|09/11/20 07:42 PM

Sueño Profundo

Llegó el sábado, es la oportunidad de mi vida, lo que más deseo, lo que me ha quitado el sueño durante muchas noches. Agarro el bolso y las monedas para el colectivo. Me bajo una parada antes, quiero caminar un poco, bajar la ansiedad-euforia-miedo que me envuelve como si fuese mi debut.

Los banderines negros y rojos que vuelan colgando de un hilo entre ambas veredas anuncian que hay fiesta grande en el club. Me saluda el negro Saúl, portero eterno y cómplice de todos los muchachos en las llegadas tarde al entrenamiento.

Hace catorce años que soy nadador de la Sociedad Obrera 1° de Mayo, fundada por inmigrantes anarquistas el 25 de marzo de 1903. En aquellos años de luchas por la dignidad del ser humano, jamás habrán imaginado estos libertarios que mucho tiempo después el club tendría su piscina para que los vecinos del barrio emulen a Luis Alberto Nicolao.

Nunca me había entrenado tanto para clasificar al Nacional de clubes. “Hoy no se me puede escapar” me repetía mil veces mientras caminaba hacia el natatorio.

Las tribunas estaban repletas de familiares, novias, amigos, hasta los bochófilos del barrio nos vinieron a alentar. El tiburón Quattrini, un obelisco de casi dos metros de altura, y yo somos los créditos locales. Seis eternos rivales de los torneos bonaerenses competirán por el mismo sueño.

Disparo y al agua.

El envión y millones de burbujas me depositan en el fondo de la pileta, abro los ojos y veo allá arriba brazos y piernas que se mueven a una velocidad supersónica. Aquí abajo todo es más lento, el Panadero Díaz se desliza con la pelota contra la pared, sonríe y le guiña un ojo al Bocha Maschio, muy lentamente mete un pase entre líneas y también sonriente, aparece el Toro Raffo preparando el centro para el Mariscal y el Coco, todos muy relajados, felices. El Yaya grita y canta junto a Martin, túneles, paredes, caños, a veces se la pasan a Agustín, para que no se aburra, y enseguida vuelve el juego colectivo porque Tito se enoja igual en las profundidades y también los trata de cagones si aflojan el ritmo, pero igual es lento, apacible, bello.

Diviso algunas cabezas con gorros académicos, son hinchas de esos que no se pierden un partido ni abajo del agua: el hijo de Taty, el pelado Santoro, un flaco de traje y sombrero con la sonrisa pintada, también mi tío Roberto, el que me cambio el color de la sangre, y un bandoneón blanco toca “Se juega”.

-¡Ey pibe! Paresé de cinco- me dice Don Tito desde un costado. Mis ojos más abiertos que nunca distribuían miradas para todos los ídolos que allí jugaban. Como un rayo apareció el Chango y ¡Zas! La clavó en un ángulo. Nos abrazamos todos. Rulli se saca la camiseta, me la regala y me dice:

- Nos juntamos todos los sábados aquí, es más tranquilo, vení el próximo que hay clásico.

-Lo felicito pibe!- exclamo Pizzutti.

Salí del agua, la gente aplaudía al Tiburón. Me subí al podio, lo abracé y me fui a casa corriendo.

La vieja, parada en la puerta, me esperaba con un mate.

- ¿Cómo te fue, nene?

- ¡Salí campeón del mundo mamá!