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La Juana y las otras

Ponerle candado a las formas de pensar, es también encerrar las formas de comprender el mundo.  ¿Alguien tiene alguna duda que muchas veces somos lo que la cultura moldeó para que respondamos a sus mandatos?

"Andá a lavar los platos Juana", le gritaron sus compañeros de equipo mientras ella intentaba atrapar un remate que en definitiva terminaría en gol.

"Si no fueras tan miedoso atajarías vos cagón", respondía Juana. Mientras se sacudía la tierra de potrero que rebosaba sus trenzas pelirrojas y masticaba sus lágrimas de chocolate que caían de sus ojos y terminaban en su boca. Quizás lloraba por la bronca del gol pero pienso que muy dentro de su alma se embroncaba de sentir la injusticia de que la culparon a ella, de un error garrafal del equipo entero.

Muy suelta de lengua, Juana se despachó contra el resto: "¿Y por qué nadie le dice al Laucha que es un morfón, que no pasa la pelota? ¿O le hacen causa al Martín que la cancherea y no gana ninguna bocha? ¡Diganlé al Braian que le afloje a los postres, que no puede correr a nadie! ¡Claro entre ustedes se cubren!".

Finalmente, su hermano Iván la abrazó con ternura y pasando ambos brazos por encima de los hombros se perdieron rumbo a su casa, en el atardecer del barrio 26 de enero.

Juana no pedía ni muñecas ni juegos de cocina para el día de la niña. Toda su familia sabía que quería la camiseta de Huracán. Nunca fue su sueño un beso de un apuesto príncipe azul, ella soñaba con que el Globito tuviera un crack de número 10, que la rompiera cada domingo.

De su bella voz podía salir tanto un tema de Gilda, como un aliento imparable de 90 minutos para su amado Huracán Las Heras. Su madre dice que le puso ese nombre por Juana Azurduy a quien tuvo que representar en una obra teatro cuando era joven. Su padre intenta explicar sin éxito alguno que su hija se llama así por Juana de Arco, que según él era una diosa del fuego, o qué sé yo. 

Pero los pibes del barrio la hicieron recorta; para ellos es Juana la loca. “Y… porque está loca”, responden encogiendo los hombros. “No parece una piba, no está ni ahí con ser delicadita”, dicen. Ella prefiere su cara lavada, sonriente, sembrada de pecas y ojos achinados, a llenarse de pinturas y cremas para lookearse.

Y si por algo está loca, es por su fiel amor al Globito lasherino. Loca por esos colores blancos y rojos que la enamoran. Su corta vida, es un canto a la pasión, a la felicidad que le da sentirse ella misma sin tener que disfrazarse de otra cosa.

A fuerza de ser ella misma, se fue dando su lugar en este mundo machista, hecho tribuna, hecho popular, hecho fútbol. Y los pibes la admiran y la respetan por ser tan ella y hasta me atrevería a decir que más de uno andará embobado por Juana sin atreverse a demostrárselo.

Entre las pibas es referente, es modelo sin pasarelas ni paparazzis. Es la chabona que las quiere, las cuida, pero también la que les cuestiona todo el tiempo en busca de sus libertades. 

Juana, la del alambrado atrás del arco. Juana, la que baila cumbia en el barrio. Juana, la de la camiseta de Huracán. Juana, ella, toda ella, puramente ella. 

Por Juana y las otras; las que están en otras canchas, en otras tribunas, con otra camiseta, pero con vida parecida. Por todas las Juanas que prefieren luchar contra los mandatos sociales de ser lo que la sociedad espera y no lo que ellas desean ser. Juana, una de tantas de las Juanas del fútbol.