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Cine La Bolsa: a 55 años de la desaparición de un ícono de Mendoza

Quedó en la memoria de muchos mendocinos por sus características muy particulares y por ser el lugar preferido de estudiantes y empleados de comercio para “hacerse la rata”

Se cumplen 55 años de la desaparición de uno de los cines más emblemáticos y populares que tuvo la ciudad de Mendoza. Se llamaba La Bolsa y muchos de los que hoy rondan los 70 deben tenerlo bien presente en su memoria.

Era el lugar de las recordadas “sincola" de los alumnos del secundario del Colegio Nacional y de otros establecimientos de la zona, que bajo su techo cobijaba a los estudiantes que por distintos motivos evitaban concurrir a clases.

En aquellos tiempos también era el lugar predilecto de muchos adultos que no tenían mucho que hacer de sus vidas, y ese sitio era el único contacto social que tenían.

Otros, en cambio, buscaban a La Bolsa como el único lugar para descargar tensiones después de un día muy “ajetreado".

El tiempo ha pasado y hoy aquella sala cinematográfica quedó en el anecdotario popular de los mendocinos.

 

La muerte del cíclope

En una fría mañana de fines de mayo de 1966, los mendocinos vieron con asombro cómo la piqueta del progreso daba muerte a un ícono, que durante muchos años había cobijado en sus entrañas a estudiantes, prestamistas, lustrabotas y canillitas.

Un reconocido escritor que plasmó su crónica periodística en aquel año, lo llamó “el cíclope de la calle Necochea”.

Al nombrar esta arteria se nos viene a la memoria aquel viejo cine llamado La Bolsa.

La piqueta del progreso tiró abajo el refugio preferido de muchos mendocinos.

 

Un cine muy singular

No se sabe con exactitud el año de la construcción del cine La Bolsa. Para algunos memoriosos se remonta a 1927 en la segunda década del pasado siglo; otros, en cambio, afirman que fue a principios de 1930.

Lo mismo pasa con sus propietarios, a lo que se alude que fueron los hermanos José y Segundo Antún –dueños de la mayoría de las salas cinematográficas de Mendoza- sus verdaderos propietarios. Aunque hasta ahora ese dato es un verdadero misterio.

La sala estaba ubicaba en la calle Necochea 85 –donde hoy existe un edificio de varios pisos y un local de alimentos dietéticos– justo antes de llegar a la calle 9 de Julio, de Ciudad.

En la actualidad esta zona es conocida por la gran concentración de bancos y entidades financieras, que siguen funcionando desde hace cien años, cuando al igual que hoy, se realizaban transacciones comerciales mucho antes que existiera la Bolsa de Comercio de Mendoza.

Para los que no lo conocieron, la construcción del cine La Bolsa era simplemente un típico café de los años 30 y para acceder a él solo se contaba con una puerta principal. También había dos grandes ventanales provistos de una inmensa persiana metálica.

En la parte superior del frente había una inscripción pintada que decía “Bar, Bolsa, Café", y debajo coronaban la leyenda cuatro faroles antiguos.

Junto a la puerta de entrada trabajó por muchos años un dicharachero lustrabotas, que llegaba todas las mañanas para ejecutar con maestría su tarea y dejar brillantes los zapatos de los transeúntes que caminaban por esa vereda, y también a los clientes fijos que antes de entrar al cine preferían estar bien arreglados.

En la calle Necochea, además del cine y sus “cuevas financieras”, se podía escuchar los pregones de los vendedores de lotería que ofrecían sus billetes tratando de tentar a muchos con la esperanza de ser millonarios.

El establecimiento cinematográfico no estaba solo, ya que tenía como vecinos a la casa de lotería La Baskonia y el extinguido café Jamaica, que era otro de los lugares de encuentro de prestamistas y usureros. Por supuesto, allí se realizaban las “transas” comerciales más oscuras que uno se podría imaginar.

 

¡Vamos a la bolsa!

El cine-bar La Bolsa conformaba una sala atípica de fines de los años 30 y fue la única que se conservó hasta los años 60, porque a diferencia del resto y más tradicionales, ofrecía un servicio de bar.

Todas las mañanas abría sus puertas a las 10.30 y las cerraba a la medianoche en punto. Allí se podía tomar la tradicional en cerveza Cóndor, la recordada gaseosa Bidú o algún aperitivo, como el recordado Cynar con soda, acompañados de un sándwich de jamón y queso.

Otra de las características más llamativas de esta sala cinematográfica era que, por lo general, las damas no concurrían a ver películas por proyectarse allí filmes “non sanctos" y también porque esto era mal visto por la sociedad de aquel tiempo.

Era, por lo tanto, el reducto ideal para la “sincola" de gran parte del estudiantado local. Pero no solamente los alumnos se “hacían la rata" aquí, ya que también muchos de los empleados que trabajaban en el centro pegaban el faltazo para saborear una cerveza y ver una película.

 

¡Cuidado con las cabezas!

Después de pasar por el bar y sacar la entrada, los “sincoleados” se sentaban en las butacas para poder ver la película.

Al comenzar la proyección toda la sala quedaba en silencio, pero con el transcurrir de los minutos comenzaban las travesuras.

Una de las más comunes era la de gritar mientras se proyectaba el filme; otra era la de silbar o chiflar cuando alguna actriz mostraba sus atributos naturales; y cuando la película se ponía “muy pesada" lo habitual era tirar objetos contundentes a cuanta cabeza asomara de las filas de butacas.

Una vez desaparecido, aquel cine dejó un recuerdo imborrable en gran parte de la población y hoy todavía persiste en la memoria de los mendocinos.