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Por Redacción

Washington admite “falencias” en la lucha contra el EI



El secretario de Defensa de EE.UU., Ashton Carter, se desahogó ante las cámaras de la CNN. “El ejército iraquí no ha mostrado voluntad de lucha” para defender Ramadi, la capital de la mayor provincia de Irak, que cayó hace una semana en manos de los yihadistas de Estado Islámico, dijo el ministro. Según Carter, “las fuerzas gubernamentales eran superiores en número a los yihadistas, pero no llegaron a enfrentarse; se limitaron a retirarse”, y a dejar que cayera la ciudad. “Podemos dar entrenamiento al ejército, podemos darles material, pero lo que no podemos darles es voluntad de luchar”, concluyó desanimado el nuevo responsable de la cartera de Defensa de la Administración Obama.


El “replanteamiento” de la estrategia de EE.UU. en Irak y en Siria ha comenzado pues con un lamento y con una acusación no del todo justa. Fue Obama quien planeó la estrategia de no comprometer de nuevo tropas de tierra, limitarse a instruir al nuevo ejército del Gobierno de Bagdad y llevar a cabo una campaña solo de cobertura y ataques aéreos. Según “France Press”, la coalición que encabeza Estados Unidos ha llevado a cabo 3.000 “ataques” desde agosto de 2014, que no han servido para impedir que el movimiento yihadista de mayoría suní de Estado Islámico siga ganando territorio y ciudades en Irak y en Siria.


Ashton Carter se ha hecho eco del malestar que cunde en el Pentágono por otra razón. En su huida sin plantar batalla, el Ejército iraquí deja tras sí material militar norteamericano que hace más fuertes a los yihadistas. Hace días, Washington tuvo que aprobar el envío de miles de misiles antitanque a Bagdad para poder destruir sus propios vehículos blindados caídos en manos del enemigo.


Los analistas de la Administración Obama se lamentan de una falta de voluntad de lucha y de preparación que, en realidad, es consecuencia de las decisiones tomadas tras la caída de Sadam Husein. El ejército iraquí fue siempre una institución controlada por la comunidad musulmana suní, que ostentaba los mandos, la disciplina y la doctrina militar. Su desmantelamiento fue un grave error, que ahora paga caro el Gobierno chiíta. El nuevo ejército está dirigido y formado por chiíes que nunca tuvieron formación militar. Los únicos que hoy plantan cara al Estado Islámico son los voluntarios dirigidos por cuadros iraníes.


A este factor histórico se suma otro más importante. El ejército iraquí-chií se plantea su trabajo como una mera ocupación profesional y además no bien pagada, Sus rivales, en cambio, muy inferiores en número, están bien instruidos, son fanáticos de la instauración del Califato, están mejor pagados, y, sobre todo, no tienen miedo a la confrontación.


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Washington admite “falencias” en la lucha contra el EI

El secretario de Defensa de EE.UU., Ashton Carter, se desahogó ante las cámaras de la CNN. “El ejército iraquí no ha mostrado voluntad de lucha” para defender Ramadi, la capital de la mayor provincia de Irak, que cayó hace una semana en manos de los yihadistas de Estado Islámico, dijo el ministro. Según Carter, “las fuerzas gubernamentales eran superiores en número a los yihadistas, pero no llegaron a enfrentarse; se limitaron a retirarse”, y a dejar que cayera la ciudad. “Podemos dar entrenamiento al ejército, podemos darles material, pero lo que no podemos darles es voluntad de luchar”, concluyó desanimado el nuevo responsable de la cartera de Defensa de la Administración Obama.

El “replanteamiento” de la estrategia de EE.UU. en Irak y en Siria ha comenzado pues con un lamento y con una acusación no del todo justa. Fue Obama quien planeó la estrategia de no comprometer de nuevo tropas de tierra, limitarse a instruir al nuevo ejército del Gobierno de Bagdad y llevar a cabo una campaña solo de cobertura y ataques aéreos. Según “France Press”, la coalición que encabeza Estados Unidos ha llevado a cabo 3.000 “ataques” desde agosto de 2014, que no han servido para impedir que el movimiento yihadista de mayoría suní de Estado Islámico siga ganando territorio y ciudades en Irak y en Siria.

Ashton Carter se ha hecho eco del malestar que cunde en el Pentágono por otra razón. En su huida sin plantar batalla, el Ejército iraquí deja tras sí material militar norteamericano que hace más fuertes a los yihadistas. Hace días, Washington tuvo que aprobar el envío de miles de misiles antitanque a Bagdad para poder destruir sus propios vehículos blindados caídos en manos del enemigo.

Los analistas de la Administración Obama se lamentan de una falta de voluntad de lucha y de preparación que, en realidad, es consecuencia de las decisiones tomadas tras la caída de Sadam Husein. El ejército iraquí fue siempre una institución controlada por la comunidad musulmana suní, que ostentaba los mandos, la disciplina y la doctrina militar. Su desmantelamiento fue un grave error, que ahora paga caro el Gobierno chiíta. El nuevo ejército está dirigido y formado por chiíes que nunca tuvieron formación militar. Los únicos que hoy plantan cara al Estado Islámico son los voluntarios dirigidos por cuadros iraníes.

A este factor histórico se suma otro más importante. El ejército iraquí-chií se plantea su trabajo como una mera ocupación profesional y además no bien pagada, Sus rivales, en cambio, muy inferiores en número, están bien instruidos, son fanáticos de la instauración del Califato, están mejor pagados, y, sobre todo, no tienen miedo a la confrontación.

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