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Por Redacción

“Soy jodidamente crítico conmigo”



Su nombre es Nadim Calvin, es artista profesional, se formó en Argentina y España y su vida se debate entre ambos mundos. Detrás de este hombre hay muchas historias para contar.

Nadim contó su historia a El Ciudadano y se caratula como español, algo así como “un bicho raro”, que tiene más de mendocino que muchos de los que vemos a diario. Es artista plástico, actor y escritor y ha ganado premios como artista plástico, escritor y actor, junto a sus compañeros de Calvin S. A. y además es uno de los responsables de Puinac, la cantina restó del Club Agustín Álvarez.


De España a Mendoza

Los abuelos de Nadim llegaron a América, específicamente a Brasil junto a miles de inmigrantes que por esa época miraban hacia el Occidente soñando con un futuro mejor. “Fue la época de la Primera Guerra Mundial, los padres de mi mamá trabajaban en una fazenda cafetera en las afueras de San Pablo, ahí se conocieron y se casaron. Mi abuela tuvo dos niñas y cuando se quedó embarazada de la tercera (mi madre) mi abuelo se enfermó de los pulmones y le dijeron que buscara un lugar más seco para vivir. Mi abuelo tenía un primo que había sobrevivido a un naufragio: trabajaba en Brasil y estuvo 12 horas agarrado de una tabla con cuatro dedos cortados y tiburones alrededor y no sé cómo no se lo comieron”, dijo entre risas, y agregó que la naviera lo indemnizó y con ese dinero se vino a vivir a Mendoza, se puso una panadería a la que llamó igual que el barco hundido: Príncipe de Asturias, y fue él quien le ofreció a su abuelo trabajo en un lugar más seco y árido. “Así fue como mis abuelos vinieron desde Brasil a Mendoza. Mi madre estaba en la panza de mi abuela y nació acá en la Cuarta Sección”, relató Nadim, y contó que a esa ciudad vieja le escribió una novela que le valió un primer premio literario.


De Mendoza a España

“Mi abuela quedó viuda con tres niñas chicas, así que decidió volver a España, ya que sus padres habían podido comprar tierras con el dinero que habían ahorrado trabajando duro en Brasil. A mi madre se la llevaron chiquita de acá a España y, en mi caso, me trajeron de chico a Mendoza”, contó con gran admiración al hablar de su madre.

Algunas decisiones en la vida familiar lo pusieron a Nadim a sus 7 años en Mendoza. Vino con su mamá y después de 9 meses llegaría también su padre, ya que en esa época era más fácil viajar así: por “reagrupación familiar”. Su romance con esta tierra nació en el mismo momento que la conoció: “Cuando llegué me pasó algo raro porque nunca me sentí un extraño en este lugar, es como si esta tierra me hubiera convocado de antes, yo me sentí en mi casa, hice la primaria, amé a mis maestras, la secundaria y empecé la universidad”, explicó.

Es de destacar que Nadim viene de familia de artistas, ya que convivió con el arte desde muy chico, se crió viendo a su papá trabajar en la sala de máquinas del teatro Cervantes, a sus tíos bailar y pintar. Se vinculó desde muy pequeño con el lenguaje del teatro, con los óleos y todo tipo de manifestación artística que estaba a su alrededor. También intentó revelarse a todo eso inscribiéndose en la carrera de Medicina en la que duró tres meses, para finalizar donde tenía que estar: inmerso en el mundo artístico.

A partir de ese momento, el hombre comienza a viajar bastante seguido a España, por lo que su carrera universitaria de Artes Plásticas la inicia en la Universidad Nacional de Cuyo y la finaliza en el Colegio de los Escolapios de Madrid.


Casi como un ‘Ceniciento’

Nadim, con 21 años, vivía en San Carlos de Bariloche y se desempeñaba en LU8 como conductor de un programa de radio del Consulado Español y otro que se emitía diariamente para despertar a la gente. Cuando salía de la radio, como buen artista, tomaba sus acuarelas y se iba a pintar a Puerto Pañuelo. “Un día había pintado varias obras y de pronto apareció un señor que me dijo: ‘qué maravilla, qué belleza eso, por favor. La verdad que no tengo cómo ponderarlo. Tan jovencito y, ¡qué mano, por favor!’. Entonces me pidió que se las vendiera y yo le dije que era un pasatiempo, así que se las regalé y, a modo de agradecimiento, me invitó a tomar un café al Llao Llao”, relató.


“El hotel lo había visto de afuera, nos fuimos, conversamos y me propuso que hablara con el gerente y que le pidiera poner una galería de arte en el hotel. Le dije que no tenía tiempo, que trabajaba en la radio, entonces me dijo que podía ganar mucho más vendiendo cuadros. Se ofreció a presentarme al gerente, me llevó hasta su oficina y cuando abrió la puerta, pasó detrás del escritorio, se sentó en el sillón y me dijo: ‘¡acá tenés al gerente! ¿Qué necesitás para poner tu galería de arte?’”, contó el hombre, mientras reconoció que fue un momento donde pensó que era una tomada de pelo, pero no lo fue, ya que 15 días después Nadim tenía su galería de arte en un hotel emblemático de la Argentina: el Llao llao y desde donde cientos de sus cuadros viajaron a otros lugares del mundo.


Allí permaneció 4 años hasta que el hotel cerró un tiempo y Calvin abrió galerías en hoteles como el Plaza y el Huentala en Mendoza. Expuso en el Interlaken de Bariloche y durante varias temporadas de verano en el hotel Argentino, de Piriápolis, lo que le permitió vender “toneladas” de cuadros en Uruguay.


De vuelta al pago

Los viajes eran moneda corriente en la vida de este artista que se define como “solitario” pero amante de su familia. La última gran aventura en cuanto a viajes fue en el 2000. “Me fui por tres meses y me quedé casi nueve años. Viajaron mis padres y mi hermano también. Estando en España, mamá tuvo un ACV y la peleó dos años hasta que falleció, luego mi padre empezó con problemas de demencia senil. Era momento de volver y se repitió la historia, porque mi mamá me trajo en el barquito de la mano y, yo que detesto los aviones, me vine a la Argentina en un crucero y también me traje a papá. Ahora el grande era yo, que lo traía a mi viejo como un niño chico, y eso fue muy fuerte. Cosas locas que tiene la vida”, describió emocionado ese paralelismo.

Una vez en Mendoza, Nadim se dedicó por completo a su padre hasta sus últimos días y empezó a dar clases de Plástica en la penitenciaría, hasta que un accidente lo dejó fuera del circuito educativo y empezó a estudiar el profesorado de Historia. Sintiendo la necesidad de estar con gente, llegó un día al club Agustín Álvarez de la mano de Walter, un compañero de facultad y luego de un tiempo de “acondicionamiento” de las instalaciones inauguraron Puinac restó concert, un lugar donde no sólo se puede disfrutar de las pinturas de este artista, tomar clases de teatro o de arte, sino también verlo sobre el escenario junto a su hermano, mientras se disfruta de un rico plato de comida mediterránea hecha por sus manos, como una forma de agradecimiento a la tierra de la que admira su cultura, pero a la cual no volvería, ya que a pesar de ser granadino, se siente mucho más argentino./ Rebeca Rodriguez


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“Soy jodidamente crítico conmigo”

Su nombre es Nadim Calvin, es artista profesional, se formó en Argentina y España y su vida se debate entre ambos mundos. Detrás de este hombre hay muchas historias para contar.
Nadim contó su historia a El Ciudadano y se caratula como español, algo así como “un bicho raro”, que tiene más de mendocino que muchos de los que vemos a diario. Es artista plástico, actor y escritor y ha ganado premios como artista plástico, escritor y actor, junto a sus compañeros de Calvin S. A. y además es uno de los responsables de Puinac, la cantina restó del Club Agustín Álvarez.

De España a Mendoza
Los abuelos de Nadim llegaron a América, específicamente a Brasil junto a miles de inmigrantes que por esa época miraban hacia el Occidente soñando con un futuro mejor. “Fue la época de la Primera Guerra Mundial, los padres de mi mamá trabajaban en una fazenda cafetera en las afueras de San Pablo, ahí se conocieron y se casaron. Mi abuela tuvo dos niñas y cuando se quedó embarazada de la tercera (mi madre) mi abuelo se enfermó de los pulmones y le dijeron que buscara un lugar más seco para vivir. Mi abuelo tenía un primo que había sobrevivido a un naufragio: trabajaba en Brasil y estuvo 12 horas agarrado de una tabla con cuatro dedos cortados y tiburones alrededor y no sé cómo no se lo comieron”, dijo entre risas, y agregó que la naviera lo indemnizó y con ese dinero se vino a vivir a Mendoza, se puso una panadería a la que llamó igual que el barco hundido: Príncipe de Asturias, y fue él quien le ofreció a su abuelo trabajo en un lugar más seco y árido. “Así fue como mis abuelos vinieron desde Brasil a Mendoza. Mi madre estaba en la panza de mi abuela y nació acá en la Cuarta Sección”, relató Nadim, y contó que a esa ciudad vieja le escribió una novela que le valió un primer premio literario.

De Mendoza a España
“Mi abuela quedó viuda con tres niñas chicas, así que decidió volver a España, ya que sus padres habían podido comprar tierras con el dinero que habían ahorrado trabajando duro en Brasil. A mi madre se la llevaron chiquita de acá a España y, en mi caso, me trajeron de chico a Mendoza”, contó con gran admiración al hablar de su madre.
Algunas decisiones en la vida familiar lo pusieron a Nadim a sus 7 años en Mendoza. Vino con su mamá y después de 9 meses llegaría también su padre, ya que en esa época era más fácil viajar así: por “reagrupación familiar”. Su romance con esta tierra nació en el mismo momento que la conoció: “Cuando llegué me pasó algo raro porque nunca me sentí un extraño en este lugar, es como si esta tierra me hubiera convocado de antes, yo me sentí en mi casa, hice la primaria, amé a mis maestras, la secundaria y empecé la universidad”, explicó.
Es de destacar que Nadim viene de familia de artistas, ya que convivió con el arte desde muy chico, se crió viendo a su papá trabajar en la sala de máquinas del teatro Cervantes, a sus tíos bailar y pintar. Se vinculó desde muy pequeño con el lenguaje del teatro, con los óleos y todo tipo de manifestación artística que estaba a su alrededor. También intentó revelarse a todo eso inscribiéndose en la carrera de Medicina en la que duró tres meses, para finalizar donde tenía que estar: inmerso en el mundo artístico.
A partir de ese momento, el hombre comienza a viajar bastante seguido a España, por lo que su carrera universitaria de Artes Plásticas la inicia en la Universidad Nacional de Cuyo y la finaliza en el Colegio de los Escolapios de Madrid.

Casi como un ‘Ceniciento’
Nadim, con 21 años, vivía en San Carlos de Bariloche y se desempeñaba en LU8 como conductor de un programa de radio del Consulado Español y otro que se emitía diariamente para despertar a la gente. Cuando salía de la radio, como buen artista, tomaba sus acuarelas y se iba a pintar a Puerto Pañuelo. “Un día había pintado varias obras y de pronto apareció un señor que me dijo: ‘qué maravilla, qué belleza eso, por favor. La verdad que no tengo cómo ponderarlo. Tan jovencito y, ¡qué mano, por favor!’. Entonces me pidió que se las vendiera y yo le dije que era un pasatiempo, así que se las regalé y, a modo de agradecimiento, me invitó a tomar un café al Llao Llao”, relató.

“El hotel lo había visto de afuera, nos fuimos, conversamos y me propuso que hablara con el gerente y que le pidiera poner una galería de arte en el hotel. Le dije que no tenía tiempo, que trabajaba en la radio, entonces me dijo que podía ganar mucho más vendiendo cuadros. Se ofreció a presentarme al gerente, me llevó hasta su oficina y cuando abrió la puerta, pasó detrás del escritorio, se sentó en el sillón y me dijo: ‘¡acá tenés al gerente! ¿Qué necesitás para poner tu galería de arte?’”, contó el hombre, mientras reconoció que fue un momento donde pensó que era una tomada de pelo, pero no lo fue, ya que 15 días después Nadim tenía su galería de arte en un hotel emblemático de la Argentina: el Llao llao y desde donde cientos de sus cuadros viajaron a otros lugares del mundo.

Allí permaneció 4 años hasta que el hotel cerró un tiempo y Calvin abrió galerías en hoteles como el Plaza y el Huentala en Mendoza. Expuso en el Interlaken de Bariloche y durante varias temporadas de verano en el hotel Argentino, de Piriápolis, lo que le permitió vender “toneladas” de cuadros en Uruguay.

De vuelta al pago
Los viajes eran moneda corriente en la vida de este artista que se define como “solitario” pero amante de su familia. La última gran aventura en cuanto a viajes fue en el 2000. “Me fui por tres meses y me quedé casi nueve años. Viajaron mis padres y mi hermano también. Estando en España, mamá tuvo un ACV y la peleó dos años hasta que falleció, luego mi padre empezó con problemas de demencia senil. Era momento de volver y se repitió la historia, porque mi mamá me trajo en el barquito de la mano y, yo que detesto los aviones, me vine a la Argentina en un crucero y también me traje a papá. Ahora el grande era yo, que lo traía a mi viejo como un niño chico, y eso fue muy fuerte. Cosas locas que tiene la vida”, describió emocionado ese paralelismo.
Una vez en Mendoza, Nadim se dedicó por completo a su padre hasta sus últimos días y empezó a dar clases de Plástica en la penitenciaría, hasta que un accidente lo dejó fuera del circuito educativo y empezó a estudiar el profesorado de Historia. Sintiendo la necesidad de estar con gente, llegó un día al club Agustín Álvarez de la mano de Walter, un compañero de facultad y luego de un tiempo de “acondicionamiento” de las instalaciones inauguraron Puinac restó concert, un lugar donde no sólo se puede disfrutar de las pinturas de este artista, tomar clases de teatro o de arte, sino también verlo sobre el escenario junto a su hermano, mientras se disfruta de un rico plato de comida mediterránea hecha por sus manos, como una forma de agradecimiento a la tierra de la que admira su cultura, pero a la cual no volvería, ya que a pesar de ser granadino, se siente mucho más argentino./ Rebeca Rodriguez

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