieza a abordar el viejo colectivo 51 para llegar hasta San José. Claro, hasta la casa del Atlético Argentino.

Es 1967 y el pibe de velocidad centrífuga, delantero que también brillaba en la selección mendocina, se pone la Albiceleste en un equipo que normalmente formaba así: Fombella; Alfredo Victorino Torres y Eduardo Lalo Lucero; Antonio Gutiérrez, Alfredo Quique Lucero y Carlos Hernando; Pascual Curia, Mario Coli Cornejo, Benito Valencia, Carlos Gargiulo y Pedro Marino. En la Academia hacía de a dos, de a tres y hasta de a cuatro. Los sufrían Gimnasia, Huracán, Palmira y los propios hinchas de Guaymallén, que rompían el carnet, desencantados por la partida del ídolo del siglo, allí en el arco de Rodeo. 

Una formación de Unión en 1974. De pie: Elio Omar Barros, Daniel Silguero, Horacio Rojas, Ramón Zanabria, Carlos Santos Mazzoni y la “Polaca” Burtovoy. Agachados: el “Rana” Juárez, Antonio Sacconi, Benito Emilio Valencia, Leopoldo y el Huevo Garello.

¿Consecuencias? Muchos simpatizantes del Gueyma comenzaron a seguir también a Argentino para disfrutar de las proezas de gol de Valencia, algo que hoy suena de película, como fue en parte la vida de Nito.

Desde Rosario, donde habita desde que colgó los botines, Benito Emilio reconoce aquel enojo de los italianos de entonces, aunque enfatiza: “No fui gratis a Argentino, pagaron mucho por mi pase y al club le quedó una buena ganancia. Guaymallén es mi casa. Arranqué desde inferiores allí y viví enfrente de la cancha hasta que me fui a Buenos Aires”. 

Los primeros minutos de su película se cierran con un episodio al que hasta el propio Fontanarrosa le dedicó su pluma genial.

Valencia fue prestado por la Academia al Atlético San Martín para el Torneo Nacional de 1967, en el que por primera vez los equipos del interior se entreveraban contra los directamente afiliados a la AFA (dejó de jugarse en 1985). Allí el rodeocruceño tampoco decepcionó. En once partidos que jugó, marcó cuatro goles, dos de ellos a Rosario Central. En ese encuentro, disputado el 18 de octubre de 1967, El Chacarero derrotaba al Canalla en Arroyito por 2 - 1 por la sexta fecha del Nacional. 

Junto a sus compañeros de la Selección mendocina en Chile. Es el de la izquierda.

A los 88 minutos, con Central volcado en ataque, el arquero Edgardo Andrada sale muy lejos de su área. Benito patea por encima del arquero. La pelota pica una, dos, tres veces. Y antes de que traspase la línea, un hincha evita el gol y sale jugando por abajo, como si fuese un defensor.

El árbitro ordenó un pique en el lugar. El hincha se llamaba Orlando Espip, lo apodaban el Turco y años después relató su ‘hazaña’ en un programa deportivo de televisión. 

“Me dio mucha bronca, como no. Pero bueno, luego se pasó. Años después, hablé con él (el Turco) y me pedía disculpas y yo le dije que no había problemas, que había quedado en el pasado”, agrega Nito Valencia desde la ciudad en la que ocurrió ese curioso suceso. Fue la primera derrota del Canalla como local ante un equipo del interior.

Tras ese buen Nacional que fue para Valencia, Atlanta adquirió el pase del jugador mendocino, es decir, de San José a Villa Crespo sin escalas. 

El mítico presidente del Bohemio, León Kolbowski en persona fue quien comandó la negociación con Atlético Argentino.

Jugando para Temperley vivió una experiencia triste en Africa. Contrajo paludismo, que pudo superar, aunque su compañero Súarez falleció a causa de dicho virus.

“Al principio, jugaba prácticamente gratis, cuando gané unos ‘dinerillos’ fue cuando me vendieron a Argentino. Y después el Ruso Kolbowski se comportaba muy bien para pagar”, comenta Valencia.

“En Atlanta estuve varios años, hice grandes amigos como Mastrángelo, Rubén Cano (el sanrafaelino que jugó en la Selección argentina y la de España) y Gómez Voglino. Cuando nos hemos visto nos damos un abrazo”.

En Atlanta, primero, jugó tres temporadas (68 al 71), casi siempre como delantero titular. Allí actuó en 62 partidos y marcó 12 goles.

1972 lo vio con otra casaca. Se quedó en Capital Federal porque de Atlanta pasó a Ferro Carril Oeste. Allí, en el Verdolaga, a poco de debutar dejaría otra marca singular: hizo goles en siete partidos seguidos.

Con la casaca del Chacarero en el Nacional de 1967.

En el club de Caballito, comenzó siendo dirigido por Mario Imbelloni, que solía intercalarlo como titular con el Goma Vidal, Jorge Weber o el Rulo Lorea. La ráfaga de goles de Valencia empezó el 19 de marzo contra Banfield, en un partido que terminó 2 a 2 y en el que Ferro usó la camiseta roja y blanca de Estudiantes de La Plata. Después, le convirtió consecutivamente a Chacarita (penal), San Lorenzo (penal), Colón, Newell’s, River y Racing (penal). En las dos jornadas siguientes, lo reemplazaron promediando el segundo tiempo. Y en la 14, el 7 de mayo, hizo su último gol en Ferro en otro 2 a 2, en Caballito, contra Atlanta.

Era el Metropolitano; Ferro finalizó en la posición 16. Carlos Cavagnaro, el técnico que dirigió luego en el Nacional, prefirió siempre a otros delanteros y lo hizo jugar una sola vez. En total jugó 19 partidos y marcó ocho tantos.

“Yo era un delantero con mucha velocidad, y tenía la posibilidad de pegarle con las dos piernas. No soy muy alto, pero me las arreglaba con el cabezazo. Y me iba bien contra los equipos grandes”, aporta Nito, quien tuvo particulares duelos con los defensores selectos de la época, como Daniel Passarella. “Fuertes, pero leales”, agrega.

De allí, el mendocino siguió su carrera en Unión de Santa Fe (1974), adonde actuó con el querido Leopoldo Jacinto Luque en el torneo de Primera B, convirtiendo 24 tantos en 59 encuentros y formando parte del equipo que ascendió a Primera División.

Jugando para Temperley contra Atlanta, su viejo club. Aquí enfrenta a Enrique Juan Reggi, con quien fue compañero en San Martín.

Su derrotero lo llevó a la provincia de Buenos Aires para jugar en Temperley. Como si fuera en su Rodeo natal, San José o en el Este provincial, el pibe guaymallino volvió a imponer su prestancia de buen manejador de balón, gambeteador y apto A para la definición precisa. Fueron dos temporadas (75 y 76) en el que Benito Emilio la descosió. Treinta y cuatro goles en 79 encuentros en el equipo gasolero de Magalhaes, De Marta, Mariano Biondi y el Mono Gibaudo que hizo historia por dos motivos: ser último en el torneo Metropolitano y luego por clasificar entre los ocho mejores del Nacional.

Y nuevamente, un capítulo culminante para su film…

Era 1976 y Talleres de Córdoba al igual que Temperley fueron contratados para una gira por África. El país era Zaire, que desde 1997 se llama República Democrática del Congo.

La oferta económica fue aceptable y los planteles viajaron juntos. Buenos Aires, Río de Janeiro, Madrid y Kinshasa, lugar en el que en 1974 había tenido lugar el histórico combate entre Muhammad Alí contra George Foreman de 1974.

Los jugadores de Temperley y Talleres se vacunaron antes del viaje. Contra la fiebre amarilla, el tifus y la viruela, pero no contra el paludismo, también llamado malaria: todavía hoy no existen vacunas que prevengan esa enfermedad. Sí había –y hay– pastillas para la profilaxis del contagio, pero el club las consiguió sobre la marcha, casi en el momento de subir al avión, cuando ingerirlas ya no implicaba ninguna acción protectora (deben tomarse tres semanas antes). 

Lo que se reforzó fue la compra de repelentes. Una vez en Zaire, el médico de Temperley, Guillermo Beccari, les insistió a los jugadores en su aplicación. Debían evitar la picadura de mosquitos. Y si advertían que eso sucedía, o al mínimo síntoma de fiebre o diarrea, debían avisarle. Al margen del paludismo, tampoco nadie podía tomar agua de la canilla, solo embotellada.

Se disputaron los encuentros en África y el plantel retornó a Buenos Aires. Tras unos días de descanso, los futbolistas se reincorporaron a las prácticas, aunque varios jugadores de Talleres y Temperley comenzaron a denotar síntomas extraños en sus cuerpos. Uno de ellos era Benito Emilio Valencia. “Me empezó a dar mareos y se lo dije al médico, que me revisó y me confirmó que tenía paludismo. ‘Hacé reposo en tu casa’, dijo el médico. Lo hice, estuve un tiempo sin jugar, pero, gracias a Dios, me recuperé”, asevera Nito, quien ahora a sus 74 años se vacunó contra el COVID, algo que le hace acordar a aquel episodio de 1976, aunque también dice: “No me gusta hablar de aquello, porque me genera tristeza”. Su sentimiento está vinculado con que aquella triste experiencia tuvo una víctima fatal, nada menos que su compañero Oscar Suárez, quien murió de paludismo luego de sufrir la picadura de un mosquito. Una tragedia en lo que sería un año trágico por la dictadura militar que se instauró a los pocos meses en el país. 

Un combinado de Mendoza allá a mediados de los años sesenta. Benito Emilio Valencia aparece a la derecha de Eladio Oropel, que sostiene la pelota. Entre otros futbolistas aparecen también Osvaldo Chalo Pedone, Oscar Alcaraz, Miguel Guzmán, Osvaldo Marcelino Sosa, Juan de Dios Gonzalez, Alfredo Quique Lucero y Hugo Oro.

El cierre de su película lo llevó hasta Tucumán, en donde actuó en San Martín, fiel a su raza convirtió muchos goles. Allí dejó de jugar.

La razón no fue fortuita, sino de causa mayor. Benito Emilio Valencia, pertenecía a esa raza de jugadores que sueña con terminar su carrera en su club de barrio o en el que pegó el gran salto, o sea, Deportivo Guaymallén o Atlético Argentino.

No se le dio la chance. 

Radicado en Rosario, junto a su familia, como productor de mercado de verduras, aquel delantero mutó su habilidad en los campos de juego, para pelear por los precios de los campos sembrados. Y su calidad de antaño en la cancha, era ahora para conseguir mejores precios para su puesto en un mercado rosarino. 

El Nito de Rodeo de la Cruz siguió la película que debe ser. Al toque, al palo y cortita y al pie. Así en el fútbol, como en la vida.