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Trascender
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Por Redacción

Trascender



Una victoria, varias victorias, el reconocimiento y la gloria antes de la gloria. Un tropezón que casi es caída y una pérdida, de esas de las que no te recuperás. Todas estas emociones, certezas, transiciones y vaivenes marcan los últimos tres meses de Marcelo Gallardo desde que asumió como entrenador de River.


Al borde la línea de cal y muy cerquita del banco, lo abrazó su hijo después del gol de Mercado. El pibe es pasapelotas y sueña con ser lo que fue su papá de la línea de cal para adentro. El Monumental explota y se hermana en un único grito de gol y él mira al cielo buscando la mirada cómplice de su mamá.


Casi no se recuperaba de la emoción cuando el himno a la alegría, el sonido eufórico del gol lo sacudió de nuevo. Pezzella y otro  cabezazo devolvían a River al Olimpo continental. A los 44 se puso el saco (vio todo el partido sin él), empezó a saludar a sus soldados y cuando el árbitro pitó el final fue abordado por el querido Tití Fernández; no le pudo responder una pregunta pero si pudo desahogarse en su hombro. Luego su mirada se perdió en la inmensidad del estadio Monumental como si fuera la primera vez que lo viera y entonces entendió que se transformó en el primer individuo en ser campeón internacional como jugador y entrenador en la riquísima historia riverplatense.


Sus facciones se fueron relajando, la mirada volvió a hacer foco y recién entonces pudo disfrutar. ¿Será consciente de que es un revolucionario?, ¿Será consciente de que transformó la forma de entender el fútbol en la Argentina?, ¿Será consciente de que devolvió a River al lugar donde él lo había dejado con una ideología con pilares en las raíces de la historia pero con mirada al futuro?, ¿Será consciente de que logró lo que pocos: trascender?


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Una victoria, varias victorias, el reconocimiento y la gloria antes de la gloria. Un tropezón que casi es caída y una pérdida, de esas de las que no te recuperás. Todas estas emociones, certezas, transiciones y vaivenes marcan los últimos tres meses de Marcelo Gallardo desde que asumió como entrenador de River.

Al borde la línea de cal y muy cerquita del banco, lo abrazó su hijo después del gol de Mercado. El pibe es pasapelotas y sueña con ser lo que fue su papá de la línea de cal para adentro. El Monumental explota y se hermana en un único grito de gol y él mira al cielo buscando la mirada cómplice de su mamá.

Casi no se recuperaba de la emoción cuando el himno a la alegría, el sonido eufórico del gol lo sacudió de nuevo. Pezzella y otro  cabezazo devolvían a River al Olimpo continental. A los 44 se puso el saco (vio todo el partido sin él), empezó a saludar a sus soldados y cuando el árbitro pitó el final fue abordado por el querido Tití Fernández; no le pudo responder una pregunta pero si pudo desahogarse en su hombro. Luego su mirada se perdió en la inmensidad del estadio Monumental como si fuera la primera vez que lo viera y entonces entendió que se transformó en el primer individuo en ser campeón internacional como jugador y entrenador en la riquísima historia riverplatense.

Sus facciones se fueron relajando, la mirada volvió a hacer foco y recién entonces pudo disfrutar. ¿Será consciente de que es un revolucionario?, ¿Será consciente de que transformó la forma de entender el fútbol en la Argentina?, ¿Será consciente de que devolvió a River al lugar donde él lo había dejado con una ideología con pilares en las raíces de la historia pero con mirada al futuro?, ¿Será consciente de que logró lo que pocos: trascender?

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