Cuando fumo en la entrada del barrio los perros me ladran. 

Bajo del auto, avanzo en dirección al zanjón, estoy por lanzar la colilla desde lo alto y tengo la mirada de un galgo gris que está acostado sobre el techo del Ford Fiesta. Me da gracia, el bicho me mira de frente sin parpadear.

Quiero prender otro faso pero no tengo el encendedor, reviso los bolsillos pero no lo tengo, miro de reojo y el bicho sigue ahí mirándome. 

Busco en la guantera, parece que me lo dejé en la Central. Por el espejo retrovisor veo un gran danés que está sentado en el asiento de atrás. Qué ternura, lleva el barrilito colgado al cuello. Pienso en mi padre que también era taxista.

Me doy vueltas para verlo con más detalles y entonces me muestra los dientes. Bajo del auto lentamente, yo no quiero problemas. A mi alrededor veo más perros de todos los tamaños. A un pequinés le falta una gamba. Por la radio piden un viaje, estoy en la zona, si me demoro seguro que me lo van a madrugar. 

Con la pata, el gran danés pone el seguro desde adentro. A mi alrededor ahora son muchos más los perros que cercan el auto. No hay que perder la calma, me digo. Avanzan lentamente hasta donde yo estoy. Algunos me olfatean, otros levantan las mandíbulas, rotan las cabezas sobre su propio eje. 

Estoy al borde del zanjón. Voy a perder el viaje por unos perros de mierda. Recuerdo que en el baúl del auto, entre unos botines y una pelota de fútbol, la que uso los sábados, todavía llevo las herramientas de mi anterior laburo. Camino en esa dirección, los perros me abren el paso, me dejan avanzar. Algunos se postran, otros aúllan. Tal vez huelan el miedo o de alguna forma sepan de mis años de fajina en el matadero. Saco la chaira y el grandote para despostar. Los bichos se ponen en guardia. Al negro que está sobre el capot le cambia la respiración. A esta hora estoy seguro que ya perdí mi viaje.