|21/07/20 07:02 PM

El mejor de la historia

“Tengo que confesarte una cosa -le dije-, el mejor jugador que alcancé a ver en mi vida no fuiste vos, fue otro…” Estábamos en el barcito de Habana y Sanabria, a una cuadra de su casa, y hacía un buen rato que veníamos charlando de bueyes perdidos. El reportaje, lo que había sido el reportaje, ya estaba liquidado, pero los manuales aconsejan extenderse un poco porque los temas más jugosos aparecen cuando uno apaga el grabador y el otro se distiende. Sin embargo, enfrente lo tenía a Diego, ¿existía acaso alguien más acostumbrado que él a contestar preguntas de todo tipo? No era, no, en homenaje a ninguna lección de pragmática periodística por lo que me quedaba: eran las ganas de poder seguir al lado suyo aunque más no fuera un ratito más.

Dos horas antes me había presentado: “Como te dije por teléfono, yo de fútbol cazo poco y nada, lo mío es la literatura; creo que por eso mismo Cardozo quiso que a la entrevista te la hiciera yo. Ya sabés cómo son los jefes, cuando se les pone algo en la cabeza no hay Dios que se lo quite. Sospecho que habrá imaginado que iba a poder arrearte para otro lado que no fuera el fútbol…” Y ahora, mientras afuera atardecía, nosotros seguíamos ahí, hablando de la pelota, de qué otra cosa si no. “Ya sé, me vas a venir a decir que el más grande que viste fue el negro Pelé… -dijo muerto de risa-. Sin embargo los que la tienen clara dicen que ni él ni yo, que el que realmente fue un fenómeno fue Di Stéfano. ¿Te digo la verdad? Me hubiera encantado verlo jugar a don Alfredo”. Le respondí que a mí también me hubiese gustado, pero que tampoco era Di Stéfano. “El mío es un tapado, uno que ni te imaginás…” Consultó la hora en el reloj (recién ahí advertí que tenía dos, uno en cada muñeca), corrió un poco la silla hacia adelante y apoyó los codos sobre la mesa.

“Dale, fiera, contáme quién fue esa maravilla…” –me pidió. 

Parecía divertido, o por lo menos intrigado. Lo digo porque no creo que el tiempo haya terminado mejorando mi recuerdo, no me suele pasar esas cosas. Diego estaba realmente interesado en mi relato, en averiguar quién había sido aquel jugador que logró deslumbrarme tanto. “El más grande que yo haya conocido hizo toda su campaña sin salir de mi pueblo, un pueblo chico, sobre todo en la época de la que te estoy hablando. Era un back así de grandote, un gigantón de aquellos, más alto que yo. Algo recio a la hora de salir al cruce, es cierto, pero después de todo eso es lo que se le exige a un back, ¿no te parece? Que yo sepa Perfumo y Marzolini tampoco eran carmelitas descalzas, cuando había que dar, te daban y a otra cosa. En fin, este que te cuento siempre jugó en Deportivo Sarmiento, un club del lugar, del que además fue fanático. Los verdirrojos, les dicen. Y jugó una punta de años, hasta que un buen día, siendo el capitán, se armó un tole-tole de aquellos y a él, no sé por qué, lo suspendieron por un montón de tiempo. Una barbaridad, porque ya era un tipo grande, fue como cortarle las piernas, je, vos sabés bien de qué estoy hablando. Al final terminó jugando en una liga agraria, cosa de despuntar el vicio, pero no fue lo mismo…” 

Diego pidió otro café. “Pero decíme una cosa, master, ¿el tipo la tocaba o no la tocaba?” No supe qué responderle. Menos mal que el mozo vino a sacarme las castañas del fuego. Yo abrí el sobrecito del azúcar, lo volqué y revolví despacio, dejé la cucharita en el plato y recién ahí ensayé una respuesta mientras tomaba aire: “Mover la movía, claro, por ahí la gambeta no era su fuerte... Lo suyo era la prestancia, la forma que tenía de imponer respeto en las dos áreas. Pero te mentiría si te dijese que lo vi jugar mucho. En realidad nunca lo pude ver dentro de una cancha…” Diego sonrió. “Pero te puedo asegurar que era un fenómeno, ¿me creés si te lo digo? –seguí yo como quien habla para sí mismo-. Le pegaba con las dos piernas, conmigo la tenía atada, era imposible sacársela. Nunca habrá otro como él, estoy seguro…” Volvió a sonreír: “¿Cómo se llamaba?” Tragué saliva. “Ángel, se llamaba Ángel -dije-. Me acuerdo que una tarde le atajé tres penales seguidos, pero ahora creo que me dejó hacerlo, porque no sabés cómo le daba con un fierro cuando quería”.

Se puso de pie sin soltar el pocillo mientras con la otra mano me invitaba a hacer lo mismo. “Maestro, yo lo lamento por vos, Ángel podrá haber sido un monstruo, un fenómeno, y te concedo que hasta pueda quedar como el segundo de la historia -dijo-. Pero al mejor de todos lo vi jugar yo, papá, tiene el apellido Maradona y se hasta llama Diego, como yo. Este sí que la dejaba así de chiquita…” Entonces chocamos los pocillos y hasta creo que nos dimos un abrazo.

(a Diego; a mi viejo)

Fuente: "Agenda del Sur", julio de 2010