|07/01/22 08:19 AM

El Flaco trotamundos del fútbol

Brilló en Huracán Las Heras, la Lepra y fue un protagonista de hechos futbolísticos y curiosos adentro y afuera de la cancha. Desde Cruz del Eje y mientras espera por una operación por diversas fracturas tras un accidente vial, el recordado Amadeo Gasparini repasó su carrera 

Nunca se quedaba estático. Era amigo de las dos puntas y un hermano del centro. Conocía a la perfección todo el frente de ataque. Depredaba con un vértigo feroz en la posición que le asignaran allí en el área rival. 

Y en su carrera futbolística, era igual de inquieto. Un día lo veíamos en Talleres de Córdoba, luego en el fútbol riojano, en Atlético de la Juventud Alianza o en San Martín, ambos de su San Juan natal, en Rosario Central, en Platense, o cambiaba de dirección y picaba por la punta rumbo a Perú, a Canadá y claro está, también lo vimos jugar en Huracán Las Heras, Independiente Rivadavia y en el Lobo Mendocino. 

Amadeo Gasparini no tenía prejuicios para bajarse o subir de categoría; obvio que vivía del fútbol, no tenía problemas de traslado allí adónde lo llamaran. Pero además relojeaba que hubiera un grupo humano que sumara para los asados, que devolviera de primera y al toque las guitarreadas y los chistes.

 

 

Un trotamundos o trotacanchas que era requerido cuando algún equipo andaba sediento de goles. Así era el Flaco de Caucete, San Juan. un referente del aquel fútbol criollo de los 80’, una atracción permanente en esos duelos de Ligas Regionales que eran verdaderas batallas fobaleras.

Desde Cruz del Eje donde está radicado, el otrora goleador recordó sus múltiples anécdotas en un diálogo telefónico con El Ciudadano.

“Nací en Caucete. Mis papás se separaron y mi viejo se vino a Cruz del Eje (Córdoba) con su nueva pareja. Yo tenía 12 años y me venía a quedar con ellos en una estancia en el campo. Allí jugaba y fue adónde me vieron unos amigos de mi papá. Uno de ellos me preguntó si quería probarme en Talleres de Córdoba. Mi viejo les dijo que no, que era muy chico. Me dejaron el teléfono y cuando volví a Caucete se lo comenté a un tío. Lo llamamos y en el 77’ me llamaron a una prueba. Era el boom de Talleres: Oviedo, Alderete, Ludueña, la Pepona Reinaldi, Bocanelli, el equipo que perdió la final del Nacional contra Independiente".

“Quedé en la pensión del club, con 15 años. No hice inferiores y me pasaron a la reserva porque tenía la suerte de hacer goles. Me inyectaron cosas, me hicieron crecer porque yo era muy flaquito”, recuerda el Flaco Gasparini, que ya había coronado en su memoria emotiva el hábito del yerbeado con semitas, junto a un abuelo, en el patio de tierra regado con el tarro de aceite, las tardes de parra fulguradas por su sol sanjuanino. Lo esperaba ahora la tonada inconfundible de una ciudad cuya banda de sonido estaba compuesta mayormente por el cuarteto Leo y la Mona Jiménez. 

Pero siempre estaba on- line con San Juan. Era noviembre y el terremoto en su ciudad lo golpeó fuerte a la distancia.

 

 

“La gente de Talleres se portó muy bien conmigo y mi familia. El terremoto destruyó la casa de mi mamá y todos los jugadores del plantel contribuyeron económicamente para que pudiera levantar de vuelta la casa. Nunca me olvidé de ese gesto”, cuenta Amadeo.

A los 17 años, debutó en Primera contra Estudiantes de La Plata y por casualidad o causalidad se fue a jugar a España.

“Lo vendieron a Ludueña al Málaga y viajamos a España a jugar unos amistosos como parte del pase. Justo se venía el Mundial del 82’ y convocaron a varios muchachos a la selección. Bocanelli, que era titular, se lesionó en el calentamiento previo y entré en su lugar. Ese día jugué de 7 junto a Humberto Bravo y la Pepona Reinaldi; tuve la suerte de hacer 4 goles, jugamos la final contra Unión en el que atajaba Nery Pumpido e hice un gol de cabeza. Al final, el Hacha puso trabas para todo porque no quería irse de Córdoba y entonces se fijaron en mí. Para colmo, jugamos contra Málaga, hice un gol y ahí se convencieron de comprarme”, relata.

 

 

En España se enfrentó a la gran figura del Barcelona, el tal Diego Armando Maradona, con quien protagonizó una hermosa anécdota.

“Viene el Barsa a enfrentar al Málaga, nosotros recién ascendíamos. Antes de empezar el partido le digo: ‘Diego ¿vos me darías tu camiseta cuanto termine el partido? Me contesta: ‘si hago tres goles, salgo y me voy en el avión particular’. En el primer tiempo nos clavó dos, uno de penal y otro de tiro libre. Al final él no jugó el segundo tiempo y ya no lo vi. Al otro año fuimos a jugar al Nou Camp y Diego no jugó porque se estaba recuperando de la fractura (la que le produjo Goitcoexchea del Bilbao). Estaba en la tribuna con su tapado blanco. Empatamos 0 a 0. Cuando estamos en el hotel, viene un mozo y me dice: ‘Señor Gasparini, lo buscan’. Pregunto quién y me contesta: ‘Maradona’. No lo podía creer. Entra el Diego, me abraza y me da la camiseta 10 del Barca firmada". 

“Estaba feliz aunque la anécdota terminó mal. Cuando nos volvemos, meto la camiseta en la valijita directo a la bodega del avión. Al bajar descubrí que me la habían afanado ¡Me quería matar! Se lo conté en una ocasión a Diego, pero no volví a tener otra casaca suya".

 

El retorno a la Argentina

Gasparini quedó libre de Málaga y comenzó un derrotero por quince clubes diferentes, aunque a dos de ellos volvió en distintas etapas. El goleador que apenas había asomado a la A y se fue a España estaba de retorno. Arregló en Platense y de allí partió a La Rioja para vestir la casaca de Independiente, quien buscaba su primera vez en un Nacional. La final -perdida- fue ante Alianza de San Juan. “El técnico era Pipo Rossi. Nuestro arquero era el Gato Rodríguez (un sanjuanino que luego vino a Gimnasia). Yo le sugerí a Pipo que pusiera al suplente (Narváez) porque si había algún error le iban a caer por ser sanjuanino. Rossi no quiso y lo dejó al Gato nomás. Faltaban cinco minutos y le picó mal una pelota que se coló en el arco y perdimos con ese gol”.

Luego de esa experiencia en La Rioja, Gasparini jugó en el ascendido Chacarita Juniors pero retornó a La Rioja para jugar el Regional junto a Unión. “Arreglé el sueldo con Carlos Menem, que era el gobernador. Me daba una chequera para que eligiera los jugadores con los que quisiera jugar”.

Sin representantes ni nada por el estilo, Amadeo arreglaba personalmente sus contratos. “Arreglaba yo porque los empresarios te sacaban más que lo que recibías. Hoy se maneja diferente, además la plata que se ganaba antes nada tiene que ver con la actual”.

“Es increíble. Yo los veo al Hacha, a Alderete, a la Pepona Reinaldi que fueron figuras en Talleres, que hoy viven de su laburo en la Municipalidad de Córdoba. Antes para comprarte una casa tenías que juntarla en 4 años, ahora con el primer sueldo te la comprás”.

 

 

Mendoza, capítulo uno

Amadeo Gasparini que había enfrentado a algunos equipos mendocinos en los Regionales tuvo su primera vez en la provincia con la camiseta de Huracán Las Heras.

El escritor, historiador e hincha del Globo, Rubén Lloveras lo recuerda así en su libro “Historias de una Pasión”: “Reconocido en la calle, se paraba en las esquinas y le pedían autógrafos, entraba a los bares y tomaba café sin pagar porque siempre había algún hincha del Globito que lo identificaba, en cuestión de horas se hizo el hombre y nombre más famoso de Las Heras”.

 

Varios conocidos del fútbol cuyano: Francisco Omar Vargas, Juan Celani, Juan Yanzón, Ricardo Dillon y Amadeo Gasparini. Abajo: Alejandro Ortiz, Mario Artes y Francisco Amor.

 

El Flaco en yunta con el Loco Fornari conformaron una dupla temible. “Apenas llegué, el Loco me dice: ‘yo te voy a ayudar a ser goleador’. Y cumplió, porque en 19 fechas se hizo presente en la red en 21 ocasiones. 

El Globo no fue campeón, pero Gasparini era el mimado de todos en la institución norteña. “En todos los lados por los que pasé siempre me jugué la vida y en Huracán también fue así. Se enojaron conmigo cuando fui a Independiente, pero cuando estuve en el club, siempre dejé todo”, resume hoy sobre esa etapa en el Globito.

Amadeo pasó de Huracán a Gimnasia, aunque no duró mucho en el Parque porque le salió una oferta para jugar en Canadá.  Allí tendió una amistad con Carlos Rojas, con quien protagonizó duelos en la cancha. 

Eduardo Nazar, el presidente del Lobo en ese momento le rogaba que no se fuera, que le iba a comprar un departamento. Pero se fue nomás al New York Rockets.

Reapareció en Cuyo, con la casaca del Lechuzo, la de Alianza de San Juan para un Regional. Allí tuvo duelos tremendos ante Atlético Argentino en Santa Lucía y en San José y particularmente con Sebastián Cloquell, un rival con el que tendría más de un picotón (ver aparte). “Y eran terribles esos duelos, había que ir al choque con esos muchachos ¿eh?.  Cloquell, Rojas eran tipos ganadores y cuidaban lo suyo. Después afuera de la cancha todo se arreglaba, pero adentro cada uno defendía lo suyo”, dice Amadeo.

 

Te amo, te odio, dame más

Era 1992 e Independiente Rivadavia quería cortar la sequía de 15 años sin títulos. De la mano del famoso Petiso Martínez (un empresario vinculado al club del Parque) llegaron varias figuras como Ariel Paolorrosi, Juan Carlos Minotto, Luis Escobedo, Daniel Oldrá, Osvaldo Coloccini y también Amadeo Gasparini que se mixturaron con buenos valores de la casa como Canedo, Juncos, Magallanes, Garín, Nicotra. “En todas las canchas nos cantaban los 15 años sin títulos. Le ganamos en el estadio la final anual a Godoy Cruz (que ganó el Clausura) y terminamos con ese asunto. Con Martínez todo terminó mal, nunca me pagó lo que me prometió”. 

En el fixture del Torneo Apertura, la Lepra tuvo que ir a enfrentarse contra Huracán Las Heras en un General San Martín lleno de bote a bote. Los Pumas del Norte, sintiéndose traicionados, dolidos por ver con la casaca rival a su reciente ídolo Gasparini, no pararon de insultarlo y los de la Lepra de ovacionarlo. Folclore puro. Amadeo ese día estaba de suplente, aunque no paraba de hacer gestos a los hinchas del Globo y de besarse la casaca azul. 

 

 

“Le dije a técnico que me pusiera, quería jugar unos minutos. Apenas calenté me tiraban de todo y puteaban. Me llegó un centro de Minotto e hice el gol de cabeza. Salí corriendo hacia la mitad de cancha y me bajé los pantalones y le mostré la cola a la hinchada de Huracán ¡Para qué! Tiraron el alambrado abajo, y me vine para el lado de Independiente. Se me acreca un patrullero, pensé que me venía a proteger, me cagaron a palos en el móvil, me decían: ‘bajate los pantalones acá’. Me llevaron a la comisaria 36 de Las Heras. Hacía un frío tremendo. Al lado mío, en el calabozo, había dos caballos y en otra celda unos hinchas de Huracán presos, que me puteaban y decían que me iban a matar. Le digo al policía: ‘che porque no me sacas los caballos esos que cagan y mean delante mío’. ‘No, están detenidos porque se metieron en una plantación de gladiolos y claveles y el dueño los denunció’. Estuve ese sábado y el domingo preso, el lunes me liberaron. No me olvido más”

El hecho parece insólito y mucho más que ningún dirigente o abogado intercediera por su situación. “Nooo, que iba a haber. Si el fiscal y el comisario eran hinchas de Huracán, no era fácil. He vivido cosas lindas y feas y esa lo fue”, cuenta Gasparini.

 

 

Para el presidente que lo mira desde el palco

Se dio varios gustos. Volver a Primera División con la casaca de Talleres y la de Rosario Central, de convertir goles importantes para ambos clubes, e inclusive con la del Canalla, facturar ante Newells.

En Talleres, protagonizó otra anécdota antológica, nada menos que con Carlos Saúl Menem, presidente de la Nación en ese momento. “Jugábamos contra el River de Menotti, en el Monumental. El empate nos servía para la Liguilla pero a ellos los dejaba lejos de la lucha por el campeonato. Nos dirigía Saporiti que era amigo del Flaco y que nos reunió en el vestuario a Chazarreta, Apud, Nannini, Victor Hugo Heredia pidiéndonos que tratáramos de no ganar el partido, para no perjudicarlo a Menotti.  Para ellos jugaba Passarella, el Pipa Higuain (papá de Gonzalo). La cuestión es que tiré una pared con el Turco Apud y Adolfino Cañete, quedé frente a Angel Comizzo, le amagué para un lado y convertí el gol del triunfo. Corrí hacia el palco del Monumental adonde estaba Santilli (el presidente de River en ese momento) y Menem, que recién había asumido como presidente, haciendo la V de la victoria. 

“En el vestuario, vienen dos osos a buscarme, yo me estaba cambiando. me agarran de los brazos y me dicen que Menem quería verme. ‘Eh Amadeo ¿la V de la victoria fue el gol?’ me preguntó Carlos. ‘Nooo, doctor, era un saludo a usted porque salió presidente”, le dije. Tenía una buena relación con Menem, de cuando jugué en La Rioja. Muy buen tipo. A varios jugadores les hice ganar plata y que tuvieran una casa”. 

 

Junto al exmandatario Carlos Menem, con quien mantuvo una muy buena amistad.

 

Volvió a jugar en Canadá, en Perú, en San Martín de San Juan y hasta retornó a la Lepra, en donde fue uno de los protagonistas del triste 10 a 1 que sufrió el azul ante Juventud Antoniana en Salta. “Me dolió mucho, no sé que pasó”, asevera.

Jugó hasta los 40 años, era un tipo que se cuidaba mucho y no tuvo lesiones importantes en su extensa carrera. 

Sin embargo, le tocó padecer un montón de lesiones juntas en un accidente vial que sufrió hace ocho meses. Encima unas semanas después falleció su compañera de toda la vida.

“Tengo un camión con el que hago transportes de mercadería hacia Córdoba, se me cortó la dirección y choqué contra un puente. Con la palanca del embrague me rompí la tibia, el peroné, el empeine y me fisuré un pulmón”, cuenta en su párrafo final, Amadeo Gasparini, quien el próximo 18 será intervenido quirúrgicamente, justo una semana antes de su cumpleaños número 61. El trotamundos espera ansioso la revancha, mostrarle el culo a los sinsabores y ser fiel a su convicción y destino de seguir haciéndose camino al andar. 

El recuerdo de Sebastián Cloquell: “El Flaco era un adelantado porque entraba con zapatos blancos las medias caídas, el pelo teñido a la cancha. Te estoy hablando de 35 años atrás.  En un Alianza- Argentino nos dimos durísimo. El abrió el codo y me rompió el pómulo, a la jugada siguiente saltamos a cabecear y con la cabeza le corté la nuca. No parábamos de sangrar los dos. El día que se bajó los pantalones le largué una piña. Teníamos esos duros choques, pero era un gran rival, un tipo de jerarquía que no le podías dar ventajas”.

El recuerdo de Carlos Rojas: “Era espectacular. Cuando lo dejabas girar en el área perdías como en la guerra. Era de esos jugadores que sabían jugar con el físico, de espalda al arco. Tocaba y se desmarcaba y perdías si lo dejabas recibir y se daba vuelta. Estuvo con nosotros en Gimnasia y cuando se fue le hicimos un asado de despedida”.

 

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