|31/12/20 09:11 PM

Ratas, la transformación

El presente cuento inédito está inspirado en una serie pictórica de la artista argentina Candelaria Silvestro.

En un instante el joven se decidió y huyó con un bulto entre los brazos. A su hermano bebé le habían comido las yemas de los dedos las ratas. Fue durante el llanto que no sugería solo un abandono. Nadie había sospechado que había sido por las mordidas. 

La madre, hastiada de la soledad, lo había abandonado para sumergirse en su gozo semanal. 

El instante de placer le hizo olvidar a la mujer, por un momento, el dolor de su alma enfriada. Y la virtud del acto sexual se plasmó en pequeñas horas sin obligaciones. 

La sucia juventud sin asistencia la reemplazó con caricias forzadas. De esas que sangran cada tanto. 

 

 

A veces lloraba, lloraba y lloraba. En un matorral de espinas. Ahora el joven lo supo. Había llegado el momento de abandonar la Ciudad y dejar la cuchilla bajo la almohada. Muchas veces había pensado en herirse para reemplazar un dolor por otro.

“Juanita, Juanita”, seguía oyendo en su cabeza el grito nocturno en la pieza contigua. Su Tato, mirando el techo infinito se había dejado morir. Y ese futuro lo espantaba. El doloroso recuerdo de sus abuelos era uno de los que había sellado su mente al borde del abismo. Hacia la locura.

Aún tenía en la mirada extraviada la imagen de su abuelo dando el último suspiro. Buscando refugio en lo lejano. Con los ojos a punto de secarse. En un momento inolvidable, como crisálidas, se llenaron de pelusas. 

Y en ese instante paró la carrera. Irguió retinas y observó el desierto. Caballos solitarios. Viento y polvo. Una rueda de bicicleta tirada. Advirtió los aromas magníficos del Tomillo y la Jarilla. Se reconfortó en su miseria. 

En un minúsculo instante olvidó el caos que era su vida y la de su hermano. De a poco la desesperación se disipó. Se calmó y dejó de sentir ese insoportable estertor en el cuerpo. Y apreció la organización de las pequeñas criaturas de Dios. Antes, una mosca caminando por su rostro lo hubiera espantado.

 

 

Olor a tierra y agua. La vida. Degustando el sabor de saber sorber. Las uñas espina raspando la tierna raíz de un aromo. Allí las ratas no se escondían como en la Ciudad. No estaban contaminadas, le pareció. 

Miró la arena que circundaba la superficie hasta sus pies ennegrecidos. El bulto en sus brazos suspiró. La tierra dominaba la vista. Temía que la nueva e inusual batalla pandémica lo hubiera empujado hasta ese punto. La más aterradora de su historia ahora era su justificativo. 

Probó la humanidad de su cuerpo. En el fondo del pensamiento interno. Y se situó en cuevas mentales que gozan con orgías soñadas, sucias, putrefactas. Pensó en su madre y hasta creyó en su alivio y en el de ella al alejarse.

Apuntó los ojos a las pléyades y sintió la libido que silbaba oculta debajo de la superficie. Sugiriendo inexactos, temores y ansiedades. En su juventud, difíciles de entender. Eran como tántalos saltando de piedra en piedra. Un zorro lo miró detrás de un arbusto, dio media vuelta y siguió su camino a lo salvaje. 

 

 

Mientras, el agua rodeaba una piedra que sucumbía ante lo que ocurría debajo. Casi llegaba a escuchar las conversaciones de las pequeñas formas de vida.

Adivinaba el tránsito en las obscuras galerías de la plaga fundamental. El Sol no llegaba nunca allí con su luz. 

Advertía una tibieza distinta mientras apoyaba la cabeza en un montón de hojas que amontonó bajo un sauce. Era tenue. Con olor a orín. Filtrado entre las paredes de un túnel excavado por la arquitectura de la supervivencia. 

Pensó en los animales que penden del candor inexplicable. La tenue vibración se colaba en el amanecer del gozo de los esfínteres abiertos. 

 

 

Soñó esa noche con una gota de alquitrán hirviente. Que caía sobre un charco inundado por una lágrima. No de dolor. Sí de placer. E intuyó la casi infinita felicidad que traspasaba el dolor intolerable hasta vencerlo. 

Ya transformado en animal, como un mamífero se revolvió en la hostilidad transformada en realidad errónea. Pero cada vez más real.

En la humedad se rascó el costado del cuerpo. Y viajó en la madrugada de la inexactitud, marcando el camino a lo profundo. Encontró la entrada que estaba muy cerca de ellos y se sumergió. De pronto habían desaparecido de la mirada de los terrenales.

Llegaron a una esquina y cruzaron la galería armada al costado de una gran piedra enterrada. 

Una madre contenía en la madriguera los chillidos de la crianza. Amamantando, amando, especulando entre el gozo y la letanía de no tener alimento. La desesperación de no tener. Disfrutando el presente compartido. Procreando. Armando el alba con la nariz al horizonte. Observando la sangre que latía entre sus piernas. Trabando la ajustada realidad ante prole. Y la sonrisa. Nada es más importante y lejana y falsa. “La subsistencia todo lo redime”, pensó el muchacho que ahora era mucho más liviano. 

 

 

En la tortura ajena había creído encontrar una medida a su nuevo relato. Sintió pacífico lo subterráneo. Sabía que en la superficie seguía siendo persona. Salir y husmear en el aire para luego volver a lo profundo. A la seguridad absoluta. 

Mientras dejaba atrás la escena de la rata madre y sus crías buscó a su hermano y advirtió que también había sufrido la transformación. El pequeño seguía pegado a su cola y al volver la cabeza hacia delante observó un resplandor. Estaban llegando a la gran bóveda a la que se accedía por un extenso arco hecho de pequeños trozos de raíces secas. A la derecha, en un nivel superior, desde una especie de balcón, cuatro machos dominaban la escena. Uno de ellos estaba desparramado en un cuenco que en otros tiempos había servido para que algún humano bebiera agua, leche o vino. El viejo notó su presencia de inmediato y llamó a los otros tres que se reunieron  casi sobre él y bajaron lentamente por el breve terraplén y se les acercaron.

 

 

Mientras lo olían pudo sentir cómo se inyectaba en su hocico el hedor que fluía desde las axilas húmedas. El más joven de los machos marchaba detrás de la columna pero era el más incisivo. Apuntaba sus orejas hacia delante hasta llegar a rozar sus propios ojos.

Eran de un color pardo a diferencia del marrón terroso que habían adquirido él y su hermano que seguían siendo examinados. El líder de la comisión en un momento se detuvo. Se paró sobre las patas traseras y cruzó los dedos de sus manos. Giró la cabeza hasta mirar al gordo sobre el tazón y asintió. Desde el primer nivel otra vez fueron llamados y regresaron. Solo después fue que aparecieron decenas de hembras, crías y otros jóvenes desde los túneles que confluían en ese centro abovedado.

 

 

Era evidente que no todos pertenecían a la misma especie, lo cual los tranquilizó. Algunos tenían pelaje corto, denso y suave. Otros algo más grueso y largo, algo lanoso y hasta áspero. Habían algunos más inquietos. Los que presentaban pelos largos y delgados, similares a bigotes en la zona del lomo y las caderas que se extendían de cuatro a seis centímetros encima del pelaje. Nunca las habían visto así a las ratas. En los colores iban del pardo amarillento, salpicado de marrón oscuro a negro. Algunos moteados de ocre y con las panzas grises plateadas o grises oscuras. Eso sí, las colas, las orejas y las patas eran todas de color marrón oscuro. Igual que las de ellos. El macho que había enviado la expedición investigadora tenía el lomo marrón, el vientre gris y las patas de color blanco puro. 

Ninguno hablaba y tampoco se animó a ensayar palabras. El asombro ocupaba toda la atención y la nueva forma de vida. Advirtió que, como en su vida humana, podían comer de todo. En la Ciudad seguro tendrían que alimentarse de desperdicios. En este nuevo lugar habían verdaderos almacenes con frutas, raíces, otros pequeños mamíferos muertos, insectos y otros materiales que no logró describir. Aunque era casi abominable no rehuían a comer carne en putrefacción de otros animales. Y la gran pregunta era si debían asistir a alguna experiencia de canibalismo. Pensó en el cuidado que debía tener por su hermano.

En otro sector había un pequeño estanque con agua pestilente de la cual bebían con esmero. Pero lo que más lo había sorprendido era la gran agilidad obtenida. Podía ahora trepara hasta por las paredes más lisas y hasta había comprobado que era un experto nadador gracias a su cola. También agradeció la capacidad de orientación que había logrado en la obscuridad y la flexibilidad que había logrado en su esqueleto. Los sentidos también se habían desarrollado. Sobre todo el oído, el olfato y el gusto. Aunque había perdido la capacidad de distinguir los colores como antes. Amaba el celeste y el dorado. Juró que nunca los olvidaría.

 

 

En su asombro cayó en la cuenta de lo parecido que eran los humanos y las ratas. En el nuevo estado las ratas parecían tener cierta fascinación por los billetes. Ya había visto varios y hasta en situación de acciones comerciales. Las ratas también se abandonaban al placer con facilidad, aunque sin demostrar culpa. Si estaban altivados no lo disimulaban. Había un tipo de orgullo desconocido en el acto de ensalzarse en esta nueva especie en la que se había convertido. La pubertad también era importante no ocultarla. La preservación de la especie estaba primero ante cualquier ocupación y como tal eran expertos en el acto sexual que a veces duraba segundos.

Recolectar objetos de los humanos tenía un casi estricto sentido estético. A veces, en pequeños grupos, las ratas solían mantener coloquios sobre asuntos de la colectividad. No sabía que algunas de ellas en las discusiones preferían hacerlo paradas, usando las manos como los humanos.

Las orgías tenían un significado casi solidario. No se inmutaban cuando a la pasada alguien se detenía a observarlas. A veces, en señal de agradecimiento, hasta pagaban luego de un favor recibido.

 

 

Gozaban de gran salud en la especie. Pudo observar, como si fuera un deporte, que en ocasiones se reunían las más vigorosas y corrían a toda velocidad a través de enormes galerías de carreras. De a decenas los grupos eran guiados por una especie de líder, de capitán, que improvisaba la rutina y todas imitaban sus movimientos, la cadencia, el acelerar y el desacelerar. Muy rara vez el conductor de la manada decidía salir de la cueva y volar sobre la superficie. Aunque solo durante el atardecer. Era un espectáculo de coordinación y destreza verlas correr como una alfombra viva con el horizonte brillando, apagándose como una vela consumida.

Ya de vuelta en la madriguera, siempre la primera escena era la de la madre con las crías, ahora durmiendo a su alrededor. Caminaron cautos para no despertar ni los niños ni a la niñas ratas pero la madre, siempre en vilo, los advirtió y abrió los ojos. El joven, que en su humanidad había sido llamado Pedro, miró también y un escalofrío corrió por su cuerpo anticipando lo que estaba por suceder.

 

 

La hembra de repente le habló en un susurro y le pidió que no le contara su historia pero que todos sabían en la comunidad de dónde venían y qué habían sido con anterioridad a su llegada. No le pidió algo a cambio pero sí lo aconsejó. Le explicó que era oportuno que tomara una determinación. Porque la transmutación de la que había sido objeto tenía un corto tiempo para volver atrás. Que lo habían logrado gracias a una poderosa energía que provenía de una cripta humana enterrada a varios metros más bajo tierra. Incluso ellos estaban sobre la cripta y muy pocas ratas la podían visitar. Solamente las que venían de ser humanos igual que ellos y habían decidido dejarlo todo para comulgar con la nueva especie campesina. Renacida de la comunión entre ratas revolucionadas y humanos evolucionamos en ratas.

 

 

Una lágrima le corrió por el hocico y entendió que nunca más volvería a correr por su futuro y el de su pequeño hermano que observaba la conversación con sus enormes ojos negros. El brillo en la mirada de ambos delataba que ya habían tomado la decisión. Pero hubo una advertencia. La madre le dijo que ya no podía seguir llamándose Pedrito. Desde ahora debía llamarse según la tradición de la comarca subterránea. Debía llamarse Renato, que significaba: vuelto a nacer. Luego de eso, su hermano menor se unió a las crías y en un pequeño espacio volvió a ser amamantado.

 

 

La artista oriunda de Córdoba, Argentina, Candelaria Silvestro, siempre quebró los daguerrotipos del convencionalismo social con su arte fortísimo que nunca podría pasar desapercibido. La mujer, concentrada con sus expresiones pictóricas y escénicas con técnicas mixtas, compartió sus últimos trabajos. Muchos de ellos finalizados en tiempo de cuarentena.

 

Currículum Candelaria Silvestro

Principales Exposiciones

2001-Fundacion Nacional de Arte Sao Paulo.

2004-Galeria Espacio Centro.

2005-Galeria Artis.

2006-Galeria Corazon Cordobés.

2007-Galeria Mirabille.

2007-Palacio Nacional de las Artes Palais de Glace.

2008-Museo Naval del Tigre.

2009-Museo Emilio Caraffa.

2012-Galeria Sasha.

2013-Palacio Nacional de las Artes Palais de Glace.

2015-Museo Genaro Perez.

2016-Galeria Perotti.

2015-16-17-Galeria Esaa.

2017-Galeria Modos.

2017 Alianza Francesa Sao Paulo Cortaderas.

2018 Sala Farina Expo Diversidad de Genero.

2018 Fundación Nacional de Arte Sao Paulo.

2018-Humor Erótico Galería Privada La Mínima Sao Paulo, Brasil.

2019 Colaboración y Participación de la Oficina Residencia TORR de la Compañía Taanteatro, Sao Paulo, Brasil.

2019 Exposicion Individual Obras 1998-2019 Fundacion Merlin, Calamuchita, Cordoba, Argentina.2019

2019 Exposicion Gorriarena & Silvestro – Galeria SashaD- Cordoba, Argentina. 

2020 Participacion en el film multinacional Antonin Artaud El Teatro y La    Peste, Compañía Taanteatro , Sao Paulo , Brasil.

 

Premios

1998-Segunda Mención de Honor Cámara Argentina de la Construcción. 2003-Mención de Honor Consejo Federal de Inversiones.

2004-Premiada con el Premio Municipal Pintura LXXXI Salón Anual de Santa Fe.

2005-Segundo Premio Salón San Francisco.

2005-Primer Premio Pintura Salón Ciudad de Córdoba Municipalidad de Córdoba XXVII.

2007-Segundo Premio en Pintura Agencia Córdoba Cultura.

2007-Tercer Salón de Artes Visuales Salón Cipolletti Segundo Premio en Arte Digital Municipalidad de Cipolletti.

2008-Mención Especial en el Salón Banco de Córdoba pintura.

2013-Mención Especial en el Salón Banco de Córdoba pintura.