Mendoza, Argentina
Godoy Cruz, Mendoza, Argentina

|19/05/20 08:44 PM

Debió llamarse Eusebio

Esta historia quizá está basada en hechos reales...

No es muy común que un registro civil abra los días sábado, incluso en la década de 1940. Pero ese sábado 7 de agosto de 1948, el registro civil del Algarrobal había decidido atender a los vecinos del lugar. Ubicado en la calle Aristóbulo del Valle y General Paz, del populoso, por ese entonces, distrito lasherino, don Fulgencio Cáceres, funcionario público del lugar, decidió atender de 8 a 14hs. Quería compensar los 8 días que estuvo cerrado el recinto, debido a “reparaciones y modificaciones que embellecerán la fachada y brindarán comodidades para su población”, según rezaba el cartel publicado en la puerta.

Entonces, ese primer sábado del mes de agosto, como a eso de las 12.30 apareció Patricio Rodríguez, un vecino de la calle Presidente Quintana. Lo llamativo fue que ingresó con una angarilla, con su radio a batería adentro. En esa época, las baterías eran bastante más pesadas que las actuales por lo que resultaban bastante pesaditas, transportarlas en las manos. A viva voz se escuchaba el magazine de los sábados. “¿Qué pasa Patricio? ¿A qué has venido? ¿Por qué estás escuchando la radio?”, las múltiples preguntas con algo de fastidio de don Fulgencio, pusieron incómodo a Rodríguez que era vecino del trabajador público. 

-Es que vengo a inscribir a mi hijo, don Fulgencio, se acuerda que le comenté que vendría hace como un mes cuando Rosita estaba embarazada”, comentó algo sonrojado Patricio. “Bueno, ayer dio a luz y hoy vengo a darle mi apellido”, agregó esta vez mostrando orgullo en su voz, por su calidad de padre de familia. 

-Sí, ahora me acuerdo, pero ¿para qué has traído la radio?

-Es que con mi mujer no tenemos decidido el nombre de mi hijo y como a mí me gusta correr. No sé si me ha visto, trotando por las viñas, vio para el Algarrobal de Abajo… 

-Sí mijo, pero ¿qué tiene que ver la radio? -interrumpe quejoso don Fulgencio-. 

-Es que ahora mismo están corriendo la maratón en los Juegos Olímpicos de Londres y vio que tenemos tres argentinos, el Eusebio, que es mendocino, de Rivadavia. Yo lo conozco porque hace unos años me inscribí en una carrera y la ganó él, no sabe cómo corre…

 -Bueno, pero no seas tan detallista y respóndeme la pregunta -le cortó la verborragia a Patricio, don Fulgencio-.

 -Como le estaba diciendo…, el Eusebio, corre con Delfo Cabrera y Armando Sensini y como los tres tienen posibilidades de ganar, hemos decidido con Rosita, ponerle el nombre del ganador o del argentino que llegue en mejor posición a nuestro hijo.

 -Bueno mijo, pero ponela más despacio a esa radio, que me alborotás a la gente- volvió a reprocharle don Fulgencio, mientras le hacía el cambio de domicilio a doña Marta Vitale, flamante vecina de la zona. 

La histórica tapa de El Gráfico con Delfo Cabrera.

Al rato se escuchó, “Pase el 12”, gritó desde su oficina don Fulgencio. Era el número de Patricio. 

-Espere don Fulgencio, que todavía no termina la carrera. “Guíñez va entre los primeros. Sensini marcha más retrasado y Cabrera se encuentra entre los últimos”, contaba el periodista enviado especial de El Gráfico y el magazine de los sábados, Félix Frascara. 

-Ahí está mijo, ¿escuchó?, Guíñez va entre los primeros, póngale Eusebio y listo. 

-No, don Fulgencio, todavía falta para el final, siga atendiendo y guárdeme el turno. 

Al rato, volvió a desocuparse don Fulgencio

 -¿Y Patricio, le ponemos Eusebio? 

“Atención que pese al calor reinante, Delfo Cabrera acelera sus pasos y se mete en el pelotón”, cuenta Frascara.

-Espere que ahora se está adelantando Delfo.

-Entonces, ¿le ponemos Delfo?

“Notable carrerón de Guíñez, para situarse en el tercer lugar de la carrera. Que desgaste está haciendo”, transmite con euforia la voz emocionada de Frascara. 

-Nooooo, ¡póngale Eusebio!

 -¿Seguro? 

“Llegando al estadio, aparece en la pista el belga Gailly, pero atención que se lo ve vacilante y débil. Un momento, ese morrudo que bracea tan rápidamente parece un argentino, sí ¡Es Cabrera!”, interrumpe a viva voz la transmisión radial. 

Todos emocionados en el registro civil empiezan a gritar y alentar como si estuvieran en el mismísimo estadio de Wembley. 

“Y lo pasa y va a ganar…y lo logra….Delfo es medalla de oro”, vitorea con emoción Frascara. 

“Sí viva Delfo”, “¡¡¡DELFOOO!!!”, “¡¡¡DELFOOO!!!”. 

Y ya no había dudas, ese bebé se llamó Delfo Rodríguez. El orgulloso padre no se cansaba de alardear con el nombre de su hijo en cada reunión o diálogo que tenía con los vecinos del lugar, ya que llevaba en sus letras al deportista de moda. Una reunión de atletas unos meses después, del logro de Cabrera, reunió a Patricio con el presidente de la federación mendocina de atletismo, el doctor Julio Montivero, testigo privilegiado de la hazaña Argentina en Londres.

 Patricio no pudo evitar contarle a Montivero el momento de la decisión del nombre de su hijo. Apenas terminó la anécdota, el doctor le replicó: “Como testigo de tal proeza me veo en la obligación de confesarle algo Patricio, que no le he dicho nadie. Y tiene que ver con Eusebio. La carrera de nuestro Guíñez fue admirable. Desde un principio intentó tomar el liderato porque sabía que el coreano y el belga Gailly no iban a perderle pisada. El plan fue desgastarlos”.

“Eusebio se sacrificó físicamente para cubrirle la espalda a Delfo. Y lo logró porque al belga lo hizo fundirse en la entrada al estadio. Entonces, ahí Cabrera, que tampoco le quito ningún mérito, aprovechó su resto físico y lo pasó por arriba al belga en la última vuelta”, contaba con gestos ampulosos ante la atenta mirada de Francisco y algunos curiosos más que se habían sumado al interesante relato.

“Pero te confieso algo, y no porque lo conozco, sino porque lo viví en carne propia: Eusebio merece el mismo reconocimiento que Delfo… Pero la gente solo recuerda a los ganadores”.

Y las frases se quedaron instaladas por siempre en el preconsciente de Patricio “Eusebio merece el mismo reconocimiento que Delfo”. “La gente solo recuerda a los ganadores”.

A partir de ese día, cada vez que escuchaba que nombraban a su hijo, o incluso cuando él mismo debía pronunciar su gracia, Patricio repetía en voz baja, "Debió llamarse Eusebio”.