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El pibe de las alitas blancas

El tío venía casi todas las tardes del trabajo y antes de entrar a su casa por el pasillo de Elvio, se cruzaba y caminaba por el corredor hasta el fondo de la casa chorizo donde vivíamos. Siempre lo recuerdo aparecer maletín y bolsa en mano y soltar con ojos vivos el acostumbrado ¡Poroto!

Yo corría por el piso de mejorado borravino y lo iba a buscar.  Me agarraba para jugar a la lucha y siempre aplicaba la misma toma, variante de la doble Nelson y me raspaba la espalda con la barba nueva apenas crecida, lo cual daba la sensación de que te frotaban con una lija al agua. Yo luchaba hasta zafarme de sus llaves contando con su complicidad y quedábamos frente a frente. Y ahí me daba un beso y la suave palmada en la mejilla.

Él hacía rato que recurría a la táctica de traerme camisetas o algún gorrito de Racing o de Argentina y las mechaba con alguna que otra cosa de Boca. En esos años de fines de los setenta y principios de los ochenta las camisetas para chicos eran como de piqué. Pero para mí era como si fueran de raso o las mismas que usaban los jugadores que veía por la vieja tele SIAM blanco y negro con caja acolchada con cuerina gris que teníamos en la cocina con techo de chapas. Y como camuflaba sus intenciones bosteras con chirimbolos albicelestes, mi viejo nunca decía nada. Pero un día se animó a más, y dejando de lado aquel artilugio sutil, apareció con una camiseta de Boca. Recuerdo su color amarillo fuerte, oscuro y el azul avioletado del piqué. Yo la usaba a veces y en mi casa notaba la mirada incómoda de mi viejo, pero él nunca dijo nada, como si pusiera toda su confianza en el tiempo y su sabiduría. Llegó 1981 y ya nos habíamos mudado a otra casa del barrio, a seis cuadras y ahí nomás, a tres cuadras, estaba el club de Argentinos Juniors, el querido Bicho de La Paternal, segundo amor de la gran mayoría del barrio. Allí entrenaba hacía muchos años un pibe que era la sensación del fútbol argentino y que era motivo de todos los comentarios en las fondas, los bares y las charlas fútbol en las de esquinas y clubes sociales. Ese morocho retacón de rulitos que después de brillar en el bicho y ganar el mundial juvenil, ese año acababa de firmar para Boca.

Y una tarde el tío vino con mi primo y con la excusa de ver al Diego, lo invitó a mi viejo a ir a la Bombonera conmigo para un clásico Boca-San Lorenzo. Fuimos en un taxi los cuatro apretados y yo contemplaba deslumbrado esas calles que pasaban por arriba y se abrían en múltiples direcciones. Entramos a la tribuna de socios y se estaba jugando el partido de reserva. Recuerdo que me asustaba la cantidad de gente que saltaba y alentaba en las tribunas. Empezó el partido de primera y yo seguía con los ojos abiertos como faroles al Pichi Escudero porque me llamaba la atención que era chiquitito y rápido. Esa tarde fue un show de Perotti, Brindisi y el Diego. Y sobre el final, nos estábamos yendo para evitar la estampida del malón para salir y desde atrás del arco vimos el gol del Diego de tiro libre. Aún recuerdo cómo la melena rubia del flaco Cousillas se recortaba sobre el verde del césped mientras volaba hacia el palo izquierdo sin poder alcanzar la pelota que picó y se metió al lado del caño blanco. El estadio su movió en ese momento, lo juro. Y yo que iba a cococho del viejo contemplé la escena, digna de una película de Leonardo Favio. Y les aseguro que al lado de la pelota iba volando un niño con alas que la guiaba hacia la red, de verdad, yo lo vi, y no les miento.

Por eso no me fue extraño todo lo que vino después en la carrera del Diego; La selección, el Barca, El Nápoli, el segundo gol a los ingleses. Porque yo sabía que ese niño alado corría siempre al lado de él y después llevaba la pelota con los ojos y la dejaba en la red. Yo lo veía siempre y hasta me guiñó un ojo en un partido del mundial de Italia, de veras, no es grupo.

Con el tiempo conocí a varios más que veían al pibe de las alitas blancas que iba con el Diego. Y entendí que como los grandes misterios del universo y las obras de Dios, sólo los sensibleros somos elegidos para verlos, ser testigos.

Hoy a la madrugada me desvelé, no pude dormir. La tormenta parecía apocalíptica. Recién pude retozar unas horas después del mediodía. Y a eso de las cuatro de la tarde, un mensaje de la vieja me despertó. Ya no llovía, hasta había sol, pero les aseguro que un rayo cayó y me atravesó el pecho, el corazón, el alma. Él pibe de las alitas blancas lo había tomado de la mano al Diego y lo hizo rumbear hacia el infinito.

El tío, que me hizo ver por primera vez al Diego y quería hacerme bostero, y el viejo, que dejó que yo decida, desde hace un tiempo ven los partidos desde una nube. Yo, que hace rato elegí, después de llorar como corresponde al pibe de Fiorito, esperaré el fin de semana para ver a jugar mi cuadro. Pero no voy a decir cuál es. Si son sensibleros, el niño alado se los dirá...