|19/12/20 06:44 PM

20, 20, el año del cambalache argentino

Para el economista Alejandro Trapé todos los augurios resultaron ser lo más parecido a un padecimiento este año.

La proyección es un pronóstico de diversas variables económicas que parten de un análisis macroeconómico en base a la información estadística del sector real, fiscal, balanza de pagos e internacional.

A partir del análisis de la información se logra entender el comportamiento actual de la economía. Ello permitirá realizar las proyecciones mediante diversos métodos siendo los más usados los modelos de programación financiera y modelos econométricos, entre otros.

En 2020, todos los augurios resultaron ser lo más parecido a un padecimiento. Sumado a la pandemia, la economía se cerró y muchas actividades quedaron prácticamente paralizadas debido a las medidas sanitarias tomadas por el gobierno Nacional y, en nuestro caso, por el provincial.

Así las cosas, ahora la flexibilización promete la reactivación de diversas actividades que tuvieron un año durísimo. Claro, la salud es lo primero y eso nadie lo discute.

Según el economista mendocino Alejandro Trapé “el 2020 nos ha alterado, en muchos aspectos nos ha superado y en muchos casos también nos ha hecho pensar y mirar la realidad con ojos nuevos.

El profesional, enfocado en las proyecciones para el próximo año definió que “descubrimos cosas en las que no habíamos reparado: a muchas familias no les alcanza para comer, muchas personas trabajan en la informalidad y en forma precaria, los maestros y los médicos en hospitales públicos cobran mucho menos que los políticos y sus asesores”, compara. 

 

 

Y continúa con su pensamiento sosteniendo que “en la casa no se aprende igual que en la escuela, el fútbol es un inmenso negocio a nuestra costa y que lucra con nuestra pasiones, que leemos poco o nada, conversamos poco con nuestros hijos”.

Y completa la realidad opinando que “muchos medios tergiversan y bajan línea, los argentinos somos poco proclives a respectar las reglas, le creemos muy poco a nuestros gobernantes (aún recién electos), somos solidarios pero también muchos hacen negocios con el sufrimiento y la necesidad ajena”.

Sin embargo considera que “estas cosas no empezaron en 2020.  A muchas este año las vimos pero vienen de antes, de décadas, este cambalache no es de ahora”.

También aclara que “ya en 1934 la obra de Discépolo no era prospectiva, era descriptiva. Buscaba despertarnos y ponernos las pilas, pero no lo consiguió. Desde aquel año nos maravillamos con su ingeniosa descripción de la realidad, pero casi un siglo después, seguimos igual (repase la letra y compruebe)”.

 

 

Además Trapé admite que “los argentinos estamos muy enojados con la economía, al punto de no ver o no aceptar que no podría haber sido de otra manera, que este año era imposible crecer o reducir la pobreza”. 

“De tener baja tolerancia a los problemas económicos y exigir siempre resultados rápido bajo la amenaza de cambiar el gobierno por otro menos peor, hemos pasado a tolerancia cero: no perdonar los tropiezos económicos o los titubeos de política económica ni en medio de la pandemia. ¿No es un poco injusto?”, se pregunta.

En tanto aclara: “Pero creo que la cosa no pasa por allí. Los argentinos entienden bien el problema y comprenden que ha sido un año difícil también para quien se encarga de la política económica. Sin embargo, la pandemia nos hizo ver que el problema es más profundo y eso es lo que nos molesta y nos inquieta ahora y hacia futuro. En buena medida tomamos nota del cambalache en que estamos hace tiempo y eso nos ha puesto en guardia”.

Asimismo el Máster en Economía y Políticas Públicas aclara que “el problema está en que todo indica que si bien la tormenta ha mojado a todos, a nosotros nos ha empapado y no nos deja respirar. Y no es sólo una sensación, efectivamente es así. Como tantas otras veces Argentina ha tenido este año resultados económicos que se cuentan entre los peores del mundo, sin que el contexto pandémico nos haya golpeado más que a otros. Mire estos números, tomados del FMI, la Cepal y los mismos países”.

 

 

¿Por qué los peores otra vez?

El Licenciado en Economía –UNCuyo- contesta: “Porque Argentina suma al problema de la pandemia una serie de problemas internos de gran importancia. Se trata de debilidades de larga data e inconsistencias más "actuales", todas mezcladas, como en la "vidriera irrespetuosa" de los cambalaches”.

“Pensando en los aspectos más recientes -la última década- el panorama es complejo: llevamos diez años sin crecer y firmes en el podio de los tres países con mayor inflación del mundo”, reconoce. Y añade: “En los últimos diez años la base monetaria se ha multiplicado por 16,5, los precios se han multiplicado por 17,4 y el dólar por 39,6”. 

Además manifiesta que “luego de tener superávits gemelos -fiscal y externo- gracias a los commodities, hace once años volvieron al rojo y allí siguen. La presión fiscal es la más alta de Latinoamérica y aún así los impuestos no llegan a financiar el gasto público. Nuestro riesgo país, en los últimos diez años ha permanecido en promedio 500 puntos por del conjunto de emergentes. Desde 2011, salvo un par de años de descanso, hemos convivido con cepos cambiarios de distinto grado y aún así la cuenta capitales arroja saldo negativo. A pesar de altisonantes y permanente declaraciones acerca de las políticas de equidad, nuestro GINI es similar al de nuestros vecinos y bastante peor que el de los europeos”.

Y lanza un caro cuestionamiento: “Si a usted le mostraran estos números de la década, sin decirle de qué país se trata, ¿invertiría en él?” 

Prosigue repasando que “en la década no hubo modelo que haya podido encauzar la situación, por una o por otra causa. Somos una anomalía mundial (negativa), porque estos diferentes esquemas en otros países del mundo dan resultado y permiten crecer sin inflación. Pero los argentinos no nos decidimos cuál queremos: votamos y reelegimos al liberalismo y pocos años después votamos y reelegimos al intervencionismo. Descorazonados volvimos al liberalismo y al poco tiempo, descorazonados volvimos al intervencionismo. Y a un año delas elecciones, ya el 27% de las personas cambiarían su voto”.

Al raconto de la memoria agrega: “Pero como decía antes, esto no es nuevo. No comenzó en 2011, ni en 2002, ni en 1989, ni en 1975, ni en 1959, por citar algunos fogonazos que pudieron ser "purificadores", pero no lo fueron. Viene desde lejos, de hace más de un siglo.  Y también desde lejos vienen otros problemas de fondo que se suman a la vidriera.  Sólo por citar algunos”, cita:

“- Los argentinos desconfiamos profundamente de nuestra moneda. No queremos tenerla encima porque pierde valor día a día frente a los bienes y otras monedas. Tratamos de cambiarla con rapidez por bienes o monedas extranjeras y se autocumple la profecía inflacionaria y devaluatoria1. Queremos tener dólares, pero ni nos hablen de dolarización porque eso es perder la identidad nacional, es vendepatria”, reconoce.

“- También desconfiamos de nuestro sistema financiero y ahorramos afuera de él. Entonces el sistema financiero termina siendo chico y caro (no tiene liquidez en que apoyarse). Entonces no sirve para canalizar los ahorros a la inversión privada, sino que sus negocios descansan en lo que necesite el gobierno y en urgencias de los agentes privados que toleran, como pueden, su ineficiencia y absorben su onerosidad”, admite.

“Pero no nos castiguemos tanto: que desconfiemos de la moneda y el sistema financiero no es culpa nuestra. Surge de una historia nefasta en donde ambas instituciones están degradadas por los recuerdos de las mega e hiperinflaciones y de las incautaciones de depósitos en uno u otro formato. Nos hemos quemado tantas veces que dormimos más tranquilos si nos recostamos sobre otras monedas y de ser posible, en otros sistemas financieros del mundo”, consuela.

“- También es cierto que los argentinos somos en su mayoría latinos y nos gusta gastar, incluso por encima de nuestras posibilidades, por eso tenemos déficits comercial y fiscal crónicos. Y que los políticos ni nos hablen de ajuste, porque pierden nuestro voto. En Argentina "ajuste", una palabra que debería tener una connotación positiva pues significa reordenamiento y sinceramiento, es mala palabra. Difícil que un político la incluya en su plataforma y seguramente la señala en la de su rival”, describe.

 

 

Pero considera una verdad comprobable y cotidiana: “Como en economía no hay almuerzo gratis, los ajustes ocurren igual, bajo la forma de inflación, devaluación o recesión, que nos vuelven más pobres y nos obligan a bajar el gasto (un tiempo). Y cuando el ajuste llega (porque no lo dude, nuestra historia muestra que siempre llega) nadie quiere hacerse cargo y se culpa al otro, al anterior, al de afuera, al FMI, a los empresarios voraces, a los gremios voraces, a las multinacionales voraces, a los que no trabajan, a la pirámide poblacional que presiona al sistema previsional, a la pseudo democracia que tenemos o al populismo de izquierda o de derecha que hace décadas tenemos pero que, según decimos, no queremos”.

Y hay más en la información que comparte el consultor senior: “Bastante más en esta vidriera: costos salariales que no llegan a reflejarse en el bolsillo de los trabajadores, impuestos que no se pagan porque financian gastos dudosos y cuantiosos, políticos que son criticados cuando toman deuda y cuando deciden pagarlas, federalismo politizado y que no funciona, justicia vapuleada y cooptada, democracia prebendaria y clientelista, políticos que promueven la "movilidad social" con subsidios en dinero, sistema previsional en donde (curiosamente, según la palabra) nadie sabe cuánto cobrará el jubilarse, corrupción impune que no resiste el menor análisis, riqueza concentrada, educación gratuita que quienes deben trabajar no pueden aprovechar”.

“Todo esto ha ido sedimentando con las décadas y nos ha ido configurando una pobre reputaciónque al final siempre nos pasa la factura. Y por eso siempre nos va peor. Nos dicen que hay que mirar para adelante, pero este cambalache es una mochila muy pesada para caminar y progresar. Y por eso caminamos más lento que los demás: en 1900 teníamos el mismo PBI per capita de los países desarrollados y ahora tenemos un tercio, teníamos cuatro veces el PBI pc de nuestros vecinos latinoamericanos y ahora estamos parejos con ellos”, define.

Retornando al presente año a punto de finalizar reflexiona: “Sin olvidar esta reputación que tenemos y que nos sigue a todas partes, volvamos al 2020. Podría existir un descargo para los malos resultados económicos de este año: han sido causados por políticas apuntadas a minimizar los efectos sanitarios de la pandemia, en particular las de aislamiento obligatorio. Es decir, la recesión y el desempleo tienen contrapartida en una menor cantidad de contagios y muertes, el endeudamiento y la emisión de dinero en 2020 tiene justificación por haber dispuesto de recursos para combatir eficazmente al covi19. En tal sentido podríamos pensar que tal vez Argentina haya tenido que soportar estos pésimos resultados económicos para poder alcanzar mejores resultados sanitarios”.

 “Pero no es así: nuestros resultados sanitarios han sido muy malos y también en ese ámbito estamos, otra vez, entre los peores del mundo. En un total de casi 200 países, somos el décimo en cantidad de contagios, undécimo en cantidad de muertes y nuevamente décimo en contagios por habitante. Y esto sí ha sido impericia y debe señalarse como tal”, contesta.

Y concluye: “Frente a estos tristes resultados sanitarios y económicos muchos piden: "¡por favor... que termine este 2020!". Bueno sí, va a terminar en unos días. Como en su momento terminaron 1934, 1975, 1982, 1989 y 2002. Pero piense que justo cuando termine 2020 empieza 2021 y los problemas (viejos y nuevos) van a seguir ahí. Incluso en algún momento va a terminar la pandemia (espero).  Pero el cambalache argentino tiene cuerda para rato y nos guste o no esta afirmación final, nuestra reputación como país está intacta, siempre lista para pasarnos la factura”.