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Se cumplen 200 años del fusilamiento de José Miguel Carrera

Tras su derrota en la batalla de Punta de Médano, el caudillo chileno fue pasado por las armas junto a dos de sus lugartenientes por orden del gobernador Tomás Godoy Cruz

En septiembre de 1821, un puñado de mendocinos participó de un hecho importante en la historia: el fusilamiento del legendario caudillo chileno José Miguel Carrera, quien en 1814 había llegado al territorio del Río de la Plata.

Controvertido y violento, Carrera se había peleado con O'Higgins y San Martín cuando éste era gobernador de Cuyo, y años después se había unido a los caudillos durante la llamada anarquía del año 20. 

Algunos historiadores, el juicio y fusilamiento de Carrera se lo adjudican al General San Martín, pero existen documentos que dicen lo contrario. 

Así sucedieron estos acontecimientos que conmocionaron a los mendocinos de aquel tiempo.

 

La independencia y la anarquía

La situación política y económica de la incipiente nación era extremadamente complicada.

Existía en el territorio un verdadero caos. Los caudillos Estanislao López, de Santa Fe; Francisco Ramírez, de Entre Ríos, y Juan Bautista Bustos, de Córdoba, dominaban con sus montoneras sumiendo a la nación en una total anarquía. 

A éstos se le sumó otro, de origen chileno, llamado José Miguel Carrera quien participaba activamente. Su objetivo era llevar esta misma anarquía a Chile. Con unos 400 hombres aproximadamente, Carrera se dirigió hacia Mendoza.

La noticia de la invasión al territorio produjo una conmoción en todo el pueblo mendocino. Se podía escuchar en las calles, las tiendas y los cafés el comentario de lo que significaría si el “chileno” entraba en la ciudad. Muchos hablaban que venía a vengarse de la muerte de sus hermanos, fusilados unos años antes.

En estas circunstancias, el gobernador de la provincia, Tomás Godoy Cruz, se preparó para enfrentar a la montonera invasora e inmediatamente convocó al coronel José Albino Gutiérrez y al comandante Manuel Olazábal para que repelieran el ataque.

 

La batalla de punta de médano

El enfrentamiento era inminente. Así fue como el 31 de agosto de 1821, en el lugar denominado Punta de Médano, se libró la batalla entre los defensores de Mendoza y el caudillo de Chile. Fue un encuentro sangriento y el resultado fue una aplastante derrota de las tropas de Carrera. 

Al finalizar la batalla, una pequeña división al mando de Olazábal persiguió al diezmado ejército de Carrera. Dos días después, don José Miguel fue tomado prisionero y llevado a la ciudad con otros jefes y oficiales a su mando.

 

Juicio y castigo a los culpables

La ciudad de Mendoza se mantuvo expectante y un público curioso se congregó en la Plaza Mayor y sus calles aledañas para poder ver al mítico José Miguel Carrera engrillado en su caballo y acompañado por algunos de sus más íntimos colaboradores. 

Muchos vecinos, al verlo pasar, lo insultaban. Al llegar al Cabildo fue encerrado con los demás adictos a su partido.

De inmediato, en el despacho del gobernador se formó un consejo de guerra presidido por el doctor Tomás Godoy Cruz, Nazario Ortiz y Pedro Nolasco Videla. 

A los rebeldes se les designó un defensor, pero renunció antes de ejercer el cargo. El final de los invasores parecía sellado. 

Pero el gobernador Godoy Cruz, unas horas antes de la ejecución de los caudillos, y sin razón aparente, indultó a uno de los seguidores de Carrera, el coronel Benavente.

 

 

Salvado por un pelito

En la cárcel del Cabildo de Mendoza se respiraban aires de suma tensión; faltaban unas horas para la ejecución de Carrera y sus seguidores. 

En uno de los calabozos, el caudillo chileno se encontraba sentado en una cama tendida en el suelo. Tenía las piernas estiradas fuera de ella, engrilladas, y su cuerpo estaba cubierto por un poncho. José Miguel se veía muy sereno comiendo una sandía. 

Mientras tanto, el coronel Benavente estaba sentado en otra cama, engrillado y llorando, temiendo la muerte.

A los pocos minutos se sintieron los pasos de algunos soldados que acompañaban al comandante Olazábal, quien se paró en la celda de los presos e hizo llamar a Benavente. El comandante entró al calabozo y le comunicó que el gobernador le había perdonado, pero que debía marchar a Chile para ser juzgado. 

Mientras tanto, Carrera agradeció al oficial por haber salvado a su amigo de la muerte. Entonces, el comandante Olazábal se apiadó del líder chileno y prometió salvarle la vida.

 

Una promesa sin cumplir

El comandante Olazábal intercedió ante Godoy Cruz para que indultara al invasor chileno, a fin de que se honrara su reciente promesa. Tras una discusión acalorada, el gobernador aceptó sin estar muy convencido. 

El joven militar partió, entonces, hacia la cárcel una hora antes de que se cumpliera el ajusticiamiento. Al llegar, le comunicó a don José Miguel la “buena nueva”.

El pelotón de fusilamiento se estaba formando en la plaza para ejecutar sólo a Álvarez y a Monroy, pero de pronto entró en escena el padre Benito Lamas junto al mayor de Plaza, Gabino Corvalán. Algo había cambiado en la mente de Godoy Cruz y estos hombres eran los responsables de dar a conocer el giro en la decisión final: Carrera debía morir. 

Tras la charla con Olazábal, el gobernador pidió asesoramiento al coronel Gutiérrez y finalmente cambió de parecer y optó por fusilarlo.

 

La suerte estaba echada

A las 11 de la mañana, don José Miguel Carrera salió de su celda tranquilo y se encaminó hacia el lugar donde lo fusilarían. A la voz de fuego, se escuchó un estruendo.

Después del fusilamiento, las tropas desfilaron ante los cadáveres de Carrera, Álvarez y Monroy. Un piquete con filosas cuchillas cortaron la cabeza y las manos del principal caudillo y sólo la cabeza de los otros.

Posteriormente, sus cuerpos se depositaron en el convento de la Caridad, donde fueron inhumados. Después, Javiera, hermana de los caudillos Carrera, repatrió los restos. 

Los restos llegaron a Chile en mayo de 1828 y en la actualidad descansan en la Catedral de Santiago.

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