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Unir las puntas de un país dividido por las antinomias
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Por Redacción

Unir las puntas de un país dividido por las antinomias



En la inmensidad de esta tierra prometida para 40 millones de argentinos. Con 10 millones absolutamente pobres, que se funden con una indigencia que pega duro en más de 6 millones de ciudadanos donde niños y jóvenes sucumben por la falta de comida. Con una población que necesita un piso de $5.000 para no caer debajo de la línea de la pobreza. Con un nación que tiene comprometido el nivel intelectual y educativo de una importante porción de su población a futuro por los “denigrantes niveles de desnutrición infantil que en la actualidad superan toda lógica en un país que tiene y produce TODO tipo de alimentos”. Con una Argentina en donde la inseguridad es la que crece al inmundo gusto del crimen organizado, que hoy acecha en la fortaleza del narcotráfico. Monstruosa cara que la iglesia católica con el Papa Francisco a la cabeza advierte sobre la catástrofe inminente que significaría para nuestra tierra transformarla en otro México u otra Colombia.


Esa misma nación que camina doblada por un impune autoritarismo que ha distorsionado el concepto de convivir en democracia. El que se autoalimenta con la desfachatez de ser el salvador de la nación y de convalidar los derechos humanos. Cuando en realidad salvó a un séquito de empresarios, seudo piqueteros y políticos afines, hoy la mayoría investigados, cuanto más procesados por haber producido una generalizada corrupción sin precedentes en la vida del país. Con derechos humanos que solo alcanzan al marketing de un sector que también se cree con todos los derechos laborales, judiciales y sociales; mientras que, como decíamos al principio millones de argentinos no tienen derecho al trabajo, a vivir dignamente, a alimentar a sus hijos, a tener salud, a ser defendidos del imparable avance del mortal paso de la drogada inseguridad.


Todo esto bajo el concepto de que hay que lucir un solo trapo, del mismo color, con el mismo pensamiento, con absoluta obediencia debida, sin iniciativa y olvidando todo derecho constitucional de libertades públicas y de expresión. Y quien no esté bajo este concepto un apátrida que atenta contra el país, la institucionalidad del mismo y la figura presidencial. Que habita la oligarquía golpista, aunque el 70 % de esos ciudadanos constituyan junto a su familia esa devaluada y muy golpeada clase media.


El actual gobierno montó un tétrico esquema desde que asumió en el 2003, que fue alcanzando todos los niveles planificados en una concentración de poder, con el solo fin de ostentar del mismo para acrecentar dinero y poder por igual. Mientras abajo se cooptaban adeptos con total mesianismo que dividían groseramente el pensamiento de una nación que podía discernir y respetar a la vez el pensamiento ajeno.


Hoy, cuando las cosas se están dirimiendo fuerte y decididamente en el plano judicial. Cuando la gente comienza a ver con mayor claridad todo lo que aquí sucedió, sucede y sucederá. Cuando las fuertes posturas de fiscales y jueces se ve respaldada por el grueso de la población como nunca antes. Una cuestión que tiene como colorario que la mayoría de los funcionarios nacionales van destino a ser encarcelados una vez en marcha respectivos juicios. Es cuando aparecen también esas antinomias que abroqueladas en sí mismas, no permiten alcanzar el objetivo institucional  de recuperar al país para todos y no unos pocos.


Muchos sienten en sus fueros ciudadanos que es espantoso el momento. Y ya sin vacilaciones lo hablan abiertamente, aunque consideran que más espantoso sería tan siquiera pensar que tenga prolongación más allá de diciembre de este convulsionado 2015. Y, eso es bueno porque la gente sin creer y mucho menos pensar en salidas fáciles que en el pasado se traducían en “golpes”, hoy demuestra  madurez como país democrático para saber que el ciudadano tiene en su maquiavélico pensamiento, con el solo fin de “sí o sí” quedarse después de ese acotado tiempo que les está pisando los talones”.


Algo que con un ciudadano alerta NO sucederá porque la democracia, esa recuperada democracia, dará una nueva lección para los que se creyeron que con ella se podía lucrar y lapidar el destino de toda una nación.


Daniel Gallardo – Periodista de Radio Estudio Cooperativa 91.7 y Diario El Ciudadano.


 


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Unir las puntas de un país dividido por las antinomias

En la inmensidad de esta tierra prometida para 40 millones de argentinos. Con 10 millones absolutamente pobres, que se funden con una indigencia que pega duro en más de 6 millones de ciudadanos donde niños y jóvenes sucumben por la falta de comida. Con una población que necesita un piso de $5.000 para no caer debajo de la línea de la pobreza. Con un nación que tiene comprometido el nivel intelectual y educativo de una importante porción de su población a futuro por los “denigrantes niveles de desnutrición infantil que en la actualidad superan toda lógica en un país que tiene y produce TODO tipo de alimentos”. Con una Argentina en donde la inseguridad es la que crece al inmundo gusto del crimen organizado, que hoy acecha en la fortaleza del narcotráfico. Monstruosa cara que la iglesia católica con el Papa Francisco a la cabeza advierte sobre la catástrofe inminente que significaría para nuestra tierra transformarla en otro México u otra Colombia.

Esa misma nación que camina doblada por un impune autoritarismo que ha distorsionado el concepto de convivir en democracia. El que se autoalimenta con la desfachatez de ser el salvador de la nación y de convalidar los derechos humanos. Cuando en realidad salvó a un séquito de empresarios, seudo piqueteros y políticos afines, hoy la mayoría investigados, cuanto más procesados por haber producido una generalizada corrupción sin precedentes en la vida del país. Con derechos humanos que solo alcanzan al marketing de un sector que también se cree con todos los derechos laborales, judiciales y sociales; mientras que, como decíamos al principio millones de argentinos no tienen derecho al trabajo, a vivir dignamente, a alimentar a sus hijos, a tener salud, a ser defendidos del imparable avance del mortal paso de la drogada inseguridad.

Todo esto bajo el concepto de que hay que lucir un solo trapo, del mismo color, con el mismo pensamiento, con absoluta obediencia debida, sin iniciativa y olvidando todo derecho constitucional de libertades públicas y de expresión. Y quien no esté bajo este concepto un apátrida que atenta contra el país, la institucionalidad del mismo y la figura presidencial. Que habita la oligarquía golpista, aunque el 70 % de esos ciudadanos constituyan junto a su familia esa devaluada y muy golpeada clase media.

El actual gobierno montó un tétrico esquema desde que asumió en el 2003, que fue alcanzando todos los niveles planificados en una concentración de poder, con el solo fin de ostentar del mismo para acrecentar dinero y poder por igual. Mientras abajo se cooptaban adeptos con total mesianismo que dividían groseramente el pensamiento de una nación que podía discernir y respetar a la vez el pensamiento ajeno.

Hoy, cuando las cosas se están dirimiendo fuerte y decididamente en el plano judicial. Cuando la gente comienza a ver con mayor claridad todo lo que aquí sucedió, sucede y sucederá. Cuando las fuertes posturas de fiscales y jueces se ve respaldada por el grueso de la población como nunca antes. Una cuestión que tiene como colorario que la mayoría de los funcionarios nacionales van destino a ser encarcelados una vez en marcha respectivos juicios. Es cuando aparecen también esas antinomias que abroqueladas en sí mismas, no permiten alcanzar el objetivo institucional  de recuperar al país para todos y no unos pocos.

Muchos sienten en sus fueros ciudadanos que es espantoso el momento. Y ya sin vacilaciones lo hablan abiertamente, aunque consideran que más espantoso sería tan siquiera pensar que tenga prolongación más allá de diciembre de este convulsionado 2015. Y, eso es bueno porque la gente sin creer y mucho menos pensar en salidas fáciles que en el pasado se traducían en “golpes”, hoy demuestra  madurez como país democrático para saber que el ciudadano tiene en su maquiavélico pensamiento, con el solo fin de “sí o sí” quedarse después de ese acotado tiempo que les está pisando los talones”.

Algo que con un ciudadano alerta NO sucederá porque la democracia, esa recuperada democracia, dará una nueva lección para los que se creyeron que con ella se podía lucrar y lapidar el destino de toda una nación.

Daniel Gallardo – Periodista de Radio Estudio Cooperativa 91.7 y Diario El Ciudadano.

 

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