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Venezuela ante una encrucijada: “Esta revolución se acabó”
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Por Redacción

Venezuela ante una encrucijada: “Esta revolución se acabó”



La abrupta caída del precio internacional del petróleo no es la causa más importante de la crisis institucional que está sufriendo Venezuela. La combinación entre descontento social creciente, inflación, dólar paralelo y desabastecimiento, vienen produciendo un escenario inviable no sólo para la economía, el comercio, las importaciones y la producción, sino para la vida diaria de los venezolanos que pierden largas y tediosas horas de sus vidas haciendo colas en los supermercados y despachos de productos de primera necesidad, sufren la inseguridad y persecución política.

Tener razón a cualquier costo


En la tarde-noche de ayer jueves –cuando cerraba este artículo–, han detenido, con el SEBIN (el servicio de inteligencia venezolano) y más de 80 funcionarios policiales, al alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, aparentemente sin orden judicial. En la tarde de este jueves 19 de febrero, familiares de presos políticos se agolpaban frente a la cárcel de Ramo Verde, donde están detenidos opositores políticos, a causa del rumor de un motín que se habría producido por el intento de trasladar a algunos presos políticos.


La pregunta que se hacen algunos analistas es si el problema que atraviesa este país es económico o político. Pero comprobamos que está todo mezclado. La cúpula del gobierno venezolano está empeñada en tener razón a cualquier costo y parece generar deliberadamente las causas de su rápida decadencia. Una dolencia crónica irremediable


El pasado 10 de febrero la agencia de calificación crediticia Moody’s rebajó la evaluación de la deuda Venezolana, lo que implica que, para las consultoras internacionales, el país se encuentra en un eventual riesgo de cesación de pago.


Lo que ocurre es grave porque se trata de un país rico que posee recursos importantes, como el petróleo. Con semejante poder económico cualquier extravío ideológico puede encubrirse y hasta justificarse, porque los costos pueden disimularse debajo de la enorme alfombra que representa la formidable renta exportadora.


La turbulenta situación actual es producto de un disparate ideológico que lleva ya años. Un gobierno que quiere tener la razón a cualquier costo. Esto hace que nos preguntemos qué lo retiene y le impide asirse a la tabla de salvación que le ofrece una oposición que se ha mostrado pacífica y prudente. Convocar a las fuerzas de oposición, a un gobierno de coalición para salir de la crisis, sería lo lógico en cualquier país democrático.


La paradoja es que cuanto más hace el gobierno, más complica la situación política, económica y social. Venezuela no es una excepción; el empecinamiento ideológico, la ausencia de una visión objetiva del mundo, la creencia de que es necesario un enemigo poderoso para producir la revolución, ha llevado a la imprudencia de infundir en la sociedad una épica que en realidad no existe y que finalmente la divide en facciones irreconciliables; distrae la fuerza vital de esta nación, que debería orientarse hacia el progreso, hacia objetivos que existen sólo en la cabeza de los dirigentes.


La oposición


En este caso particular observamos como la oposición parece darse cuenta de la situación. Los líderes de la oposición de la Mesa de Unidad; Leopoldo López, María Corina Machado, Antonio Ledezma y ahora Henrique Capriles, han llegado a un acuerdo sorpresivo de unidad que abre una esperanza, ante un gobierno que hace uso de todos los recursos del Estado, incluso la fuerza, para dispersarla.


Leopoldo López, líder y fundador del partido Voluntad Popular, está preso en el penal militar de Ramo Verde. Cumplió este miércoles pasado, un año de cárcel, esperando el proceso por el juicio iniciado el año pasado por delitos relacionados con protestas. Ahora también el alcalde de Caracas, legítimamente elegido por el voto popular, ha sido detenido.


Tal vez el delito más grave de López haya sido haber propuesto a la población vestirse de blanco y sacar por las ventanas de sus casas un pañuelo blanco en señal de descontento y reclamo de libertad, justicia y democracia. Su esposa, Lilian Tintori,  ha denunciado en estos días abusos contra su marido en la cárcel y ha iniciado una campaña a través de las redes sociales, para reclamar por la libertad, la integridad física y la vida de su marido y la del exalcalde Daniel Ceballos que lleva encarcelado también casi un año, acusado por los mismos “delitos”, y de terrorista por el propio Nicolás Maduro.


A pesar que Human Rights Watch ha denunciado internacionalmente estos hechos, haciendo responsable al gobierno venezolano de lo que pudiera pasar con la vida y la integridad física de López, las autoridades venezolanas no sólo han hecho oídos sordos, sino que han redoblado el hostigamiento contra los prisioneros.


El excandidato a presidente Henrique Capriles, el otro líder opositor, es menos combativo y su estrategia se basó siempre en no suspender el diálogo y mantenerse al margen de las marchas más duras contra el gobierno. Ahora, en un claro mensaje al régimen y a la población, anunció el fin de la era chavista: “Esta revolución se acabó”, dijo esta semana durante una conferencia de prensa donde se puso al frente de la Mesa de Unidad, limando diferencias con el resto de los opositores.


Venezuela se encuentra ante una encrucijada. Y es que los líderes carismáticos no suelen ocuparse del futuro de sus sucesores. El único camino para recuperar la unidad, la libertad de expresión y la república es el de la democracia plena. Los que han malgastado los recursos del Estado, pretendiendo imponer una ideología que duraría para siempre, deberían pensar que esta manera de concebir la política, contra todas sus previsiones y esperanzas, ha llegado a su fin.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de “El Momento es Ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.


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Venezuela ante una encrucijada: “Esta revolución se acabó”

La abrupta caída del precio internacional del petróleo no es la causa más importante de la crisis institucional que está sufriendo Venezuela. La combinación entre descontento social creciente, inflación, dólar paralelo y desabastecimiento, vienen produciendo un escenario inviable no sólo para la economía, el comercio, las importaciones y la producción, sino para la vida diaria de los venezolanos que pierden largas y tediosas horas de sus vidas haciendo colas en los supermercados y despachos de productos de primera necesidad, sufren la inseguridad y persecución política.
Tener razón a cualquier costo

En la tarde-noche de ayer jueves –cuando cerraba este artículo–, han detenido, con el SEBIN (el servicio de inteligencia venezolano) y más de 80 funcionarios policiales, al alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, aparentemente sin orden judicial. En la tarde de este jueves 19 de febrero, familiares de presos políticos se agolpaban frente a la cárcel de Ramo Verde, donde están detenidos opositores políticos, a causa del rumor de un motín que se habría producido por el intento de trasladar a algunos presos políticos.

La pregunta que se hacen algunos analistas es si el problema que atraviesa este país es económico o político. Pero comprobamos que está todo mezclado. La cúpula del gobierno venezolano está empeñada en tener razón a cualquier costo y parece generar deliberadamente las causas de su rápida decadencia. Una dolencia crónica irremediable

El pasado 10 de febrero la agencia de calificación crediticia Moody’s rebajó la evaluación de la deuda Venezolana, lo que implica que, para las consultoras internacionales, el país se encuentra en un eventual riesgo de cesación de pago.

Lo que ocurre es grave porque se trata de un país rico que posee recursos importantes, como el petróleo. Con semejante poder económico cualquier extravío ideológico puede encubrirse y hasta justificarse, porque los costos pueden disimularse debajo de la enorme alfombra que representa la formidable renta exportadora.

La turbulenta situación actual es producto de un disparate ideológico que lleva ya años. Un gobierno que quiere tener la razón a cualquier costo. Esto hace que nos preguntemos qué lo retiene y le impide asirse a la tabla de salvación que le ofrece una oposición que se ha mostrado pacífica y prudente. Convocar a las fuerzas de oposición, a un gobierno de coalición para salir de la crisis, sería lo lógico en cualquier país democrático.

La paradoja es que cuanto más hace el gobierno, más complica la situación política, económica y social. Venezuela no es una excepción; el empecinamiento ideológico, la ausencia de una visión objetiva del mundo, la creencia de que es necesario un enemigo poderoso para producir la revolución, ha llevado a la imprudencia de infundir en la sociedad una épica que en realidad no existe y que finalmente la divide en facciones irreconciliables; distrae la fuerza vital de esta nación, que debería orientarse hacia el progreso, hacia objetivos que existen sólo en la cabeza de los dirigentes.

La oposición

En este caso particular observamos como la oposición parece darse cuenta de la situación. Los líderes de la oposición de la Mesa de Unidad; Leopoldo López, María Corina Machado, Antonio Ledezma y ahora Henrique Capriles, han llegado a un acuerdo sorpresivo de unidad que abre una esperanza, ante un gobierno que hace uso de todos los recursos del Estado, incluso la fuerza, para dispersarla.

Leopoldo López, líder y fundador del partido Voluntad Popular, está preso en el penal militar de Ramo Verde. Cumplió este miércoles pasado, un año de cárcel, esperando el proceso por el juicio iniciado el año pasado por delitos relacionados con protestas. Ahora también el alcalde de Caracas, legítimamente elegido por el voto popular, ha sido detenido.

Tal vez el delito más grave de López haya sido haber propuesto a la población vestirse de blanco y sacar por las ventanas de sus casas un pañuelo blanco en señal de descontento y reclamo de libertad, justicia y democracia. Su esposa, Lilian Tintori,  ha denunciado en estos días abusos contra su marido en la cárcel y ha iniciado una campaña a través de las redes sociales, para reclamar por la libertad, la integridad física y la vida de su marido y la del exalcalde Daniel Ceballos que lleva encarcelado también casi un año, acusado por los mismos “delitos”, y de terrorista por el propio Nicolás Maduro.

A pesar que Human Rights Watch ha denunciado internacionalmente estos hechos, haciendo responsable al gobierno venezolano de lo que pudiera pasar con la vida y la integridad física de López, las autoridades venezolanas no sólo han hecho oídos sordos, sino que han redoblado el hostigamiento contra los prisioneros.

El excandidato a presidente Henrique Capriles, el otro líder opositor, es menos combativo y su estrategia se basó siempre en no suspender el diálogo y mantenerse al margen de las marchas más duras contra el gobierno. Ahora, en un claro mensaje al régimen y a la población, anunció el fin de la era chavista: “Esta revolución se acabó”, dijo esta semana durante una conferencia de prensa donde se puso al frente de la Mesa de Unidad, limando diferencias con el resto de los opositores.

Venezuela se encuentra ante una encrucijada. Y es que los líderes carismáticos no suelen ocuparse del futuro de sus sucesores. El único camino para recuperar la unidad, la libertad de expresión y la república es el de la democracia plena. Los que han malgastado los recursos del Estado, pretendiendo imponer una ideología que duraría para siempre, deberían pensar que esta manera de concebir la política, contra todas sus previsiones y esperanzas, ha llegado a su fin.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de “El Momento es Ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.

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