Una inexplicable deuda de la democracia – El fraude electoral
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Por Redacción

Una inexplicable deuda de la democracia – El fraude electoral



Es curioso –por no decir sospechoso–, que a tres décadas de recuperada la democracia en forma definitiva, no se hayan hecho los esfuerzos necesarios para resguardar aquello que es lo más valioso para nuestro sistema de gobierno: el voto del ciudadano.



La cultura del fraude

Pareciera que, llegado el momento crucial del sistema, la democracia finalmente queda en manos de un ejército de fiscales sin otra preparación –en el mejor de los casos–, que la gimnasia partidaria. Hay una increíble resistencia a adoptar formas más seguras de votar.

Es incuestionable que si un sistema funciona bien no se lo cambie, pero ese no es nuestro caso. Hemos asimilado como algo lógico y normal que no se puede competir en los grandes conglomerados si no se dispone de una gran cantidad de fiscales, que garanticen el conteo y la transmisión de los votos y el resguardo de los resultados. Este es otro vicio –por llamarlo de alguna manera–, que hemos naturalizado, como el “roban pero hacen” o “es casi imposible ganarle al oficialismo”.

La cultura del fraude no se circunscribe sólo al día de las elecciones. Sus rituales empiezan mucho tiempo antes. Cuando se afirma que es difícil ganarles a los oficialismos, se está pensando en la mayor disponibilidad de recursos (dinero del Estado); en la posibilidad que tiene quien gobierna, de ejercer un manejo deshonesto del sistema y la justicia electoral y en la mejor posición para practicar el asistencialismo con fines electorales ¿No son éstas, variadas (y descaradas) formas de fraude?

Una cultura del fraude, que lleva tantos años, es difícil de erradicar sin un cambio verdaderamente categórico de sistema. La pérdida de legitimidad empieza cuando se instala la sospecha. Y vemos como con increíble naturalidad, después de los comicios, muchos políticos hablan de “hechos aislados”, cuando en realidad todos saben que se trata de prácticas generalizadas y habituales. Mañas políticas que vienen desde hace más de un siglo.

Nadie dice en voz alta que el actual sistema fomenta el patoterismo electoral y que se ha instaurado exitosamente como metodología. En el fondo, los políticos tienen la inconfesable certeza que la causa más importante de que sea tan difícil derrotar a los oficialismos, es la gran posibilidad de cometer fraude que tiene quien administra el sistema.

En nuestro país no se hace de la forma grosera que se realiza en otros no muy lejanos, donde los caudillos barriales arrean, literalmente, a los ciudadanos hacia los lugares de comicios; que seamos más disimulados no nos exime de la falta.

A veces no sabemos si los encuestadores se equivocan porque hacen mal el relevamiento de las muestras y la compulsa o porque, en realidad, al evaluar sus estudios, no tienen en cuenta la capacidad de fraude de nuestro deshilachado sistema electoral.


Un sistema a la medida de nuestra necesidad

Un estudio comparado, en el que se evalúen correctamente las ventajas y desventajas de los posibles sistemas automatizados a adoptar, con la arcaica metodología vigente, podría demostrar claramente la enorme superioridad que tiene un buen sistema electrónico sobre el actual, altamente vulnerable. Principalmente en los que hace al control y fiscalización.

La tecnología ha avanzado muchísimo como para poder diseñar un sistema a la medida de nuestras necesidades, y asegurar el máximo de garantías sobre la transparencia.

Asimismo, la simplificación del proceso de datos permite la multiplicación de los sistemas de seguridad y control. Una de las principales ventajas está referida a la posibilidad de participación de todas las fuerzas políticas con equipos reducidos de especialistas que, en definitiva, reemplazan a las enormes cantidades de personal (fiscales), que hoy son imperiosamente necesarias.

No existe un sólo sistema de voto electrónico. La denominación de voto electrónico abarca una enorme gama de variantes y procedimientos, que van desde el voto electrónico de registro directo (sistemas DRE), pasando por los sistemas de boleta única electrónica, los de voto papel, hasta el voto emitido directamente a través de Internet. Estos sistemas no sólo están a disposición, sino que han sido ensayados con éxito en varios países.

Para empezar, se erradicarían algunos vicios propios de nuestra metodología tradicional, como el voto hormiga, el voto cadena y el robo de boletas, tan de moda últimamente en nuestras elecciones. El robo de boletas, implementado del modo que se hace particularmente en el conurbano bonaerense, anula directamente a un candidato, lo saca de juego negándole toda posibilidad de competir y constituye un grave obstáculo al acto democrático. Que haya un juez que con una simple disposición facilite este procedimiento es sumamente alarmante y demuestra una clara intención de fraude.

Quienes argumentan sobre las dificultades que presentan los sistemas de voto electrónico, se olvidan que una gran mayoría de nosotros, hoy usamos el sistema electrónico bancario, que permite hacer operaciones de dinero a través de la red.

El interés en perforar o violar el sistema bancario puede ser comparable al de violar el sistema electoral, sin embargo, la tecnología ha hecho posible un importante grado de seguridad, que permite que las personas confíen al momento de realizar sus transacciones económicas (transferencias de dinero en forma electrónica). Es sólo un ejemplo, porque también existen hoy innumerables sistemas electrónicos sumamente confiables que se ocupan de transferencias de datos sensibles.

Creer en el sistema democrático, es creer en el poder del voto popular. La democracia pierde todo sentido y todo valor, si no es capaz de garantizar a cada ciudadano que su voto va a ser respetado; si no se le transmite la convicción de que cada voto es importante, porque tiene el poder de cambiar la realidad.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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Es curioso –por no decir sospechoso–, que a tres décadas de recuperada la democracia en forma definitiva, no se hayan hecho los esfuerzos necesarios para resguardar aquello que es lo más valioso para nuestro sistema de gobierno: el voto del ciudadano.

La cultura del fraude
Pareciera que, llegado el momento crucial del sistema, la democracia finalmente queda en manos de un ejército de fiscales sin otra preparación –en el mejor de los casos–, que la gimnasia partidaria. Hay una increíble resistencia a adoptar formas más seguras de votar.
Es incuestionable que si un sistema funciona bien no se lo cambie, pero ese no es nuestro caso. Hemos asimilado como algo lógico y normal que no se puede competir en los grandes conglomerados si no se dispone de una gran cantidad de fiscales, que garanticen el conteo y la transmisión de los votos y el resguardo de los resultados. Este es otro vicio –por llamarlo de alguna manera–, que hemos naturalizado, como el “roban pero hacen” o “es casi imposible ganarle al oficialismo”.
La cultura del fraude no se circunscribe sólo al día de las elecciones. Sus rituales empiezan mucho tiempo antes. Cuando se afirma que es difícil ganarles a los oficialismos, se está pensando en la mayor disponibilidad de recursos (dinero del Estado); en la posibilidad que tiene quien gobierna, de ejercer un manejo deshonesto del sistema y la justicia electoral y en la mejor posición para practicar el asistencialismo con fines electorales ¿No son éstas, variadas (y descaradas) formas de fraude?
Una cultura del fraude, que lleva tantos años, es difícil de erradicar sin un cambio verdaderamente categórico de sistema. La pérdida de legitimidad empieza cuando se instala la sospecha. Y vemos como con increíble naturalidad, después de los comicios, muchos políticos hablan de “hechos aislados”, cuando en realidad todos saben que se trata de prácticas generalizadas y habituales. Mañas políticas que vienen desde hace más de un siglo.
Nadie dice en voz alta que el actual sistema fomenta el patoterismo electoral y que se ha instaurado exitosamente como metodología. En el fondo, los políticos tienen la inconfesable certeza que la causa más importante de que sea tan difícil derrotar a los oficialismos, es la gran posibilidad de cometer fraude que tiene quien administra el sistema.
En nuestro país no se hace de la forma grosera que se realiza en otros no muy lejanos, donde los caudillos barriales arrean, literalmente, a los ciudadanos hacia los lugares de comicios; que seamos más disimulados no nos exime de la falta.
A veces no sabemos si los encuestadores se equivocan porque hacen mal el relevamiento de las muestras y la compulsa o porque, en realidad, al evaluar sus estudios, no tienen en cuenta la capacidad de fraude de nuestro deshilachado sistema electoral.

Un sistema a la medida de nuestra necesidad
Un estudio comparado, en el que se evalúen correctamente las ventajas y desventajas de los posibles sistemas automatizados a adoptar, con la arcaica metodología vigente, podría demostrar claramente la enorme superioridad que tiene un buen sistema electrónico sobre el actual, altamente vulnerable. Principalmente en los que hace al control y fiscalización.
La tecnología ha avanzado muchísimo como para poder diseñar un sistema a la medida de nuestras necesidades, y asegurar el máximo de garantías sobre la transparencia.
Asimismo, la simplificación del proceso de datos permite la multiplicación de los sistemas de seguridad y control. Una de las principales ventajas está referida a la posibilidad de participación de todas las fuerzas políticas con equipos reducidos de especialistas que, en definitiva, reemplazan a las enormes cantidades de personal (fiscales), que hoy son imperiosamente necesarias.
No existe un sólo sistema de voto electrónico. La denominación de voto electrónico abarca una enorme gama de variantes y procedimientos, que van desde el voto electrónico de registro directo (sistemas DRE), pasando por los sistemas de boleta única electrónica, los de voto papel, hasta el voto emitido directamente a través de Internet. Estos sistemas no sólo están a disposición, sino que han sido ensayados con éxito en varios países.
Para empezar, se erradicarían algunos vicios propios de nuestra metodología tradicional, como el voto hormiga, el voto cadena y el robo de boletas, tan de moda últimamente en nuestras elecciones. El robo de boletas, implementado del modo que se hace particularmente en el conurbano bonaerense, anula directamente a un candidato, lo saca de juego negándole toda posibilidad de competir y constituye un grave obstáculo al acto democrático. Que haya un juez que con una simple disposición facilite este procedimiento es sumamente alarmante y demuestra una clara intención de fraude.
Quienes argumentan sobre las dificultades que presentan los sistemas de voto electrónico, se olvidan que una gran mayoría de nosotros, hoy usamos el sistema electrónico bancario, que permite hacer operaciones de dinero a través de la red.
El interés en perforar o violar el sistema bancario puede ser comparable al de violar el sistema electoral, sin embargo, la tecnología ha hecho posible un importante grado de seguridad, que permite que las personas confíen al momento de realizar sus transacciones económicas (transferencias de dinero en forma electrónica). Es sólo un ejemplo, porque también existen hoy innumerables sistemas electrónicos sumamente confiables que se ocupan de transferencias de datos sensibles.
Creer en el sistema democrático, es creer en el poder del voto popular. La democracia pierde todo sentido y todo valor, si no es capaz de garantizar a cada ciudadano que su voto va a ser respetado; si no se le transmite la convicción de que cada voto es importante, porque tiene el poder de cambiar la realidad.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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