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Polaco, el del hombro para llorar

Salieron ya de civil y como siempre el Polaco habló primero: “Vamos, no tengamos miedo”. Afuera no hubo insultos, sino una ovación

El look a lo Gardel, que no pudo disimular ni con una pequeña calvicie. Se llamaba Alfredo Victorino Torres, el Polaco.

“Compadre”, era el apodo y la estirpe. Esa llamada mágica entre unos y otros. La de esos muchachos que la rompían en el fútbol mendocino, con una camiseta blanca y negra a rayas. 

“Compadre”, bien a lo cuyano. Tan cuyano, como el fútbol que practicaban, al decir del periodismo de Buenos Aires, el que consideraba a Mendoza la Plaza Mayor, la atracción y epicentro de los mejores tintos y el mejor de los juegos.

Y el Polaco Torres, era de esa constelación que generaba espectáculos adentro de la cancha, como numerosas anécdotas por fuera del rectángulo.

En flashback, el pibe Alfredo Victorino jugaba cuatro partidos en Banfield y se codeaba con Montes de Oca y el Cholo Converti en el Lobo de los 60’. Y también con el Victor Legrotaglie, su compinche entre los once y en la vida. La quinta del Maestro, la escuela de los compadres.

Y así un día se fueron juntos a Atlético Argentino, por un año. Y volvieron al Lobo, como jóvenes maduros, con la sapiencia del que sabe que hacer adentro de la cancha, mucho más que las indicaciones que podían llegarle desde un banco. 

¿Camarilla? ¿Dueños del vestuario? Y sí, eso y mucho más. Los estandartes de esa combinación blanquinegra, los amigos de espalda contra espalda, los confidentes. El Polaco, el hombro para llorar. El abrazo paternal. 

Eran Torres, el Documento Ibáñez, El Cachorro Aceituno, el Bola Sosa, el Bebán Guayama, el Juan de Dios González, Fornari, el Secundino, el Chalo Pedone, Vicino, el Riojano Luna… y el Victor. Numerosos y célebres como los Rolling Stones.

Tan Rollings que un día de 1970, en Buenos Aires, se fueron de farra y cuando volvieron a la concentración casi al amanecer, un dirigente los espichó para Mendoza. Papelón que haría las delicias del Ekspres, el diario sensacionalista de la serie Borgen. Esa tarde, el Lobo diezmado, sin sus Jagger-Richards fue goleado por 3 a 0. Los muchachos escucharon el resultado ya en la intimidad de sus hogares. Tres puñaladas que dolieron en el alma del Polaco y los suyos.

Al año siguiente, los compadres, entre ellos Alfredo Torres urdieron la Venganza de los Cabecitas Negras, en aquella liberadora tarde gimnasista ante San Lorenzo, en el Gasómetro de Avenida La Plata. Fue el 24 de octubre. 

Golearon al Ciclón 5 a 2 y el árbitro Roberto Goicochea les pidió que pararan con la música. Sí, como si un vecino golpeara en la casa de los Rolling Stones, para pedirle que tocaran más bajito porque no dejaban dormir la siesta…

Afuera de la cancha, la gente de San Lorenzo no se movía. Salieron ya de civil y como siempre el Polaco habló primero: “Vamos, no tengamos miedo”. Afuera no hubo insultos, sino una ovación. Un hecho que conmovió a Torres, al Victor, al Cura Vergara y cada uno de los que estuvieron aquel día. 

Alfredo Victorino un día dejó de jugar. Y como alguna vez como con los Rolling Stones, también se pelearon entre ellos. Pero cada tanto, se recordaban e iban y venían en los recuerdos. Todo pasa, menos la dulce memoria de los tiempos vividos.

El sábado pasado, uno de aquellos compadres del vino, el tango y el fútbol, un indiscutido en la defensa del Victor, sea entre los once o ante los retos de la Lucha, la compañera del zurdo, un insustituible en las mesás de café, en el billar a tres bandas o en el bowling, el Álvarez de Borges, el del contrapunto preciso, paró el corazón de pecho y se fue de la cancha. Chau Gardelito de la defensa, aunque portabas el apodo de otro cantor. Chau Polaco campeón.