|27/07/20 08:27 PM

Huellas (las 10 y 20)

Antes de cerrar el primer lustro de la década del ’90, años donde los riffs de una guitarra ensordecedora y picante, donde las búsquedas de una identidad sonora; donde el acercarnos a la realidad concreta de manejar un ambiente “humorizado” y envenenado de las mieles del tac y el alcohol. Donde el estar sobre un escenario y ser dios, y ser remera, y ser pogo furioso, y ser cabezas en postura de tornado, con Jodie Foster en la huida, al borde de desgarrarse del pescuezo y descolgarse del torso y donde cada gota de sudor que caía era la gratitud a los que estaban allí abajo, se imponían día tras día, noche tras noche, ensayo tras ensayo, discusión tras discusión.

Que, si quedó bien, que, si no, que es muy largo el solo, que es muy corto, que en esa parte no cantes, que en esa sí, que afiná el bajo la puta madre, que ‘comprale cuerdas a esa guitarra seco de mierda’, que no metas tanto chiche con los “tones”, que meté unas boludeces ahí con los mismos “tones”, que el tema me gusta pero no lo vamos a tocar todavía (después de ensayarlo 4 meses a puertas cerradas). Que el tema está bueno y ya está listo para tocarlo (después de ensayarlo 4 horas a puertas cerradas). Que somos una tromba y vamos a explotar todo, que somos una mierda y no nos va a escuchar ni la Mirta, ni la Cecilia, ni la troupe de Bermejo City.

Pero los domingos…los domingos eran otra historia, haya ocurrido o haya habido lo que haya habido la noche anterior, llámese toque, asado, panchos, competencia de Supermario, videos en lo de la novia del “Vaka”, sexo solo en algún anuncio o charla inmoral de lo que nunca nos pasaba (cogíamos menos que manco gallego, excepto el señor del bajo). Asado, o alguna comilona que nos invitaba el amado Armando, o habernos levantado a las 3 de la mañana mirándonos a los ojos y diciéndonos: “Loco, estoy recagado de hambre” y vos decías, en un tono lúgubre y cavernario: “Yo también…”. Y levantar a los otros dos hermanos de la banda y salir todos a juntar morlacos para comprar dos panchos y compartirlos entre los cuatro, cosas de esa hermandad pobre y maravillosa que supimos conseguir; o lo que puta fuera que hubiese ocurrido el sábado a la noche, el domingo era distinto.

El domingo, apenas pasadas las 3 de la tarde, la cita era en la vereda de la casa del Chelo, para juntar a los otros cómplices, el negro Tchami, Pablito, el Mortadela, el chino un dotado, sobre todo para simular y tirarse. Los hermanos Arredondo, que los nombrabas y parecía que habías convocado a algún dúo tonadero cuyano, más que los pibes del barrio para ir a un picado. De ahí la caminata por el zanjón  hasta tomar la Montes de Oca, o irnos por dentro hasta llegar a la cita futbolística por excelencia, en nuestro Malvinas Argentinas godoicruceño, la colonia 20 de Junio, para muchos un lugar de cuidado, para nosotros era como ir a jugar con hermanos de toda la vida y disfrutar de los talentos, como el del teacher Emilio, y un par que de verdad jugaban lindo. 

Arquitos con ropa, 6 pasos bien largos del Chelo, y ahí pasábamos la tarde entera del domingo, y la puta que éramos felices, nos olvidábamos de qué era un acorde, un arreglo, un solo, un arpegio, un hi hat estruendoso, excepto el narigón, futbolero como pocos y no miento. Pero de repente, a veces estabas en el medio de una derrota casi insalvable y el tipito se te acercaba y te decía: “¿Negro, viste esa parte donde entras con el gordo? La voy a marcar con un rulo así entra más ajustadito ¿Tá bueno o no?”. Y vos lo mirabas como diciendo “¡Santa cachucha Batman! ¿Vamos perdiendo, ya se esconde el sol y vos me venís ahora con el arreglito para entrar? ¡pero dale boludo, después me contás, pateá al arco y empatemos esto, me haces el favor!”. Y ahí el vago reaccionaba que era el único delantero que teníamos, además del negro Fabio, porque el teacher y Pablito se dedicaban a tirar chiches y a peinarse, y así era complicado, porque eran nuestros dos talentos, si estos dos boludeaban, los demás estábamos más expuestos al cachetazo.

Para colmo los otros tenían un paisano que no sé bien de que zona era, pero a mí se me hace que era de Tarija. ¡¡¡ La descosía!!!, porque la verdad, no al pedo lo bautizamos Orteguita. Además, era durísimo chocar con ese cristiano, era parar el tren de las nubes con la cara, mire que quien escribe no era blandito, nunca jugué bien al fútbol, pero blandito no era, ahora ir al choque con ese animal norteño era jugar con la llave del nicho, veinte patadas le tenías que dar para que más o menos trastabillara y ver si perdía la pelota. Con diecinueve, el tipo se quejaba, pero no largaba el fóbal ni cagando. Con el tiempo fuimos casi amigos de todos esos pibes que jugaban en contra nuestro y por supuesto de nuestro Orteguita, tipo querible, noble, laburante, humilde, chupaba como mosquito adolescente, pero se hacía querer.

Un detalle, el loco jugaba a la pelota con pantalón largo de jean. A veces perdíamos, a veces ganábamos, los empates se definían por penales, y así pasábamos los domingos, felices, haciendo lo que más nos gustaba, compartir con ellos, sentir la amistad fugaz, esa que no dura muchos años, pero que siempre deja el mejor de los recuerdos, todos héroes anónimos de nuestras vidas, que, a medida que caía el sol, a medida que juntábamos las ropas, e íbamos emprendiendo el satisfecho regreso a la casa del narigón en la calle Rivadavia, íbamos pensando en un porrón o una Pepsi, o lo que fuera en la vereda del chelo, jugador de estampa elegante, vos lo veías vestido y era Perfumo por la elegancia, dentro de la cancha lo único que se parecía al mariscal era cuando te fajaba, ‘paaapito’ y así pasaban las risas, las gastadas, el repaso segundo a segundo del partido, el saludo de saber que nos veríamos con seguridad el próximo domingo, cuando la semana llena de riffs, ‘tacu tá’, ‘slap’, y gritos guturales, nos diera ese changuí maravilloso de la pelota, la colonia 20 de Junio, el abrazo y el grito de gol rompiendo los límites de la “fama”, para ser nuestro rezo eterno, devotos incondicionales y agradecidos al bendito fútbol.