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“Siempre se puede”
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Por Redacción

“Siempre se puede”



Como última nota de 2015, después de haber conocido y dado a conocer decenas de historias de mendocinos que desde el anonimato transforman su entorno en un lugar más lindo, llenándonos de orgullo, se nos ocurrió que para cerrar el año teníamos que contarles alguna que fuera la suma de otras historias, lo que pone de manifiesto que la suma de voluntades genera oportunidades que abren puertas que parecían imposibles.


El esfuerzo, la valentía de animarse a lo nuevo, la dedicación y sobre todo ese valor agregado que transforma una actividad rutinaria en mágica, es lo que ayudó a seleccionar esta historia como la que cierra el año. Aquí se entrecruzan los sueños de una docente abocada y orgullosa, una joven que cambió su vida gracias a la capacitación y una organización que actuó de puente para unir extremos que de otra manera hubiera sido al menos difícil.


Para resumir: la suma de muchas voluntades mueve montañas.


Eliana, la profe.


Eliana es docente de Gastronomía, la conocimos trabajando en un Centro de Capacitación para el Trabajo (CCT) de Ciudad, pero también da clases en otro ubicado en el piedemonte de Godoy Cruz. Se trata del Nº 6012 Rosario Vera Peñaloza.


El año pasado, Eliana recibió una medalla como docente destacada de la provincia, algo que cuenta con entusiasmo y emoción, aunque no tanto como cuando habla de los logros de cada una de sus alumnas, quizás por que en ellas está la prolongación de sus esfuerzos, dando siempre más de lo que la currícula exige.


Antes de dedicarse de lleno a estos dos centros, Eliana dio clases en Fray Luis Beltrán, y a los contenidos obligatorios les sumó salidas educativas, concursos de gastronomía en los que participaban alumnos de otros CCT de la provincia y, principalmente, el vínculo con sus alumnos. También compartió buenos y malos momentos con ellos, acompañándolos con su presencia.


Griselda, la alumna.


Griselda Escudero vive en el barrio La Estanzuela. Es una mamá soltera de 20 años que terminó su escuela secundaria y como no pudo empezar una carrera universitaria, estaba sin actividad hasta que una amiga le contó sobre el curso de Gastronomía.


Entre marzo y abril, Griselda se acercó a la escuela y tuvo que esperar que se liberara una vacante para poder empezar. Lo que nunca imaginó es que a poco de andar, en las clases de Gastronomía se iba a descubrir inmersa en una pasión. “Nunca me había llamado la atención la cocina, pero empecé y me gustó; además no lo veo como un hobby, sino como una profesión”, asegura entusiasmada la joven.


El Hormiguero.


En julio, El Ciudadano contó la historia de El Hormiguero Productivo, una organización que estaba dando sus primeros pasos capacitando a personas en gastronomía teniendo como base la economía social. En aquel momento comenzaban a planificar un curso de cocina regional a cargo de cocineros y cocineras reconocidos de la provincia, y con el auspicio de empresarios gastronómicos y bodegueros que ponen en práctica la responsabilidad social.



El 14 de este mes, El Hormiguero hizo el cierre del curso de cocina regional, donde los familiares de los participantes pudieron disfrutar de las exquisiteces que los chicos aprendieron a cocinar de la mano de los grandes. Y es aquí donde las historias de las dos mujeres se cruzan: si bien el curso fue organizado por la ONG, la profe Eliana se encargó de realizar todas las acciones administrativas necesarias para que sus alumnas del CCT pudiesen concurrir y capacitarse en las doce clases que duraba. Por eso, aquella noche, Griselda también puso manos a la obra mostrando algo de todo lo que había aprendido.


La oportunidad detrás de la foto.


El hecho de haber participado del curso, a Griselda le dio la posibilidad de aprender y además de conocer a cocineros destacados, como Pablo del Río, con quien luego de la clase se tomó una fotografía, la acompañó con un texto de agradecimiento y la compartió en su perfil de Facebook.


IMG-20151216-WA0007


Esa imagen fue el disparador para que un amigo de la secundaria le pasara la data de que en un renombrado restorán de lujo, ubicado en el piso 14 de un famoso hotel de la Ciudad, estaban buscando ayudantes de cocina. La joven se animó, llamó, y la citaron para el día siguiente, y ese mismo día se quedó en la cocina.


“En la entrevista le dije (a del Río) que no era una gran cocinera, que estaba haciendo el curso de ayudante de cocina y además el de cocina regional y que no sabía mucho, pero que me gustaba. Entonces me aseguró que ahí iba a aprender y que me iban a ayudar. Me dijo que si tenía ropa cómoda que me cambiara porque empezaba a practicar en ese momento”, recuerda ahora la bella morocha con mucha felicidad.


Admiración mutua.


Mientras Griselda le agradece a la profe todo lo que aprendió y el acompañamiento que le brindó en todo momento, y le dice que es “una genia”, Eliana se emociona porque siente que ningún esfuerzo que haga será en vano. De hecho, cree que ver a una de sus alumnas –que no es la única– disfrutando de lo que ella enseña, ver cómo se despiertan las ganas de aprender más, de mejorar y cómo todo eso va dando frutos, no hay sueldo que lo pague. “Con estas cosas uno es feliz, los logros de mis alumnos me hacen feliz”, asegura.


Por Rebeca Rodríguez Viñolo – El Ciudadano on line


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“Siempre se puede”

Como última nota de 2015, después de haber conocido y dado a conocer decenas de historias de mendocinos que desde el anonimato transforman su entorno en un lugar más lindo, llenándonos de orgullo, se nos ocurrió que para cerrar el año teníamos que contarles alguna que fuera la suma de otras historias, lo que pone de manifiesto que la suma de voluntades genera oportunidades que abren puertas que parecían imposibles.

El esfuerzo, la valentía de animarse a lo nuevo, la dedicación y sobre todo ese valor agregado que transforma una actividad rutinaria en mágica, es lo que ayudó a seleccionar esta historia como la que cierra el año. Aquí se entrecruzan los sueños de una docente abocada y orgullosa, una joven que cambió su vida gracias a la capacitación y una organización que actuó de puente para unir extremos que de otra manera hubiera sido al menos difícil.

Para resumir: la suma de muchas voluntades mueve montañas.

Eliana, la profe.

Eliana es docente de Gastronomía, la conocimos trabajando en un Centro de Capacitación para el Trabajo (CCT) de Ciudad, pero también da clases en otro ubicado en el piedemonte de Godoy Cruz. Se trata del Nº 6012 Rosario Vera Peñaloza.

El año pasado, Eliana recibió una medalla como docente destacada de la provincia, algo que cuenta con entusiasmo y emoción, aunque no tanto como cuando habla de los logros de cada una de sus alumnas, quizás por que en ellas está la prolongación de sus esfuerzos, dando siempre más de lo que la currícula exige.

Antes de dedicarse de lleno a estos dos centros, Eliana dio clases en Fray Luis Beltrán, y a los contenidos obligatorios les sumó salidas educativas, concursos de gastronomía en los que participaban alumnos de otros CCT de la provincia y, principalmente, el vínculo con sus alumnos. También compartió buenos y malos momentos con ellos, acompañándolos con su presencia.

Griselda, la alumna.

Griselda Escudero vive en el barrio La Estanzuela. Es una mamá soltera de 20 años que terminó su escuela secundaria y como no pudo empezar una carrera universitaria, estaba sin actividad hasta que una amiga le contó sobre el curso de Gastronomía.

Entre marzo y abril, Griselda se acercó a la escuela y tuvo que esperar que se liberara una vacante para poder empezar. Lo que nunca imaginó es que a poco de andar, en las clases de Gastronomía se iba a descubrir inmersa en una pasión. “Nunca me había llamado la atención la cocina, pero empecé y me gustó; además no lo veo como un hobby, sino como una profesión”, asegura entusiasmada la joven.

El Hormiguero.

En julio, El Ciudadano contó la historia de El Hormiguero Productivo, una organización que estaba dando sus primeros pasos capacitando a personas en gastronomía teniendo como base la economía social. En aquel momento comenzaban a planificar un curso de cocina regional a cargo de cocineros y cocineras reconocidos de la provincia, y con el auspicio de empresarios gastronómicos y bodegueros que ponen en práctica la responsabilidad social.

El 14 de este mes, El Hormiguero hizo el cierre del curso de cocina regional, donde los familiares de los participantes pudieron disfrutar de las exquisiteces que los chicos aprendieron a cocinar de la mano de los grandes. Y es aquí donde las historias de las dos mujeres se cruzan: si bien el curso fue organizado por la ONG, la profe Eliana se encargó de realizar todas las acciones administrativas necesarias para que sus alumnas del CCT pudiesen concurrir y capacitarse en las doce clases que duraba. Por eso, aquella noche, Griselda también puso manos a la obra mostrando algo de todo lo que había aprendido.

La oportunidad detrás de la foto.

El hecho de haber participado del curso, a Griselda le dio la posibilidad de aprender y además de conocer a cocineros destacados, como Pablo del Río, con quien luego de la clase se tomó una fotografía, la acompañó con un texto de agradecimiento y la compartió en su perfil de Facebook.

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Esa imagen fue el disparador para que un amigo de la secundaria le pasara la data de que en un renombrado restorán de lujo, ubicado en el piso 14 de un famoso hotel de la Ciudad, estaban buscando ayudantes de cocina. La joven se animó, llamó, y la citaron para el día siguiente, y ese mismo día se quedó en la cocina.

“En la entrevista le dije (a del Río) que no era una gran cocinera, que estaba haciendo el curso de ayudante de cocina y además el de cocina regional y que no sabía mucho, pero que me gustaba. Entonces me aseguró que ahí iba a aprender y que me iban a ayudar. Me dijo que si tenía ropa cómoda que me cambiara porque empezaba a practicar en ese momento”, recuerda ahora la bella morocha con mucha felicidad.

Admiración mutua.

Mientras Griselda le agradece a la profe todo lo que aprendió y el acompañamiento que le brindó en todo momento, y le dice que es “una genia”, Eliana se emociona porque siente que ningún esfuerzo que haga será en vano. De hecho, cree que ver a una de sus alumnas –que no es la única– disfrutando de lo que ella enseña, ver cómo se despiertan las ganas de aprender más, de mejorar y cómo todo eso va dando frutos, no hay sueldo que lo pague. “Con estas cosas uno es feliz, los logros de mis alumnos me hacen feliz”, asegura.

Por Rebeca Rodríguez Viñolo – El Ciudadano on line

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