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|23/06/20 05:58 PM

El extraño de pelo largo

Congeló a media ciudad con aquel zurdazo. Un fuera de tiempo. Un sismo de grado 8 en la Escala Mercalli. Un chori atragantado en la boca del Lobo. Una empanada chirriante pegada en la lengua. Una luz cegadora. Un disparo de nieve. Un testigo de Jehová tocando el timbre a las tres de la tarde.

El compadre de tu viejo que le cae de visita justo cuando tu papá te prometió llevarte a jugar a la plaza. Una rosa de los vientos que nació de una serie de rechazos destartalados por vía aérea. Un gol feo para los triperos pero objetivamente bonito para los que no sufrieron esa cuchillada en la piel de Lobo. Un ejemplo de coherencia a la tensión y el poco el fútbol de aquella final. Una conversión que hoy haría las delicias de un delantero de selección. 

Pelotazo deshilvanado desde el área de Gimnasia a la de Independiente y un rechazo del Morrón Rotchen contra las cuerdas gimnasistas. Un nuevo renuncio a la concentración y el desorientado marcador de punta izquierda que piensa que llega, pero no llega ante el apercibimiento del flaco Cagna, que todavía se parecía más al de Argentinos Juniors que al que luego jugaría en Boca. Y pone un poco de sensatez entre tanto maltrato de balón, en esa secuencia de quince segundos. Derechazo, chanfle a media altura para que la Chancha Mazzoni la puntee al ángulo. Sí, gol. Discretamente celebrado por el muchacho de cachetes colorados y pelo largo recogido con un colin. 

“No lo festejé por respeto a la gente de Gimnasia. Hice goles en la supercopa con Independiente y también jugando en Francia, pero cuando algunos me reconocen me recuerdan por ese gol”, suele decir el antihéroe en esa macondiana tarde platense.

Detrás suyo esperaba por si acaso el tal Silverio Penayo, que años vendría de refuerzo al Tomba y en una de esas capaz que la tiraba afuera y hoy la historia sería diferente. Pero es una suposición. Y el desconcierto de Dopazo, del flaco Morant, del arquero Noce, del Chaucha Bianco que aunque sabían que faltaba todavía para que terminara el partido, presienten que ese gol será lapidario, que tiene sabor a nada, que la sal no sala y el azúcar no endulza. Que se esfuma el sueño de dar la vuelta olímpica, la que miles de Triperos soñaban y acariciaron. 

En Rosario, el Gallego González saltó mejor que nadie y marcó para San Lorenzo.  Uno a cero ante Central y la vuelta olímpica en el Gigante de Arroyito. El título del Clausura quedaba para los Cuervos después de 21 años de espera. A casi 355 kilómetros de allí, en La Plata, una vuelta a casa sin consuelo, en diagonales de la nada. Era casi la noche del 25 de junio de 1995 y el Bosque desencantado. Por culpa de un extraño de pelo largo, recogido con un colin.