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La librería que ilustró a los mendocinos durante casi cien años

Su nombre era El Siglo Ilustrado y abrió sus puertas en 1884, cuando la ciudad de Mendoza ya se había convertido en una pujante metrópolis

Nuestra ciudad tuvo a fines del siglo pasado, y por más de 75 años, uno de sus más importantes centros de irradiación cultural. El Siglo Ilustrado se llamaba la librería que educó y cultivó a los mendocinos hasta mediados de 1960.

Esta librería quedó totalmente en el olvido y es muy poco recordada por los mendocinos.

 

La Argentina del progreso

Cuando El Siglo Ilustrado abrió sus puertas a fines del siglo XIX, nuestro país pasaba por un momento económico, educativo y cultural muy grande.

Argentina se encontraba en la lista de los primeros países del planeta con mejor posición económica y su modelo agroganadero abastecía a las primeras potencias mundiales de aquella época.

La era dorada del positivismo y del progreso estaba muy latente en el pensamiento de los filósofos, educadores, políticos y empresarios, quienes apostaban fuerte a la educación y la cultura para el desarrollo de una nueva sociedad.

También nuestra provincia transitaba ese camino y entre sus filas surgieron grandes personajes como Agustín Álvarez, José Vicente Zapata, Arístides Villanueva, Emilio Civit, Carlos Vergara, Julio L. Aguirre y su hermano Cicerón, y Carlos Ponce, entre otros personajes.

La ciudad de Mendoza se había convertido en una pujante metrópoli que apostaba a la vitivinicultura y a otras actividades económicas que la beneficiaban.

El ferrocarril ya había llegado al territorio mendocino y faltaban unos pocos meses para que el entonces presidente, el general Julio A. Roca, lo inaugurara oficialmente. Pero también de la mano del tren venían el servicio de alumbrado eléctrico, el agua corriente y el tranvía a caballo.

Además, Mendoza sería la vidriera de todo el país al ser elegida como sede de la Exposición Interprovincial que se desarrollaría en 1885.

En lo cultural, la provincia de Mendoza también se imponía en el Oeste argentino y tenía la necesidad imperiosa de establecer allí una de las más grandes librerías, que era un tesoro para quien se quisiera educar y cultivar.

 

Nace el siglo ilustrado

El 14 de setiembre de 1884, en un local de la calle San Martín al 1477, abrió sus puertas una librería que tendría vigencia durante casi cien años.

Su nombre era El Siglo Ilustrado, y frente al negocio había dos columnas con sus respectivos faroles iluminados por gas. Ese alumbrado público era alimentado desde la planta de Fader y faltaba muy poco tiempo para que la electricidad llegara a nuestra provincia.

Una de esas lámparas, que poseía un gran simbolismo, brillaba esbelta ante el edificio de la nueva librería.

Entre otros atractivos, la vereda estaba cubierta por lajas y, en el otro extremo, gruesos tablones de madera servían para cubrir el antiguo canal Tajamar, cuyas aguas atravesaban de Sur a Norte un sector de la calle San Martín.

 

El festival de la cultura

La librería fue por mucho tiempo el lugar cultural elegido por los mendocinos más distinguidos, quienes se daban cita todos los días para comprar y leer los textos que en aquellos momentos eran best sellers.

En sus estantes, cientos de libros hacían que los jóvenes intelectuales pudieran satisfacer sus inquietudes en literatura, ciencia, filosofía o, simplemente, desplegaran el placer de la lectura.

El dueño, llamado Juan Verdaguer, no se imaginó el gran éxito que tendría al montar este negocio, que generó una especie de ateneo popular al poco tiempo.

Después de las actividades laborales un número importante de ciudadanos paseaba en las tardes por la tradicional Alameda, recalando luego en aquel lugar.

En su escaparate se exponían libros de toda clase que llegaban desde Francia, Gran Bretaña, España y otros países europeos.

A los pocos años de montar este gran negocio, el fundador –quien tenía una personalidad inquieta y arriesgada– fue por más y estableció su propia imprenta y taller de encuadernación. Además, buscó conexiones con prestigiosas editoriales del Viejo Mundo, de las que fue centro de suscripciones.

 

Fomento a los autores locales

Con un pequeño capital, el dueño de la destacada tienda de libros montó una editorial, a la que bautizó, como a su librería, El Siglo Ilustrado.

Esta editora hizo que muchos autores locales llevaran sus manuscritos para verlos materializados en un libro sin la necesidad de trasladarse a Buenos Aires o a Córdoba.

Por lo general, la edición de un libro era costeada por su autor, ya que gozaba de una solvencia económica para sufragar todos los gastos, pero otros, en cambio, al carecer de medios, dejaban que Verdaguer se hiciera cargo de los costos de edición para fomentar a los escritores mendocinos.

Por aquella imprenta pasaron grandes escritores, ensayistas y poetas de nuestra cultura, como el doctor Agustín Álvarez, filósofo de las nuevas ideas; monseñor Aníbal Verdaguer, hermano del fundador de la librería y autor de varias obras editadas en esa imprenta; Jorge A. Calle, con su libro Los iluminados; el doctor Lucio Funes, autor de un sabroso anecdotario de costumbres mendocinas. Pasaron por aquella editorial grandes personajes de la literatura cuyana, como Damián Hudson, autor de Recuerdos históricos de la provincia de Cuyo; el médico y escritor Carlos Ponce; el profesor Julio Leónidas Aguirre, quien con el pseudónimo de ‘Franklin Harrow' puso en prensa su Sociología criolla; el recordado poeta Alfredo R. Bufano y el periodista Enrique Peralta Andrade, entre otros.

Con el paso del tiempo se incorporaron nuevas ediciones y en aquella imprenta publicaron renombrados literatos de mediados del siglo pasado, como Leonardo Napolitano, Dionisio Chaca, Vicente Fino, Benito Marianetti, Mercedes Ruiz Vila, César Ponce, Julio Fernández Peláez y Alejandro Santa María Conil.

Años después, durante su época de decadencia –a fines de los 50– la famosa librería vendía ejemplares de ediciones agotadas y de segunda mano que no se conseguían en otros comercios del ramo.

Su antiguo dueño había fallecido y el negocio pasó luego a manos de sucesivos propietarios, hasta que en 1960 el negocio entró en quiebra y poco tiempo después la librería cerró sus puertas, dejando un gran vacío en una parte de la población que se había nutrido de los ejemplares que había adquirido en ella.

Más adelante en el tiempo, los años fueron borrando de la memoria aquella librería que fue uno de los centros más pujantes de la cultura de Mendoza.