|25/11/20 09:03 PM

El eslabón ganado entre el Charro y Messi

Diego era como un Truman Show. A través de sus movimientos y su imagen, vivíamos intensamente sus propias pasiones

Era tanto lo que mis tíos y mi papá me hablaban sobre la calidad del Charro Moreno, que un día miré al cielo y maldije por la mala suerte de haber llegado tan tarde al reparto de emociones.

“Puta que lo parió”, rumiaba por adentro, consciente de que nunca tendría la posibilidad de ver a un Genio semejante jugando en un campo argentino. 

No deben haber pasado muchos años. Acaso dos o tres, desde aquel día. 

Como por arte de magia, en Córdoba sucedió un hecho singular. De acuerdo a una crónica deportiva un pibe llamado “caradona” (SIC), había ingresado en Argentinos Juniors y en su primer contacto con la pelota le había metido un caño a un tal Juan Domingo Patricio Cabrera, de Talleres de Córdoba. Aquel túnel fue como la primera invitación al universo "maradoniano".

El pibe de pelito ensortijado, pisaba el suelo de primera con un gesto técnico pleno de confianza y de fútbol. 

Gestos como esos, comenzaron a generar un fenómeno natural. La humilde cancha de Argentinos Juniors comenzaba a poblarse de hinchas del fútbol, más allá de los del Bichito Colorado.

Y claro, la identificación y la empatía con Diego también empezaba a ser natural.

Él hacía mucho para que fuera así. La rompía en la cancha, a punto tal que el Flaco Menotti lo convocaba a un amistoso contra Hungría. El pibe entró unos minutos para deleite de los que ya no solo hablaban de las cualidades pretéritas del Charro Moreno sino también de O Rei Pelé.

Con esa empatía que le teníamos, hicimos fuerza para que metiera algún caño en ese duelo ante los húngaros en la Bombonera.

Y nos dolió igual que a él cuando Menotti lo dejaba fuera de la lista de 22 en el Mundial de Argentina.

Y lagañosos y felices nos abrazábamos con nuestros compañeros de clase, tal como lo hacían el propio Diego, Barbas, Juan Simón y Ramón Díaz en el Mundial Juvenil de Japón del 79.

De la misma manera, lloramos de impotencia y sentíamos ese mismo delirio persecutorio cuando un tal Gentile lo golpeó a rajatabla en España 82’.

Nos pusimos felices como él, cuando lo vacunaba cuatro veces al Loco Gatti, quien le había querido bajar el precio de su calidad, tildándolo de gordito.  

Se fue un día a Barcelona. Nos dolió ¡y cómo! por esa patada criminal del vasco Andoni Goikoetxea.

Era nuestro héroe hecho carne. El pibe que salió de una villa y llegó a Primera. Y era el mejor del mundo. Teníamos la empatía activa por su argentinidad al palo. 

Afuera de la cancha o adentro de ella, nos compungíamos y nos emocionábamos, llorábamos de dolor y de felicidad, por obra y gracia de su estado de ánimo.

Un día rabiábamos como él, porque el peruano Reina se le colgaba del cuello para no dejarlo jugar. Pero también nos sumaba a sus nuevas vivencias a full...

Fijate sino, recibimos de Enrique y encaramos, dejamos atrás una parva de ingleses y la tocamos al arco antes que Shilton llegara a amasarla. Nos poníamos en modo Diego, pero sin él como eje fundamental, era imposible.

Como tampoco hubiese sido posible festejar otras dos veces ante Bélgica y meter una asistencia perfecta a Burruchaga. Diego nos permitía ponernos en la piel de campeones del mundo.

Diego era como una suerte de Truman Show (1). A través de sus movimientos y su imagen, vivíamos intensamente sus propias pasiones, goles y desventuras, aunque quien le ponía el cuerpo no éramos nosotros.

Nos convidaba a putear como lo hacía cuando silbaban nuestro himno. O sentíamos también que ese tobillo en llamas era patrimonio nacional, luego de meter el quirúrgico pase a Caniggia en el gol contra Brasil en Italia.

En ese 1990 fuimos los jugadores número 12, tras la inolvidable eliminación a los italianos...

Nunca, pero nunca, habíamos llegado a una identificación plena con un futbolista, pero mucho más que ello; con un portador sano de emociones. Las suyas y las nuestras.

Con su voz autorizada y apasionada denunció a la FIFA; quiso hacer un sindicato de futbolistas y se lo facturaron. Y lo padecimos en esa expulsión del Mundial del 94’.

Y sí, claro que también sufrimos cuando el héroe caía enfermo. Y nos calentábamos más aún cuando la prensa basura escarbaba en el lodo.

Maradona no pretendía ser ejemplo de nada. como ninguno de nosotros. ¿Quién se atrevía a tirar la primera piedra? El D10S caía, pero se levantaba. Resucitaba tras cada nuevo calvario, establecía su pos crucifixión.

Y esperábamos un  nuevo milagro. No puso ser. Diego nos dejó un legado en un país en que el fútbol es un hecho cultural: conservar la empatía por quienes son capaces de ser felices con una pelota, una canchita y dos arcos. Los  juguetes preferidos y la ilusión desde pibes. 

Gracias Diego, el eslabón ganado entre el Charro y Messi.

(1) Célebre película de Peter Weir, interpretada por Jim Carrey.