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Por Redacción
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Un rayo dorado cayó sobre el oscuro camino juvenil



Caminaba por las avenidas de la “gran ciudad” había llegado hasta allí para cumplir esos,  por momentos,  inalcanzables sueños. A pocas cuadras de allí, otro joven de su edad se debatía entre morir bajo las balas o por sobredosis. Uno, el primero, quién estudió con el sacrificio y los sueños de sus padres en San Martín 2, aquel lejano pueblo de la provincia de Formosa. Había llegado hasta las puertas del CeNARD (Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo), allí se encontraría con otros jóvenes  que se preparaban en distintas disciplinas deportivas y con el seleccionado que, por fin, lo había convocado. El otro, el segundo, transitaba la vida por los mortales pasos que le propusieron en su indigente cuna. Mientras, más allá, más jóvenes conviven en los laberintos de una inédita realidad argentina. Allí, donde sobresalen groseramente y hasta se multiplican sin control esos mortales ejemplos de los jóvenes sin rumbo. Aunque también están, en menor medida los que estudian, trabajan y planifican un futuro, sin medir sacrificios de horarios, de espacios y de todas aquellas cosas que la vida mundana tienta a “pasarla bien”.


Esta es la República Argentina que hoy nos muestra una postal por adelantado de lo que podrían ser los tiempos que vienen para el país. Una postal que también refleja hasta donde fuimos capaces de ir como sociedad, más incapaces de retornar. Una mirada sobre el abrupto descenso que la nación sufrió en las últimas décadas en la educación, en la formación de la familia con límites, guías y ejemplos, en la corrosión del estado y de un sector importante de la sociedad comercial. Un todo que golpeó directamente en el legado de vida de los argentinos: “sus hijos”.


Por eso y volviendo a los jóvenes del principio de este relato sin ficción. Vemos que ellos, esos jóvenes, se debaten solos en el terreno de las inmerecidas y mugrientas incoherencias de país. A diario los periodistas reflejamos como drogados, alcoholizados y violentos nuestros jóvenes mueren o “producen muerte”. Como nuestros jóvenes son protagonistas en gran porcentaje de actos delictuales, del acrecentamiento de la alarmante deserción educativa, de accidentes viales, de ese “gran bullying” escolar y social. Mientras, que con resaltadores encontramos “verdaderas excepciones”: algún joven becado en la prestigiosa Universidad de Harvard; chicos que inventan cuestiones técnicas exhibidas con orgullo educativo; chicos que realizan tareas solidarias en lugares donde no llegan los que deberían llegar o chicos que nos dejan esa tenue luz de esperanza de que no todo está perdido.


Ese puñado de intensos días de los Panamericanos de Toronto 2015, hicieron flotar en la realidad argentina esos otros aspectos que nos dejan claro que todavía tenemos “algún tiempo” para encaminar la nación perdida. Ese puñado de pibes le dio un GRAN ejemplo a la nación. Pero, además le expresaron que ellos también son parte de este convulsionado país. Que sus familias no están destruidas, que la educación hizo mella en su excelente formación, que el narcotráfico, la violencia y los absurdos desaciertos no han penetrado en su modo de vivir y planificar el tiempo que viene. Pibes, que en su gran mayoría son parte de sacrificios de una sociedad distinta que subyace en la compleja realidad nacional. Que lo que lograron ante los ojos de América es fruto precisamente de ese sacrificio y de una actitud ejemplar que nos deja a todos dos cosas: “que con mucho, constante y sabio trabajo se llega a todo objetivo. Y, que ellos también  son parte de esta tierra, como para mostrarlos ante millones de niños y sus familias que solo tuvieron frente a sí el malogrado andar de esos otros que los llevan a un oscuro callejón sin salida.


Los pibes de Toronto no pueden, ni deben ser una excepción. Los pibes de Toronto deben ser como “ese rayo dorado que cae sobre el oscuro camino juvenil” de una nación que debe recuperar la dignidad, el respeto y la lógica del vivir de su gente. Los pibes de Toronto más allá de los logros deportivos y por medio de ellos, nos muestran el camino que como familia y sociedad debemos comenzar a transitar. Donde además es vital e imperiosa la presencia de las instituciones del estado, que hasta ahora con sus funcionarios “fueron descaradamente cómplices, cuanto más, miraron para otro costado” en toda esa inmerecida degradación que ha sufrido el futuro del país, nada más y nada menos que sus hijos.


Por Daniel Gallardo, periodista y productor Estudio Cooperativa 91.7 y Diario El Ciudadano.


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Un rayo dorado cayó sobre el oscuro camino juvenil

Caminaba por las avenidas de la “gran ciudad” había llegado hasta allí para cumplir esos,  por momentos,  inalcanzables sueños. A pocas cuadras de allí, otro joven de su edad se debatía entre morir bajo las balas o por sobredosis. Uno, el primero, quién estudió con el sacrificio y los sueños de sus padres en San Martín 2, aquel lejano pueblo de la provincia de Formosa. Había llegado hasta las puertas del CeNARD (Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo), allí se encontraría con otros jóvenes  que se preparaban en distintas disciplinas deportivas y con el seleccionado que, por fin, lo había convocado. El otro, el segundo, transitaba la vida por los mortales pasos que le propusieron en su indigente cuna. Mientras, más allá, más jóvenes conviven en los laberintos de una inédita realidad argentina. Allí, donde sobresalen groseramente y hasta se multiplican sin control esos mortales ejemplos de los jóvenes sin rumbo. Aunque también están, en menor medida los que estudian, trabajan y planifican un futuro, sin medir sacrificios de horarios, de espacios y de todas aquellas cosas que la vida mundana tienta a “pasarla bien”.

Esta es la República Argentina que hoy nos muestra una postal por adelantado de lo que podrían ser los tiempos que vienen para el país. Una postal que también refleja hasta donde fuimos capaces de ir como sociedad, más incapaces de retornar. Una mirada sobre el abrupto descenso que la nación sufrió en las últimas décadas en la educación, en la formación de la familia con límites, guías y ejemplos, en la corrosión del estado y de un sector importante de la sociedad comercial. Un todo que golpeó directamente en el legado de vida de los argentinos: “sus hijos”.

Por eso y volviendo a los jóvenes del principio de este relato sin ficción. Vemos que ellos, esos jóvenes, se debaten solos en el terreno de las inmerecidas y mugrientas incoherencias de país. A diario los periodistas reflejamos como drogados, alcoholizados y violentos nuestros jóvenes mueren o “producen muerte”. Como nuestros jóvenes son protagonistas en gran porcentaje de actos delictuales, del acrecentamiento de la alarmante deserción educativa, de accidentes viales, de ese “gran bullying” escolar y social. Mientras, que con resaltadores encontramos “verdaderas excepciones”: algún joven becado en la prestigiosa Universidad de Harvard; chicos que inventan cuestiones técnicas exhibidas con orgullo educativo; chicos que realizan tareas solidarias en lugares donde no llegan los que deberían llegar o chicos que nos dejan esa tenue luz de esperanza de que no todo está perdido.

Ese puñado de intensos días de los Panamericanos de Toronto 2015, hicieron flotar en la realidad argentina esos otros aspectos que nos dejan claro que todavía tenemos “algún tiempo” para encaminar la nación perdida. Ese puñado de pibes le dio un GRAN ejemplo a la nación. Pero, además le expresaron que ellos también son parte de este convulsionado país. Que sus familias no están destruidas, que la educación hizo mella en su excelente formación, que el narcotráfico, la violencia y los absurdos desaciertos no han penetrado en su modo de vivir y planificar el tiempo que viene. Pibes, que en su gran mayoría son parte de sacrificios de una sociedad distinta que subyace en la compleja realidad nacional. Que lo que lograron ante los ojos de América es fruto precisamente de ese sacrificio y de una actitud ejemplar que nos deja a todos dos cosas: “que con mucho, constante y sabio trabajo se llega a todo objetivo. Y, que ellos también  son parte de esta tierra, como para mostrarlos ante millones de niños y sus familias que solo tuvieron frente a sí el malogrado andar de esos otros que los llevan a un oscuro callejón sin salida.

Los pibes de Toronto no pueden, ni deben ser una excepción. Los pibes de Toronto deben ser como “ese rayo dorado que cae sobre el oscuro camino juvenil” de una nación que debe recuperar la dignidad, el respeto y la lógica del vivir de su gente. Los pibes de Toronto más allá de los logros deportivos y por medio de ellos, nos muestran el camino que como familia y sociedad debemos comenzar a transitar. Donde además es vital e imperiosa la presencia de las instituciones del estado, que hasta ahora con sus funcionarios “fueron descaradamente cómplices, cuanto más, miraron para otro costado” en toda esa inmerecida degradación que ha sufrido el futuro del país, nada más y nada menos que sus hijos.

Por Daniel Gallardo, periodista y productor Estudio Cooperativa 91.7 y Diario El Ciudadano.

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