|16/11/20 07:44 PM

Con la frente marchita

“Tiene toda la técnica y habilidad para romperla afuera”, escuchaba que decían sobre él, siendo un pibe. Aquella hipótesis de que para ser un verdadero triunfador, para llenarse de guita,  hay que ir a jugar al extranjero. Y por eso agarró un primer ofertón y partió a Rusia.

Acá en la Argentina la rompía y era el mejor, si hasta le había hecho un golazo a Alemania en un amistoso jugando un amistoso con la albiceleste, pero como no jugaba en España o Italia no era considerado un ganador. Ser el crack de Boca o River, era de “cabotaje” según la curiosa mirada del 'errorismo' mediático. Si no se consagraba como uno de los jugadores más jerarquizados del planeta (en dinero) no calificaba. Lo llamaban el Pelé blanco, el Maradona dos y seguro que lo era, tanto como inclasificable. 

Y volvió después de varios años, transitando por clubes clase B. Paradójicamente los mismos que le decían que Ezeiza era la mejor salida de Argentina, que no calificaba como futbolista sino se exiliaba, ahora lo recibían bajo sospecha. “Sí, ganó campeonatos… pero económicos, los de Malta, Liechtenstein, Puerto Rico, México, Francia o acaso en la serie C de España o de Italia. Para eso se hubiera quedado en la Argentina…”, fue la bienvenida que le tributaron en las redes sociales apenas se rumoreaba sobre su retorno…

“Si querés venir a divertirte, hacelo en la cancha de tu quinta”, escuchó de un verborrágico hincha en una transmisión partidaria por Internet. 

No le daban respiro.

En eso pensaba antes del silbato inicial del que sería su primer y último partido. Aquel otrora jugador de fineza, la perla atlántica que el mercado exportador envió al extranjero volvió, pero limado con las mañas propias y ajenas. Con más talento en la cuenta bancaria que con ese mentiroso número diez pendiendo en su espalda. 

No llevaban dos minutos de encuentro y vio como el rival, con sagacidad le afanaba a su antigua amiga, con la que trataba de recomponer el diálogo y el tiempo perdido. 

Un pibe de casa azul y blanca, como si nada, sin mucho esfuerzo le robaba su juego de la niñez, su primera almohada, su osito de peluche en verano e invierno. Su pan de pobre. Y con la que por ella (o más bien en nombre de ella) se había llenado de plata. 

Hoy fuera de tiempo, de distancia y absolutamente despechado, fue hacia su adversario y le tiró la plancha. Simbólicamente la pelota, tan indiferente a él como desde hace unos años, se fue lejos de su alcance. En un segundo, entendió cuánto había descuidado el trato y las buenas formas de aquel esférico. La pelota se llevaba mejor con otros que con él. 

No esperó… se fue solo de la cancha, con la roja directa detrás…