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El abuelo del Víctor

Y el Victor Andrés un día llegó a Primera. Y lo vieron jugar sus abuelos y sus viejos y hermanos. Los que lo acompañaron desde chico en esos pocos pasos y en el sueño grande

"Pegale de chanfle, como te enseñó tu abuelo”, escuchaba cada tarde el Andrés, en esas tardes de Baby Fútbol en la canchita baldosera. “Hacele caso al Felipe”, le repetía don Baena, al payito de rulos desordenados y cachetes colorados.

El nieto de uno de los carpinteros del barrio, don Felipe, (el otro, don Luis, amigo suyo vivía sobre la calle Saravia), había cruzado por primera vez, junto a él hasta la cancha de enfrente de su casa. Y con él, sumó horas de pasiones y de canchas junto a la Academia. Y jugaba de “delantero”, con las ganas del hincha que quiere vestirse de Primera. Como el Negro Moyano o el Beto Acosta, sus ídolos. Y seguir la zaga familiar, la de abuelos, padres y tíos que están en el árbol genealógico de la institución. Atados al sentido de pertenencia, como muchos otros.

Y el Victor Andrés un día llegó a Primera. Y lo vieron jugar sus abuelos y sus viejos y hermanos. Los que lo acompañaron desde chico en esos pocos pasos y en el sueño grande. En el de salir de su casa y cruzar la calle Mitre. Y la de entrar a la cancha.

“Yo no soy ídolo como lo fueron el Turco, el Liche o el Quique (Los tres Luceros que iluminaron la Academia). Pero el amor que yo le tengo, está demostrado es infinito, suele decir.

Sus familiares y amigos lo sorprendieron una tarde. “Vení, vamos a dar una vuelta”, le dijo su hermano Diego. “¿Para qué? Estamos en cuarentena, no da para salir”, contestó el Víctor Andrés.

Lo convencieron. Con barbijo, respetando los dos metros de distancia y sumamente curioso fue hasta la calle Manuel A. Sáez. La misma en la que tantas veces fue a buscar esa dichosa pelota que se salía de la cancha y rara vez regresaba por la obra y gracia de algún ventajero.

Esta vez no era para la búsqueda de la pelota perdida. Era una sorpresa de esas que resuenan debajo de la camiseta albiceleste que hoy sigue portando en su corazón. Se detuvo sobre una de las paredes de la cancha, justo en donde reposa la popular Norte. Allí estaba reproducida su imagen en tiempo y forma de cuando era jugador de Primera en Aquel Atlético. La ilustración de una fotografía que salió en el diario Los Andes. Captado por un fotoreporter, allí quedó el Andrés con la boca llena de gol. Seguro que se la sacaron en viaje hacia la platea, allí donde estaba su familia y el Tata Felipe, allí sentados en el maderamen histórico. La postal de ese domingo que le clavó un golazo a un equipo cordobés desde casi media cancha. Con corazón, convicción y de chanfle. Tal como se lo enseñó el Abuelo.